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A decir de sus impulsores, y en defensa de la propuesta, “los juegos y juguetes tradicionales contienen sesgos sexistas y de violencia, que es lo que hay que tratar de eliminar para que verdaderamente tengamos una educación en igualdad que tenga en cuenta a niños y niñas”. En el fondo, dicen, se busca impulsar “el principio de la igualdad entre hombres y mujeres”.
Así las cosas, se buscará controlar y fiscalizar los juegos de los niños en el tiempo de recreo en las primarias del país con el fin de eliminar todo indicio de “sexismo” del lenguaje y acciones de los pequeños. De este modo, se colocará en las escuelas a los fiscales de la ideología de género para que vigilen los protocolos de juego y transmitan lo que, según esta visión, debe corresponder a la realidad.
¿Le parece exagerado todo lo planteado? No lo es. Esta propuesta ya se discute en España, en donde la izquierda socialdemócrata, encabezada por el Jefe de Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha luchado con todos sus recursos para instaurar un modelo sociocultural muy afín a sus postulados.
Es la visión, por cierto, que Marcelo Ebrard, Jefe de Gobierno del Distrito Federal, ha importado a la capital de la República Mexicana. Es el replanteamiento de los paradigmas sociales que el propio Ebrard, asesorado por españoles del gobierno de Zapatero, quiere traer a nuestro país, en caso de que acceda al poder presidencial.
Ya lo ha hecho con la capital mexicana. Si en España se despenalizó el aborto, con todo el apoyo del gobierno de Rodríguez Zapatero, en el Distrito Federal sucedió lo mismo. Si en España se validaron a las uniones homosexuales como supuestos matrimonios, en el Distrito Federal se apuraron a replicar la iniciativa.
En resumen, las ocurrencias –no pueden ser nombradas de otra forma– de la izquierda española, apurada por exportar su modelo sociocultural a Latinoamérica, evidencian dos cuestiones.
La primera, que se trata de un proyecto que vulnera la verdad del ser humano y lo convierte en esclavo de un proyecto político, social, económico y cultural escondido en los rincones oscuros de la geopolítica internacional.
En segundo término, que el proyecto presidencial de Marcelo Ebrard no tiene nada de original. En el fondo –y no tanto– salen a borbotones las muestras que reflejan que Ebrard no pretende otra cosa más que importar dicho modelo y subordinarse a sus postulados, de relevancia e impacto internacional.
Y todavía hay quienes dicen que la batalla por lograr la reingeniería sociocultural, en México y en el mundo, es una quimera.
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