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Según los expertos, el 60 por ciento de los ingresos de una tienda, son gracias a cómo visten sus maniquís. Las distintas firmas de maniquís se han aliado con las tiendas, ya que además de vendérselos los asesoran de acuerdo con el público que poseen: personas adultas, chicas fashion, niños, hombres clásicos, etcétera. También sugieren si deben o no tener cabello real, esculpido o sin cabeza, dependiendo el resultado que se busque.
Después de tres años los maniquís se renovarán y su fama habrá terminado. Darán con sus miembros en una maquina recicladora. Su belleza y su figura darán paso a otra nueva modelo y su moda habrá pasado.
¿A quién le importa que el maniquí sea talla 90-60-90, si dentro sólo hay fibra de carbono? Por más hermoso que sea o por mejor moldeado que parezca, no podrás amarlo, no podrás decir que te sientes bien a su lado y no encontrarás en él la felicidad.
El maniquí crea una empatía con el cliente. Lo impulsa a vestirse y verse como él. Miles y miles desfilan a diario por las tiendas; miles y miles que buscan el modelo perfecto, pero a diferencia de las formas que vemos, nosotros somos distintos. Tenemos sentimientos, tenemos un corazón, tenemos ideas propias, tenemos, tenemos, tenemos… y sin embargo sentimos que necesitamos la firma de Pierre Cardin, Zara o Ed Hardy para valer más y ser alguien.
Para definir tu “look” no tiene por qué influirte una masa de fibra de carbono, moldeado de una forma espectacular con unas cuantas marcas encima. Llevas dentro de ti una marca que no podrán borrar ni los años ni los siglos. Has sido diseñado de manera especial para ser el mejor modelo de vida y de convivencia social.
Caminas en esta pasarela en la que no importa lo que llevas puesto, sino lo que llevas dentro. Ese corazón que es capaz de ir más allá de Nike, Gucci o Adidas, para descubrir lo verdaderamente importante… a Dios. Preocúpate mejor por ser: Made in Heaven.
Legionario de Cristo
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