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Desgraciadamente, no faltan voces que quieren manchar, dividir y pretenden echar por tierra los logros de este gran Pontífice. Por una parte, algunos periodistas y voceros de noticieros arrojan ponzoña sobre los nombres de los obispos a quienes se les ha levantado la excomunión.
Por otra, están los tradicionalistas desconfiados, que piensan haber caído en una trampa; algunos malos católicos, así como los que desentierran errores del pasado para re-dividir a la Iglesia y provocar desconcierto y confusión.
Entre éstos se encuentran algunos prelados alemanes que se molestaron porque Monseñor Richard Williamson ya no se encuentra excomulgado. Él es uno de los cuatro obispos de la Sociedad San Pío X, quien en la alguna ocasión declaró que el holocausto cometido por Hitler era un mito. Si Monseñor Williamson cometió un error histórico, no es una equivocación teológica, como para que no se le levante la excomunión.
Volver a traer a discusión divisiones por cosas que pasaron hace ya cerca de siete décadas es absurdo, de muy mala fe y perversa intención. Además, si acaso este prelado manifiesta errores de tipo político o de naturaleza parecida, es bien sabido que se trata, en lo personal, de un religioso intachable y de una amplísima cultura. Asimismo, el obispo Williamson ha solicitado con ejemplar humildad ser perdonado por haber hecho este tipo de declaraciones.
La Santa Iglesia es, como ha enseñado el Beato Juan XXIII, una maestra y una madre, cuyos hijos pueden diferenciarse en cuanto a opiniones no teológicas que no pongan en peligro la integridad de la fe.
Bendito sea Benedicto XVI, presagiado por San Malaquías "de gloria olivae", o sea, de la gloria de la paz, ya que así ha sido este Papa desde el inicio de su pontificado: un príncipe de la paz, y benditos estos obispos tradicionalistas que, humildemente, han suplicado se les levante un anatema, ya que la Sociedad San Pío X siempre reconoció la primacía de San Pedro, e incluso ha tenido tremendos enfrentamientos con los grupos tradicionalistas sede-vacantistas que se oponen a este principio.
Muy loable ha sido el gesto de estos obispos y el del Rvmo. Padre Ramón Anglés, que durante varios años ha estado en contacto con Su Santidad el Papa, para gestionar un acuerdo de esta Sociedad con el Vaticano.
No olvidemos que el Arzobispo Marcel Lefebvre tomó la medida de aislarse de Roma en una época en que el Vaticano estuvo terriblemente infiltrado por fuerzas masónicas, y que en aquel tiempo en todas nuestras iglesias se predicaban herejías contra María Santísima, contra la existencia del infierno; se ponía en entredicho el celibato monacal y sacerdotal y, además, existía una inclinación mayoritaria del clero hacia el comunismo marxista.
No fue sino cuando la profunda inteligencia de S.S. Juan Pablo II, movida por el Espíritu Santo, que la Iglesia logró desapegarse con gran sagacidad de los elementos masónicos en la Curia, y que habían sumido en un desgarramiento financiero los recursos del Estado Vaticano, coludiéndolo con oscuros y perversos manejos y, por fin, la Santa Iglesia pudo recuperar su propia identidad, logrando la publicación del Catecismo Universal que acabó por limpiar a los púlpitos de la prédica de innumerables errores y desatinos.
Por todos estos antecedentes gravísimos cuidemos de no presionar a la Sociedad San Pío X y a sus sacerdotes y feligresía a aceptar el Nuevo Ordo del Misal de 1970 y expresiones rituales que para los católicos respetuosos de su tradición pueden parecer sacrílegos, como algunos tipos de música vulgares y contoneos impropios que se dan en el Santo Sacrificio de la Misa.
No olvidemos que estas expresiones nunca fueron dictaminadas por el Sacrosanto Concilio Vaticano II, el cual prescribe conservar el latín y el canto popular sacro y prohíbe el uso de instrumentos no expresamente aprobados, lo cual se suele desobedecer en la práctica.
Es muy importante conservar nuestra unidad con el Papado Romano, para que los no-católicos nos identifiquen a los católicos, ya tradicionalistas o incondicionales de las normas del Concilio Vaticano II, como auténticos discípulos de Cristo, al observar que verdaderamente todos nos amamos y respetamos.
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