Frente a la cultura de la muerte, la cultura de la vida

Recuerdo que cuando era niño la ciudad Chihuahua, donde he nacido y a la cual quiero entrañablemente, era un remanso de paz y de seguridad en las avenidas. Me veo en las calles de la colonia Dale jugando al futbol todos los días; con las rodillas llenas de costras por las batallas deportivas entre barrios. No faltaba de vez en cuando uno que otro tirito para estar a tono con la ocasión competitiva. Eran tiempos de paz y nuestros padres sabían que no corríamos riesgo porque la delincuencia, que sí existía, no había llegado a los extremos que padecemos actualmente. Eran tiempos de gran actividad parroquial que ocupaba a muchos jóvenes en alternativas de servicio y los alejaba, relativamente, de las drogas y del pandillerismo.

Las cosas han cambiado. Antes me llenaba de satisfacción ver que en nuestra ciudad vivíamos desde hace muchos años y hasta hace poco con una calidad de vida envidiable. Estudios sobre desarrollo y calidad de vida nos ubicaban entre las mejores cuatro ciudades del país. Lo que más lamento, y no ocurre sólo con Chihuahua, es que muchas buenas costumbres, cierta moralidad pública y la amabilidad parroquiana, se contagiaron con un virus y fuimos perdiendo riqueza moral y familiar.

Chihuahua se ha vuelto ciertamente desarrollada económica y políticamente hablando. En servicios públicos es mejor que muchas, aunque industrialmente nos falta mucho que dar. Sin embargo, algo dejamos de hacer y ese auge en materias importantes no ha ido a la par con un verdadero desarrollo familiar, cultural y moral en nuestro entorno. Nadie es responsable de ello. Todos lo somos. Es nuestro error y pecado colectivo. Pero nunca es tarde para alzar nuevamente el vuelo. 

De repente nos cayó el "chahuistle" con el narco. Todo se cubrió de muerte. Mueren tantas personas como en una Guerra Civil. Cualquiera puede contar alguna anécdota terrible relacionada con alguna balacera. Conozco a una señora que se quedó en el piso de su coche inmovilizada y atormentada por las potentes detonaciones de las balas que cruzaban de un lado a otro. Varios días le duró la impresión. Yo mismo, en dos ocasiones, le he gritado a mis hijos: "¡Agáchense, retírense de las ventanas!", ante una balacera repentina en el lugar donde vivo. Y es que la explosión de las armas que usan son ensordecedoras aunque estén a distancia. En fin...

Pero más lamentable sería caer en esa actitud de algunos, a los que por supuesto no juzgo ni me atrevo a calificar, que teniendo o no teniendo experiencias graves con la delincuencia han decidido abandonar Chihuahua para buscar un lugar más seguro. Comprendo esa actitud, nunca la juzgaré, pero con toda la capacidad que tengo de equivocarme y con la humildad de que puedo ser capaz, sostengo que abandonar esta patria chica es como abandonar la patria grande. ¿Qué nos detendría para irnos del país si nuestra patria grande fuera la víctima? Si buscamos la seguridad de los nuestros... ¿por qué no irnos a otro país donde encontremos esa seguridad? ¿Cómo nos diferenciaríamos de un desertor de guerra?

Yo creo que nuestra hermosa Chihuahua nos necesita a todos y cualquier cosa que hagamos por mejorar nuestro entorno tendrá el efecto de multiplicarse con la fuerza de la Providencia, en la que creo, y en la que muchos deberíamos creer si queremos que se transforme la faz de nuestra tierra, de nuestra patria, sea chica o grande.

La cultura de la muerte, que se explica no sólo como el desprecio a la vida sino también como un intento de darle cierta justificación noble a la propia muerte, avanza a pasos gigantes. Puede ser desde el momento en que se propone con el aborto o con la eutanasia para darle a la mujer y a los ancianos o enfermos terminales una salida "buena". Pero hay más. La muerte, en la mente diabólica de los que matan, también pretende suplantar el mismo culto a Dios y la capacidad intercesora de los santos. Es toda una perversión, pero en el otro extremo es una cultura que se defiende hasta con elegancia por universitarios y doctores en ciertas materias sociológicas, filosóficas y demás.

La cultura de la muerte presenta una oportunidad para quienes preferimos la cultura de la vida. La frecuencia de muchos episodios de muerte puede despojarnos, sin que nos percatemos de ello, de la sensibilidad y del amor a la vida. Por ello, la respuesta que tenemos que dar en Chihuahua, todos los actores sociales, políticos, los gobiernos, los legisladores, los padres de familia, etcétera, es apoyar con todo a la cultura de la vida.

Eso significa no sólo que en las leyes la vida de cualquier ser humano esté garantizada desde la concepción, sino que haya políticas públicas dirigidas a todo lo que exprese vida. Es decir, a la familia, a los más desprotegidos, a los niños de la calle, a las asociaciones que defienden los derechos de la niñez, a los organismos que luchan por rehabilitar a los adictos, etcétera. Allí donde haya vida tiene que haber apoyo. La cultura de la vida también se construye con valores claros para la convivencia.

Chihuahua es nuestro pedazo de patria. Aquí vivimos y seguramente aquí moriremos. No necesitamos de una tierra prometida. Ya la tenemos.


perezortuno@prodigy.net.mx


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