Tomás Moro Parte IV. Una gran familia

Muy bien cae ahora este tema cuando la familia está sometida a un ataque continuo en cuanto todas sus bases. Tanto ha permeado este continuo bombardeo que ahora es común escuchar que los jóvenes de cualquier condición social y cultural con toda naturalidad comunican a sus padres que van a vivir con su pareja, poniendo esta relación a la misma altura que el matrimonio crsitiano.

La pérdida de sentido cristiano es tan profunda, que hasta personas mayores que toda su vida han dado ejemplo de integridad y lucha por los valores en los cuales han vivido y educaron a sus hijos, de repente anuncian que ahora ya tiene una pareja, sin importarles la confusión que siembran en sus hijos y aún en sus nietos.

Esta descristianización ha hecho que se borre de nuestro vocabulario y de nuestra conciencia la palabra “pecado”, que significa ir contra la voluntad de Dios. Si en verdad Dios fuera tan importante en nuestras vidas como lo decimos, tendríamos presente este concepto que es en la práctica no corresponder al amor de Dios, y seguramente antes de tomar este tipo de decisiones, lo pensaríamos muchas veces.

Por eso me parece muy conveniente este repaso a la vida familiar de un personaje público en una etapa donde la familia y la institución matrimonial estaría también en el centro de las discusiones. Tomás Moro trabajaría por una familia feliz con amor, inteligencia y dedicación, como pocos lo hacían en su época, y tal vez en todas las épocas.

Recordemos que decíamos en el capítulo anterior que vivía feliz la familia de Tomás y Juana con sus cuatro pequeños hijos. Tomás había logrado que su esposa compartiera plenamente su fe religiosa y en gran parte su interés por la cultura, la música, y ya planeaban que las hijas, que en ese tiempo no contaban mucho para la formación cultural en esta casa, recibirían una instrucción sin diferencia.

Pero a veces la voluntad de Dios nos es muy difícil de comprender, y así la muerte se presentó dejando viudo a Tomás y huérfanos a sus hijos. Esto le haría recordar que él también muy pequeño perdió a su madre, y tuvo la suerte de tener buenas madrastras.

Tomás, además del dolor de perder a la esposa, ahora tenía cuatro hijos pequeños que cuidar y se veía obligado a salir mucho por cuestiones profesionales, por lo que tomó una decisión que a muchos extrañó y sorprendió: decidió casarse con una viuda mayor que él, muy conocida en la ciudad por su seriedad, y que tenía una hija y, según dicen algunas crónicas, un carácter severo muy diferente al de Tomás.

Los detalles del porqué de esta decisión no son conocidos, y tal parece que fueron más bien por cuestiones prácticas para ambos contrayentes. Moro daba a sus hijos una madre con experiencia y seriedad, y Alicia tomaba a un esposo reconocido por sus virtudes y honestidad.

La boda se realiza en el verano de 1511. A Erasmo, que llegó nuevamente de visita, no le gustó el cambio de la amable Juana a la severa Alicia, y prefirió al poco tiempo hospedarse en otra casa. Tomás aplica, dice Erasmo, mucha dulzura, paciencia y perseverancia y empieza a enseñar a su ahora madura mujer los deleites de saber tocar un instrumento musical.

No fue fácil la adaptación de la nueva pareja, pero el buen humor de Tomás pronto fue haciendo que el carácter de su mujer fuera más apacible, sin perder fuerza ni energía. Inclusive empezó Alicia a preocuparse más por su apariencia física, y Tomás llegó a amarla tratándola siempre con exquisito cariño y respeto.

“Cuando vuelvo a casa tengo que atender a mi esposa, charlar con mis hijos y conversar con los criados. Todo lo cual considero como parte de mis ocupaciones, porque es una obligación que cumplir, y debe ser cumplida, a menos que uno pretenda resultar un extraño en su propia casa”, escribía Moro a Pedro Giles.

