La antigua Checoslovaquia había sucumbido al Wehrmacht. También Austria se había anexado. Su siguiente "objetivo” era incorporar a Alemania la ciudad libre de Danzing, y en medio había un obstáculo: Polonia. Franceses e ingleses habían acordado salir en defensa de la Segunda República polaca en caso de invasión. Pero sólo quedó en un acuerdo y Polonia fue dejada a su suerte. A pesar de que se organizó la defensa del país, rápidamente éste cayó en manos nazis, gracias a las unidades blindadas y la infantería mecanizada de Alemania. Paradójicamente, dos sistemas diametralmente opuestos y fuentes de lágrimas para el hombre, firmaban previamente un pacto de no agresión, para repartirse el país eslavo. Eran la URSS de Stalin y el Tercer Reich de Hitler. No era únicamente un conflicto político. Tras el brutal acto de agresión armada se alzaba la ideología nazi, la cual buscaba que una raza superior gobernara todo y que se hallaba en la obligación de eliminar a toda raza inferior; un Estado omnipresente en la vida pública, social, personal, sin libertad religiosa ni de prensa, e irrespetuoso del ser humano. Y se avecinó también el odio racial. Aunque ya se habían dado campañas y leyes persecutorias contra el pueblo judío como las de Nüremberg en 1935, con la ocupación de Polonia venía lo peor. Iniciaba el infierno para el pueblo elegido y para la humanidad. Una de las páginas más oscuras de la historia se comenzó a escribir: Dachau, Auschwitz, Matthausen… Seis millones de judíos fueron exterminados en aras de una inhumana ideología. Junto a ellos, eslavos y gitanos de todas las confesiones murieron. Y otras atrocidades se perpetraron en ese tiempo. Wanda Poltawska, una joven católica, pasó varios años en laboratorios del campo de concentración de Ravensbrück, donde los médicos inyectaban bacilos de enfermedades en su médula ósea para experimentar (cf. "I Am afraid of My Dreams”, Hodder&Stoughton, Londres, 1987). Ciudades, provincias y países enteros fueron destrozados. Infraestructuras quedaron inservibles y cosechas destruidas. La consecuencia más dolorosa de la guerra: vidas humanas aniquiladas, familias rotas, viudas, huérfanos y mutilados. El coste humano fue horroroso: 56 millones de personas perecieron. De ellos, 30 millones eran civiles inocentes. ¿Quién pudiera creer que apenas transcurridos 20 años desde la Gran Guerra que había asolado la Europa de los imperios centrales y de las democracias, se diera paso a otra todavía más destructora? Todos los pueblos inician un nuevo siglo con ansias de paz y solidaridad mundial. Pero efectivamente, ¿los que gobiernan las naciones también lo buscan? ¿Hemos aprendido de la Segunda Guerra Mundial? Los Balcanes en los 90, Irak, Afganistán y Gaza en la actualidad demuestran lo contrario. A 70 años del inicio del gran conflicto global, ¿podemos confiar en el hombre?, ¿debemos esperar la paz? Con palabras de Juan Pablo II, la humanidad confía "en el hombre, aun conociendo la maldad de que es capaz, porque sabe −no obstante el pecado heredado y el que cada uno puede cometer− que en la persona humana hay suficientes cualidades y energías, y hay una bondad fundamental, porque es imagen de su Creador” (cf. Sollicitudo rei socialis n. 47). Confiemos en el ser humano. En su capacidad de construir el bien. Eso es lo que debemos buscar en el hombre, la bondad que hay en cada uno. Y desde ahí construir la paz en cada uno y en la sociedad. |