La convivencia cotidiana: "te odio, pero con odio jarocho"

 

Hace poco tiempo anunciaba el conocido cómico Luis de Alba su retorno al mundo del espectáculo. Me acordé de su célebre personaje, “Crispín”, un pequeño ratoncito hablantín y temperamental, que casi siempre terminaba en conflicto con sus interlocutores y concluía con una rotunda frase: “Te odio, pero con odio jarocho”. No pasaba de ser una frase graciosa.

Pero me vino a la memoria, a propósito de que en México se dice que somos “muy sentidos” o “resentidos”. Es frecuente escuchar en la convivencia normal, que esposos, amigos, novios o compañeros de trabajo “tienen semanas de no hablarse”, que “se guardan sus rencorcillos”, o que “seguido tienen sus ‘piques’”.

Con frecuencia, en algunas personalidades, se genera una susceptibilidad casi enfermiza y   fácilmente se originan conflictos ante un comentario que pudiera parecer crítico (sin que realmente lo sea), una aparente mirada indiferente; o porque nadie se acordó de felicitarle en su cumpleaños o santo. Quizá porque su jefe “le habló golpeado”, porque su esposa olvidó darle las gracias ante un favor; o porque no se le pidió su opinión en un asunto laboral; porque su amiga no la invitó a su fiesta, y un largo etcétera.

Hasta –en ocasiones– resulta cómico que los “resentidos” emitan las mismas frases “trágicas” de algunos personajes de las telenovelas: “Eso no lo puedo tolerar un día más”; “Nuestra relación ha terminado”; “¿Con quién piensas que estás tratando?” Es decir, ante un hecho intrascendente se le concede una importancia totalmente desproporcionada.

Es muy importante considerar, en primer lugar, que “sentirse herido” corresponde al mundo subjetivo. Cuando una persona pretende que el mundo gire alrededor de su órbita egocéntrica, o cuando en su mente anidan ideas fantasiosas, con una imaginación desbordada, es fácil caer en esas actitudes.

Una persona que se deja guiar por el sentimentalismo y no deja paso al análisis objetivo de la razón, suele ser presa de estos estados conflictivos.

No hay dos personas idénticas. Todos tenemos virtudes y defectos, lo mismo que actitudes que simpatizan o agradan menos a los demás. Por ello es importante mirar con comprensión y disculpa a los que conviven a nuestro alrededor. Muchas veces nos falta ser más tolerantes con las faltas ajenas.

Ocupa un lugar clave en este punto, fortalecer el carácter, superar los estados de ánimo negativos (coraje, tristeza, pesimismo, etcétera). También, acostumbrarnos a pensar prioritariamente en las características admirables de los demás.

Hace poco un amigo me comentaba: “Ya no soporto a mi mamá. Está llena de manías, es obsesiva, siempre se está quejando. Resulta difícil la convivencia con ella”. Yo le preguntaba: ¿Por qué no pones en el otro lado de la balanza todo lo que ha hecho tu madre por ti, desde el momento en que naciste? Haz este ejercicio mental: saca una lista de todas las ayudas y atenciones que ella ha tenido para contigo desde que eras niño, adolescente, joven... Comprobarás que, pese a esos pequeños defectos, los hijos no tenemos con qué pagar todo el bien que nos han hecho nuestros padres. Sin duda, es muy importante ser siempre agradecidos.

En otras ocasiones, los conflictos provienen de inseguridades personales. El hecho de estar pendientes del “qué pensaran los demás de mí”, “en qué concepto me tendrán”, sin duda es una actitud mentalmente desgastante, que propicia desconfianza hacia nosotros mismos y  no conduce a nada de provecho. Considero que es mejor proponerse luchar por crecer en un aspecto de nuestra vida (orden, laboriosidad, aprovechamiento del tiempo, etcétera) o corregir algún defecto concreto (soberbia, pereza, falta de sobriedad en el beber o en el comer, por ejemplo).