La pedagogía de Tomás era balancear la disciplina con la diversión, la religiosidad con la cultura, la diversión con la piedad. En la mesa se daba gracias a Dios por los alimentos, se leía alguna lectura de la Biblia, y luego Moro, con sus amplios conocimientos, narraba alguna fábula o historia que interesara a todos y fuera despertando en los niños el interés por saber. Se bromeaba y se hablaba un poco de todo.

Cuando estaba lejos por temporadas en misiones oficiales, en embajadas del rey o por algún otro asunto, no perdía relación con la familia, manteniendo correspondencia con la esposa, con los hijos y con los maestros de sus hijos. Se sentía orgulloso de que el pequeño Juan contara chistes en las cartas que le enviaba, respondiendo de esa manera a las bromas que le hacía su papá por correspondencia.

Con los profesores de su hijo y de sus hijas, incluyendo a la hija de Alicia que recibía el mismo trato amoroso que los propios, y la misma educación, les va indicando los asuntos en los que hay que poner más atención, ya sea en cuestiones de carácter o conducta, o de materias de estudios.

“Por favor, Margarita, cuéntame cómo van tus estudios. Porque te aseguro que antes de que por descuido mío se echen a perder mis hijos y familia, capaz soy de gastar toda mi fortuna y despedirme de negocios y ocupaciones para dedicarme por entero a vosotros. Y tú sabes, amadísima hija, que tienes todo mi cariño”, escribía a su hija mayor.

Margarita llegó a ser una gran erudita en literatura y otras materias, dominando el latín a tal perfección que podía escribirse con alguien del nivel de Erasmo, que era tan crítico para con todos y, sin embargo, consideraba a Margarita como una persona de un alto nivel cultural.

La educación del alma le preocupaba muchísimo y les decía: “No os ocurra que mientras mantenéis el cuerpo con la mirada en lo alto, vuestra alma esté inclinada a la tierra, como la de los brutos”.

Decía además que en las mujeres se debería cultivar el intelecto, aunque esto se reflejara en la envidia de muchos hombres, idea realmente muy avanzada para su época.

También le importaba mucho que conforme iba subiendo en la escala social y económica sus hijos no se fueran a contaminar de la vanidad predominante en las altas clases, por lo que decía a los maestros que enseñara a los hijos que la vanagloria es despreciable y sólo la humildad que predica Cristo y de la que nos dio ejemplo es lo verdaderamente valioso.

Pudo con el tiempo, ya siendo “Sir”, comprar una finca muy amplia a la orilla del Támesis en Chelsea. Sir Tomás Moro amaba la naturaleza y a los animales. A su nueva propiedad llegaban miles de pájaros a su huerta, tenía además un mono, un hurón, una zorra y una comadreja, y le gustaba coleccionar multitud de curiosidades que adquiría en Londres y durante sus viajes.

La nueva casa era muy amplia, tenía habitaciones para toda la familia, salas de estar, además de una biblioteca y una capilla, dependencia para los criados y para los invitados, un jardín, una huerta y campo cultivable. Se podía pasear a la orilla del Támesis.

Dice Erasmo que en esa casa nadie andaba ocioso, no había juegos de cartas y se favorecía mucho la enseñanza de la música, inclusive para los criados. También escribe Erasmo que emanaba una paz misteriosa de esa casa, y escribe a uno de sus amigos que es “verdaderamente un gozo” vivir ahí.

También le escribe a un amigo mutuo que presumía de ser feliz: “Moro te aventaja, porque tú te afanas en educar a tus hijos y a tus hermanos, pero él no duda en extender la educación a sus hijas y a su esposa, inaugurando así una ejemplar y envidiable costumbre”.

Diariamente, cuando estaba en casa, iba con su esposa y con sus hijos a la capilla por la noche a dar gracia por el fin del día. Los domingos no permitía que nadie faltara a misa, incluyendo el personal a su servicio.

