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La resignación no fue fácil para algunos. Dejar las comodidades citadinas, la televisión, una cama, un baño, el Internet, era algo impensable. Pero ahora estaban a punto de experimentar en carne propia de lo que una gran parte de la población rural en México padece. Eran misioneros y tenían una encomienda: vivir la Semana Santa y llevar el evangelio a una de las regiones más desfavorecidas del estado de Oaxaca.
Todo comenzó tres meses antes, cuando se les impartió una capacitación "fast track", para aprender lo básico que se necesitaba para ir de misiones, tanto en cuestiones doctrinales como de costumbres y de trato. Algunos nunca habían ido antes y estaban siendo instruidos por los "viejos lobos de mar".
Al llegar a San Juan Atepec, el equipo conformado por tres hombres y tres mujeres, esperaba una comitiva de recibimiento, en cambio se encontraron con más polvo ocre. No habían avisado de la llegada de los misioneros al pueblo. Sin embargo, la gente cuando vio a los desconocidos, supo de inmediato a lo que iban. Alegremente los niños se acercaron a ellos y los llevaron a la casa donde se quedarían. Todo parecía ir mejorando.
Los primeros tres días fueron para fraternizar con la comunidad. Conviviendo con los niños en la mañana, yendo de casa en casa de los adultos mayores al medio día para ver lo que se les ofrecía y por las tardes haciendo actividades con los adultos. Por la tarde noche las personas iban a la iglesia para oír la liturgia impartida por la cabeza del equipo de misioneros.
Sin embargo, el Jueves Santo llegó. El día fue normal, pero la liturgia fue completamente diferente. El que era el ministro (encargado de repartir la comunión, mas no de realizar el sacramento) esa noche lavó los pies de 10 personas del pueblo que representaban a los apóstoles. Esa noche, los misioneros y algunas personas se quedaron en la iglesia a adorar el Santo Sacramento. Lo fuerte de la Semana Santa había comenzado.
El Viernes Santo desde temprana hora los misioneros se prepararon para llevar a cabo el Vía Crucis a las 12 del día, hora en que el calor es más intenso y por ende, se hace más cansado. Ese día no hubo juegos con los niños ni visitas sociales, todos estaban enfocados en que saliera bien la representación. Toda la comunidad ayudó en cierta forma. Llegó el medio día y comenzó la lenta procesión por las calles de San Juan Atepec. El ambiente era denso. La procesión así lo ameritaba.
Se representaron las 14 estaciones mientras las figuras de la iglesia de Cristo y de María eran cargadas por las personas del pueblo y misioneros juntos, bajo el sol ardiente, quemando sus rostros por igual. La gente entre cantos lastimosos, acompañaban el recorrido.
Terminada la representación del Vía Crucis, el pueblo se vació, ni un alma en las calles. Era tiempo de reflexión. Los misioneros insistieron en que se dirían algunas palabras en la Iglesia, pero pocas personas acudieron. Era la costumbre del pueblo encerrarse en sus casas.
El sábado llegó, y pocas personas se vieron por la calle. Los misioneros aprovecharon para preparar la liturgia del Domingo de Resurrección. Una que sería larga, pero renovadora con una gran cantidad de símbolos y significados específicamente hechos para la hacer la conversión de la que habla la Iglesia. Sin embargo, ésta se haría el sábado por la noche para terminarla el domingo.
Dieron las nueve de la noche del sábado y la gente empezó a llegar a la iglesia. Es tradición del pueblo hacer pequeñas cruces de madera que son repartidas a la gente. Ellas significan que Cristo es llevado por cada uno de nosotros y que cada año es una oportunidad nueva para ser mejor persona, así como son nuevas esas cruces.
Comenzó la celebración litúrgica que duraría alrededor de tres horas. Se realizó el rito del Cirio Pascual, en donde se incrusta en un nuevo cirio incienso y es preparado para que se prenda durante el año. Luego comenzaría la lectura del evangelio, y se harían los ritos de una misa normal con algunas modificaciones. Para las 12 de la noche, se celebraría la resurrección de Cristo.
Todos fueron a dormir temprano, sin embargo, había algo nuevo en los misioneros, habían comprendido el verdadero sentido de la Semana Santa, sin embargo, eso no lo descubrirían hasta el día siguiente que se estuvieran despidiendo de la gente entre algunas lágrimas, sonrisas, abrazos y mucho agradecimiento.
La cruz de estos jóvenes citadinos se había renovado, pero ahora entendían mucho mejor su religión, así como las carencias y necesidades de personas que viven a menos de 80 kilómetros de la ciudad, entre las montañas de la Sierra Norte de Oaxaca.
Twitter: @manuelonvf
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