Recuerdo, también, que un director de una escuela secundaria me decía: “Comienzo mi día muy bien. Llego tranquilo y contento a mi trabajo. Pero luego resulta que un profesor no vino a dar clases, un alumno se portó mal, el otro no cumplió con la tarea escolar y pierdo la serenidad y los nervios. ¿Quieres saber lo que me ocurre interiormente? Imagínate un cubo de agua transparente y limpia donde de pronto cae una enorme gota de tinta negra y todo lo descompone”. Le hacía ver a este profesor que una lucha diaria, que todos tenemos que librar, es no “dramatizar” los pequeños conflictos de la jornada y no sobredimensionar los sucesos cotidianos que nos resulten desagradables. Entonces esa “enorme gota de tinta negra” pasa a ser una meta para tratar de superar, un reto a vencer, y no le damos más entidad a esos pequeños asuntos de lo que realmente se merecen.

Otro profesionista me contaba que muchas veces “amanecía de malas”. Decía que cuando se levantaba y se aseaba, si al rasurarse se hacía una pequeña cortada o al ponerse la camisa se le desprendía un botón, comenzaba mentalmente a repetir: “¡Qué de malas!”. Si al desayunar se había acabado su cereal favorito o la esposa le recordaba que no había leche porque a él se le había olvidado, mentalmente volvía a repetir: “¡Qué de malas!”. Si se subía al coche y le notaba un pequeño ruido o había un embotellamiento vial, de nuevo venía a su cabeza la frase: “¡Qué de malas!”. Si llegaba a su oficina y se percataba que la chapa de la puerta ya no estaba funcionando bien o que no habían limpiado su escritorio, ya antes de comenzar a trabajar, concluía: “¡Hoy sí que he amanecido de malas!”.

Sin duda se trata de un círculo vicioso de ver la realidad con una óptica negativa o “catastrofista”. Por ello, después vienen esos sentimientos de frustración, de amargura, de queja o de sentirse siempre “víctimas del destino fatal”. El punto medular es luchar para convertir en círculo virtuoso lo que da la impresión de ser círculo vicioso.

Lo primero que hay que enfatizar es que saber perdonar –de todo corazón– es el acto liberador más profundo del hombre, independientemente de que sea creyente o no. El “eterno rumiante” de sus rencores y  “desgracias cotidianas” conduce –sin duda– a estados depresivos.

En cambio, observar a los demás como son, con virtudes y defectos, con aciertos y limitaciones, nos ubica en la justa dimensión de sus caracteres. Por eso es muy sabio el dicho que dice que para ser comprensivos, “hay que ponerse en los zapatos de los demás”. Una sistemática actitud de crítica destructiva produce un estado de amargura personal y hace infelices a los que nos rodean.

Por el otro lado, la actitud contraria del que se levanta y mentalmente enumera las cosas interesantes y positivas que va a realizar en ese día, las nuevas personas que va a conocer en una junta, el detalle de cariño que va a tener con su esposa o con un hijo; el que saluda y sonríe con amabilidad a las personas con las que convive y se fija en lo agradable y constructivo de su actividad diaria, esa persona por fuerza acaba siendo feliz, aún en medio de enfermedades y dificultades considerables.

Otro estupendo remedio: el olvido de sí mismo e interesarse auténticamente por el bienestar de los demás. Muchas veces las personas lo que desean en realidad –más que en grandes soluciones a sus problemas– es  ser escuchadas y tomadas en cuenta. Tener un detalle de amabilidad, de cortesía con los demás, preguntarles por su estado de salud o por aquel familiar que fue hospitalizado; adelantarnos a tener un pequeño servicio sin que nos lo pidan y sin pedir nada a cambio, son pequeños detalles que pueden contribuir a la felicidad cotidiana de las personas con las que convivimos. Leía recientemente el titular de un anuncio publicitario que viene bien como conclusión sobre este tema: “El amor siempre gana”.

 
respinoza51@hotmail.com
{mos_fb_discuss:13}
( 0 Votos )
Imprimir
PDF
The Website Grade for yoinfluyo.com! Website Monitoring - InternetSupervision.com

Website Ranking