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Sin hacer reparo en sus derechos, menores de edad son reclutados –de manera voluntaria u obligatoria– alrededor del mundo y entrenados para matar. Ellos son una parte de las guerras que no se ve, quizá la más triste.
Pese a los esfuerzos que realizan distintas asociaciones no gubernamentales alrededor del mundo para impedir la inserción de niños en conflictos bélicos, el problema aún persiste.
¿Qué hacen ellos enfrentándose a la muerte? ¿No deberÃan estudiar, conocer la esperanza y aspirar a un futuro mejor? Muchos pequeños están enfrascados en guerras que no les pertenecen. Conocen la venganza, el abuso sexual y el trauma psicológico; se enfrentan al drama de la vida, sin armas que les protejan la inocencia.
Es un problema que se vive no sólo en paÃses pobres, también en las "grandes potencias" como Estados Unidos, en donde a los niños se les imparte educación militar para que, al final del dÃa, aprendan a defenderse, a matar al enemigo.
Mandar a los menores de edad a la guerra representa no sólo la total violación a sus derechos fundamentales... el daño va más allá. Además de ser considerado un crimen de guerra, el acto les imposibilita para alejarse de la crueldad humana, pues crecen con la muerte de compañÃa y sin algo bueno para sostenerse. Crecen, además, con un profundo y grave daño psicológico.
Si un hombre pelea una guerra, ¿qué necesidad tiene de condenar su futuro, el futuro de su nación, el futuro de aquello por lo que lucha? Si un niño pelea una guerra, ¿qué nos queda después?
¿Qué es un mundo sin inocencia?
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