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El esfuerzo por crear proyectos económicos capaces de animar a una sociedad más equitativa y a un mundo más humano, es arduo. Pero tal esfuerzo es necesario para preservar la calidad y el significado moral de la actividad económica, lo que significa que el aumento de riqueza debe acompañarse de una preocupación por la solidaridad y de un espíritu de justicia y caridad.
La economía de mercado sin responsabilidad social orilla a que en aras de la productividad se llegue a la explotación de la persona cuyo trabajo sólo es considerado como un costo. Lo que es necesario es que el mercado y el Estado actúen de modo concertado, uno con el otro, y que se complementen mutuamente a favor de todas las personas, de todas las familias de la comunidad.
Un proyecto de nación considera al desarrollo como lo que es: un derecho y no una aspiración. Por ello, los objetivos de una política social deben ser derechos universales que disminuyan las desigualdades. Hay que incluir las políticas sociales –como la Seguridad Social– en la política económica como parte de una política de Estado que promueva, proteja y favorezca a todos los miembros de la familia, célula natural y básica de la sociedad.
El mercado sólo es un mecanismo para desarrollar la economía, para impulsar la productividad y el desarrollo tecnológico. Por ese motivo, el Estado y las leyes no pueden –no deben– estar al servicio del sector económico, por muy poderoso que sea. Deben estar al servicio del bien común y eso es lo que queremos.
Las cifras que se manejan en la actualidad son alarmantes: 46 millones de mexicanos pobres, 22 millones viven en pobreza extrema; hay 15 millones de pobres en el medio rural, 60 mil niños mueren antes de cumplir los cinco años por causas previsibles; tres de cada cuatro niñas que viven en la calle lo hacen huyendo del maltrato y el abuso sexual en sus casas; una cuarta parte de los hogares en el país viven en la pobreza extrema y como tal, son vulnerables a tantas otras situaciones que nos deberían avergonzar como mexicanos.
Hace un par de años, Carlos Slim señaló que en los últimos 24 años el país sólo ha crecido en promedio el .02 por ciento. La cifra de pobres rebasa los 50 millones de personas. La competitividad es de las más bajas, y expulsamos medio millón de personas al año hacia Estados Unidos. Es decir, el actual esquema no ha dado resultado.
Según la ONU (PNUDH 2004), somos la nación 14 en territorio, 11 en población, 12 en recursos naturales, 6 en energéticos y 10 en economía. Pero también somos, apenas, la nación 53 en desarrollo humano, 54 en calidad de vida, 72 en escolaridad, 83 en mortalidad infantil, 58 en ingreso promedio por persona y 121 en distribución equitativa de ese ingreso. Es evidente nuestra capacidad potencial y nuestra debilidad real.
La pobreza en América Latina ha propiciado el desencanto en la democracia y puede conducir a un descontrol social si no existe un correctivo a tiempo. México no puede ser simplemente un sitio de turismo, de maquiladoras, de mano de obra barata o de inmigrantes ilegales. Necesitamos leyes que promuevan políticas económicas y laborales a favor de la integración de la solidaridad familiar y comunitaria.
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