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"Para no ir más lejos -apunta-, hace unas semanas, después del multitudinario encuere en el Zócalo, más de cien mujeres quisieron ser Frida, aunque fuera por unas horas. El grupo, de edades entre los 23 y los 42 años, se desnudó, también, para el fotógrafo Spencer Tunick, en la Casa Azul de Frida Kahlo".
Sin entrar en el debate sobre los valores estéticos de la obra pictórica de Frida Kahlo, que podrían ser materia de gustos personales y de apreciaciones subjetivas, vale la pena remarcar que lo que atrae la atención sobre el personaje es, según señala la autora del artículo que comentamos, la circunstancia de que "la fama de Frida por su trayectoria vital precedió a la celebridad de su obra. Su disidencia moral y política trascendió antes que su arte". Simboliza y ejemplifica, como se ha dicho, a "la transgresión y la resistencia" y es "su disidencia moral y política" la supuesta razón para izarla como bandera del feminismo y proclamarla como un ejemplo mundial a seguir.
Lo que hay que ver en este fenómeno, efímero quizá, de la fridomanía que se desentiende del contenido artístico de la obra y se centra en conductas que de ninguna manera se pueden catalogar como ejemplares y paradigmáticas, no es el ruido que ha causado la mezcla de una promoción mercantil encaminada a satisfacer los caprichos más burgueses del consumismo con el asalto oportunista de los que en plan de propaganda han utilizado el centenario para promover sus respectivas causas ideológicas diferentes pero muy ligadas entre sí, sino la manifestación de la corriente presente y actuante en todos los pueblos de nuestra sociedad globalizada que pretende erigir a la transgresión en una virtud.
Cuando se dio el "multitudinario encuere del zócalo", por ejemplo, revivieron los gritos de "voto por voto y casilla por casilla" y los insultos al cardenal Rivera y en seguida aparecieron en cascada los comentarios que conectaban la desvergüenza de las encueradas y los encuerados con la superación de los prejuicios, el avance de la legislación pro abortista y los ataques a los fundamentos de la familia al promover la celebración de "matrimonios" contrarios a las leyes de la naturaleza.
Para ese tipo de mentalidades, ser transgresor es un timbre de orgullo. Hemos visto en las fotos de los periódicos a los grupos de perredistas meándose en la calle sobre las vallas de contención que levanta la policía para impedir que los motineros causen daños en las oficinas de las dependencias oficiales y se ha vuelto moda que algunas aberraciones no sean consideradas como datos patológicos sino como símbolos de liberación.
No hay un solo habitante de la Ciudad de México que no haya sufrido las consecuencias de la conducta de los transgresores que con sus plantones y marchas descoyuntan el tránsito, ocupan espacios públicos y causan molestias y daños a la población. Pero para las autoridades de la capital esas acciones son sólo el ejercicio de la libertad de expresión.
"Más todavía que una 'cultura de la transgresión' hay que decir una cultura de la irresponsabilidad", sostiene el maestro Mario Margulis, profesor de sociología de la cultura de la Universidad de Buenos Aires. Precisa que el fenómeno, que se hace notar todos los días, por ejemplo, en la gran cantidad de accidentes de tránsito, no concierte al respeto burocrático por las normas sino al cuidado de la vida humana.
Precisa el académico argentino que la responsabilidad por el otro, la cooperación, el respeto, se construyen a lo largo del tiempo en comunidades que se sienten unidas por valores compartidos.
El desprecio a los valores que han dado cohesión a la sociedad y la promoción de las conductas que transgreden las normas de convivencia tienen que dar como resultado el desorden y la descomposición social. Afortunadamente queda todavía una parte sana de nuestras colectividades, a la que hay que convocar para poner fin a la obra destructiva de los que conceptúan a la demolición como un acto heroico. |