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Mientras que una mamá de un niño común y corriente tiene que estar recordando a su preciosísimo y queridísimo hijo que no debe tomar demasiados caramelos, en el caso de Pomito su mamá tenía que insistir en que no se olvidara de tomar cosas dulces.
Y no sólo se lo decía, sino que le ayudaba a concretar este deber. Además de ponerle una buena cucharada de azúcar en el batido de chocolate de la mañana, y de untarle mermelada en el último trozo de pan, la mamá de Pomito, como reloj, ritualmente a las cinco y 10 de la tarde, hora del final de la merienda-guerra de sus cinco hijos, le entregaba en las manos, un caramelo. Pomito sabía que su merienda –más bien salada– terminaba con el toque dulce del clásico caramelo envuelto en ese celofán, tan ruidoso a la hora de desenvolverlo. Pomito no tenía problemas en consumirlo. De hecho, ya se había acostumbrado, era parte de su vida, y hasta había llegado a encontrarle cierto gustillo. En el fondo agradecía tan amorosa solicitud materna. Tan era así que un buen día en que su mamá se despistó –cosa rarísima– Pomito le recordó a las 5:11 que de algo se estaban olvidando. Aquella vez, su madre, abrazándolo, le dio un poderoso y sonoro beso y le dijo que como premio le daría doble caramelo. Pomito respondió que no era para tanto.
El pequeño también se entretenía en adivinar el color del caramelo de turno antes de abrirlo, pues aunque la envoltura era exactamente igual en todos los casos, una vez despojada, aparecía un caramelo azul, verde, rojo, amarillo, violeta o... El procedimiento de adivinación que usaba Pomito consistía en observar con detenimiento el caramelo a la luz de la bombilla del techo. Para mejorar todavía más sus predicciones, había convencido a su papá de que se pusiera una bombilla de 100 watts (40 más que la anterior).
No obstante, aun con la mejora tecnológica, el sistema de Pomito no alcanzaba todavía la perfección, pues de cada siete predicciones, acertaba, en promedio, una. De todos modos no se daba por vencido y calculaba que cuando cumpliera los 15 años, el método estaría tan afinado que acertaría por lo menos seis de siete. A veces competía con su hermana mayor, quien sin ningún método ni sistema, solía acertar, en promedio, tres de siete. Él se imaginaba que su hermana, tan inteligente, debía dominar alguna táctica secreta, escrita en algún viejo y misterioso libro.
Cuando Pomito cumplió los 12 años, su mamá le dijo que a partir de ese día ella ya no le daría el caramelo, pues ya no hacía falta, porque se estaba haciendo mayor y convenía que él asumiera la responsabilidad. A Pomito le pareció muy buena idea, y desde entonces –también gracias al hábito que ya poseía– se encargó de suministrarse puntualmente el caramelo cotidiano.
Pero cuando Pomito tenía ya 13 años avanzados; es decir, aproximadamente un año y medio antes de cumplirse sus previsiones concernientes a la total precisión de su sistema predictivo, una buena tarde en la que observaba un caramelo más a la luz de la poderosa bombilla, se preguntó el porqué profundo de su dieta “caramélica”. Ciertamente Pomito recordaba los argumentos que su papá le había explicado más de alguna vez, sobre todo aquel de “Pomito, nuestro cuerpo necesita azúcares, si no se las damos, nos puede pasar lo mismo que a un coche que se queda sin gasolina a mitad de camino”, pero Pomito quiso ahondar en el asunto.
Fue entonces cuando decidió hablar con un tío suyo que era médico, a quien él estimaba mucho y le preguntó sobre el lado científico de las necesidades de azúcar en el organismo humano. Su buen tío, adaptando el lenguaje químico-biológico a la mente de un adolescente de 13 años, trató de explicarle cómo el organismo convierte la azúcar en energía, y cómo para las células, la cuestión es de vida o muerte. A Pomito, aquello le pareció muy convincente, pero quiso contrastar sus fuentes.
Así que, un día en el que accidentalmente se encontraba en el lugar más desconocido de toda escuela, es decir, la biblioteca, se topó con una enciclopedia de siete volúmenes, especializada en azúcares. De todo lo que leyó –más bien poco– y de lo que pudo entender, le quedó claro que efectivamente el organismo humano necesitaba de azúcar para hacer bien su trabajo.
Pero, entonces... Pomo se imaginó que muy posiblemente aquella enciclopedia no era la única en el mundo y que, en beneficio de la duda, no había que cerrarse a la posibilidad de que estuviera equivocada. Entonces habló del tema con uno de sus amigos. Éste le recomendó, en una frase lapidaria, que si no le daba la gana tomarse el caramelo que abandonara de inmediato la práctica. Al joven le pareció muy razonable tan valiente propuesta de ejercicio de la libertad personal.
Así que el lunes de la semana siguiente, por primera vez en su vida, en vez de tomarse el caramelo, lo escondió en su mochila. Sabía que el martes a primera hora tenían clase de biología y que les tocaba práctica de laboratorio. Ahí Pomo sacó el caramelo de su mochila y preparó minuciosamente una muestra que colocó bajo la científica mirada del lente del microscopio. El tejido dulce le pareció más bien desagradable y ello le hizo sospechar aún más. Además, cuando en la clase de química vio en su libro la fórmula de una molécula de azúcar, se le hizo tan intrincado que dudó seriamente de sus bondades.
Otro día, mientras Pomo navegaba por internet, fue a parar –quién sabe cómo– con la página web de la GHA (siglas en inglés de la Asociación de Odiadores de la Glucosa). Con este espectacular hallazgo, el corazón de Pomo palpitaba agitadamente. En cuestión de media tarde se devoró hasta la letra más pequeña del portal. Disfrutó especialmente un largo manifiesto de uno de los miembros más activos de la organización en el que vertía toda su furia contra la glucosa, sin ahorrar ningún juvenil epíteto. El adolescente se sintió todavía más identificado cuando vio el logotipo: un caramelo envuelto en celofán, dentro de un grueso círculo rojo con una franja transversal del mismo color, que barraba el caramelo.
Pomo entonces comenzó a plantearse seriamente si aquello de la dieta del caramelo no era algo más bien negativo. Pensó incluso en que su madre había estado ejerciendo sobre él unos niveles de autoritarismo preocupantes. Que había estado atrapado en un modelo de conducta basado en mitos arcaicos. Lamentó también el largo periodo en que había reprimido una aversión sana y natural. Se sintió víctima de un lavado de cerebro y acomplejado en sus facultades...
Actualmente, Pomo está a punto de cumplir los 15 años. Ya no es el mismo. Se le ve débil, muy pálido. Ha perdido peso. Se cansa enseguida. Su sonrisa de siempre se va desdibujando.
Pero Pomo dice que se siente maduro. Que por fin han dejado de ofender su adulta conciencia. Que ya no vive subyugado por imposiciones tan ancestrales como irracionales. Que por fin se está autoconstruyendo y autorrealizando. Que lo suyo es la valentía del que va contracorriente. Que los tiempos son otros. Que hay que experimentar nuevas vías. Que era necesario romper con la edad de la caverna. Que debía ensanchar los horizontes de su libertad. Que debe seguir luchando por la instauración de una sociedad postmoderna que logre imponerse con la fuerza de sus razonables argumentos a esa desfasada cultura “dulzoide”, fanática, hipócrita y petrificada... Éstos y otros argumentos son los que Pomo intercambia en las largas sesiones de trabajo con sus colegas de la GHA.
Mientras tanto, todos los días, a las 5:10 de la tarde, hora en que Pomo nunca está en casa, su mamá calla, llora, reza, espera...
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