Era raro ver en esa casa a invitados ricos, pero sí a muchos pobres. En una ocasión llegó un duque muy poderoso, y le dijeron que Moro estaba en la capilla ayudando a misa. Como ya era en ese entonces el Gran Canciller de Inglaterra, o sea el hombre más importante después del rey, el poderoso noble le reconvino en que un hombre de su posición no podía hacer las funciones de un simple sacristán. Moro respondió como siempre con muy buen humor, que seguramente el rey no se molestaría por estar sirviendo al Señor de su Señor.

Las hijas se fueron casando y todos los yernos entraron a la familia como hijos. De hecho así, con ese apelativo, se dirigía Moro a ellos, y su primer gran biógrafo fue su yerno William Roper casado con su hija mayor Margarita.

Además, habían adoptado a una pariente lejana que había caído en la pobreza, Margarita Giggs, que se casaría con un futuro muy prestigiado médico, y esta era una casa siempre llena de visitantes por grandes temporadas, incluyendo al hijo con su esposa, a sus hijas con sus yernos, el padre de Moro con su esposa, un capellán, un bufón, pobres que alojaba Moro en una casa que construyó ex profeso para ellos, los sirvientes y sus familias, incluyendo sus hijos, etc.

El mismo Rey Enrique VIII llegó a presentarse en la casa de Moro a comer con la familia, dejando de lado todo protocolo real. Su yerno se sorprendió enormemente al ver una vez al rey caminado con Moro por los jardines de su casa y charlando con él con una gran familiaridad.

Cuando Roper le dijo a su suegro que eso era algo único, Tomás, conocedor del corazón de los hombres, le dijo: “desde luego que es honor para mí, pero estoy consciente que si el día de mañana mi cabeza le sirviera al rey para ganarse un castillo en Francia, no dudaría en quitármela de encima”.

Llegó a funcionar tan bien con el tiempo este segundo matrimonio, que una vez escribió Tomás que le gustaría que estuvieran viviendo Juana y Alicia en aquella casa. Después pensó que no era correcta la idea de las dos esposa, y corrigió el párrafo diciendo que se encontrarían los tres en el cielo.

El cardenal Pole decía que “aquella casa arrancaba la alabanza de todos, todos los matrimonios iban bien y Margarita la hija mayor era excepcional. Intelectual como su padre, y al mismo tiempo era con sus sirvientes dulce y amable, para sus hermanos y hermanas amorosa, para sus amigas firme y consoladora, y daba muy buenos consejos”.

Un día un incendio arrasó los graneros estando Tomás en una embajada. Cuando se enteró se apresuró a escribir a Alicia su esposa que fueran todos a dar gracias a Dios de estar bien y aceptaran que lo que Dios les había dado ahora se los quitaba, y en cualquier circunstancia había que dar siempre gracias, que no se despidiera personal a menos que tuvieran un trabajo seguro, y que si se había afectado a algún pobre en su bienes a causa del incendio se les repusiera aunque ellos se quedaran en la calle.

Hay muchísimos más detalles que se conocen de la vida familiar de Moro por sus cartas dirigidas a sus amigos y sus biografías, pero creo que con estas que he citado nos dan una idea que Tomás Moro siempre fue el mismo con su familia, desde que tan sólo era un joven abogado, durante sus diversos cargos y embajadas, hasta llegar a ser el Gran Canciller de Inglaterra.

Me entusiasma esta lectura en medio de estos tiempos donde tantos atacan la estructura familiar tradicional, porque no han vislumbrado que es el lugar ideal para la felicidad y el desarrollo propio, de la esposa y de los hijos, con esfuerzo, trabajo e inteligencia, y desde luego, con Dios como centro de la misma.

Continuará…

 
jorgeespinosacano@lycos.com
{mos_fb_discuss:13}
( 0 Votos )
Imprimir
PDF
The Website Grade for yoinfluyo.com! Website Monitoring - InternetSupervision.com

Website Ranking