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El interior de los presentes se llenó de angustia, Juan Bernal y Fernando Calderas acompañaron al maestro a la entrada; apenas abrió la puerta vio a tres hombres que sin darles oportunidad de nada, los tomaron y los esposaron. “Están detenidos basuras cristeras”, les gritaron.
Ezequiel trató de decir algo y antes de que pudiera terminar la primera frase ya lo habían golpeado en el estómago y en la boca, lo insultaron y le dijeron que solamente podía hablar cuando le preguntaran algo.
Los agentes de la policía entraron a la casa ante el estupor de los niños que no alcanzaban a entender nada, los hombres empezaron a romper cosas y al toparse con uno de los pequeños le gritaron: “¡Quítate mocoso asqueroso!”.
Ezequiel les pidió que no le hicieran ningún daño a sus hijos y la única respuesta fueron más golpes. En ese momento llegó María, y cuando le preguntaron quién era contestó que una amiga de la señora. Sin embargo, en ese momento llegó una de las niñas gritando: “Mamá, ¿qué pasa?”.
María contenía las lágrimas para no angustiar más a sus pequeños, los agentes discutieran entre si debían llevársela, pero concluyeron que no deberían perder el tiempo con mujerzuelas de sacristía.
Así, aquel padre de familia, amoroso esposo, cariñoso padre y cantor de Dios salía de su casa como si fuera el peor de los delincuentes. Llegaron al cuartel donde Ezequiel confortaba a los jóvenes diciéndoles que no se preocuparan, que Dios estaba con ellos.
A las cinco de la tarde se presentó un oficial y preguntó quién era Ezequiel, éste se identificó y los jóvenes en el interrogatorio dijeron que eran sus alumnos y estaban en su casa tomando clases de solfeo.
Ezequiel empezó a meditar en la pasión del Señor, quien siendo el más justo de todos los hombres que han pasado por la historia fue tomado prisionero y martirizado, le pidió valor, y que si moría perdonara sus pecados y lo recibiera en el paraíso.
La humedad, la falta de oxígeno y los malos olores hicieron que Ezequiel sintiera que su voz casi desparecía, cosa terrible para un cantante, sin embargo todo pasaba a un término muy secundario cuando parecía que lo que estaba en juego era su vida. Sentía que su respiración fallaba, por lo que sus jóvenes discípulos le preguntaron si se sentía bien, y que como él siempre había estado tan cerca de Dios, que pidiera por ellos.
Trasladado a otra celda se encontró con un hombre tremendamente golpeado al que de momento no reconoció, al acercarse un dolor inundó su alma y su corazón al ver que ese hombre casi destrozado por los golpes era su querido hermano Salvador.
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