Cultura crítica y transformación social

¿Cultura para saber? Hasta ahí todos de acuerdo (¿o no?).

¿Cultura para disfrutar? Esto ya resulta sospechoso (según a quiénes).

¿Cultura de todos, todos los días? Acabaremos rebajando la cultura (o quizá enalteciendo lo cotidiano).

¿Cultura para criticar? Necesidad de gente con pocas necesidades (pongamos aquí otra duda).

¿Cultura para transformar? Eso sí que no.

Bueno, pues digamos que sí: o discutámoslo.

¿Cultura para saber?

Lo primero que viene a la mente, generalmente, al hablar de “cultura” es aquello que tiene ver con el “saber”. Entendido así, el concepto de cultura resulta muy restringido, muy limitado. Y más aún: suele tratarse de un saber estático, externo, que se considera que está “arriba”, a veces hasta fosilizado.

El “saber” entra en nuestro concepto de cultura, pero no lo agota, y, además, debe superar la cosificación, el estatismo, la simplificación; por el contrario, el saber es complejidad, dinamismo, discusión... y relación con la realidad.

Y hay que tener en cuenta el “poder”: ¿quién controla el contexto y la intención?, ¿el saber supone poder para el que lo tiene, y exige sumisión a los demás?

¿Cultura para disfrutar?

Entramos en un concepto de cultura más dinámico y vital. Promovamos la cultura como disfrute, pero con matices. Seguramente hay que evitar o superar ciertos peligros y limitaciones:

• La cultura como llenado del “tiempo libre”, entretenimiento que no hace crecer el pensamiento, ni la acción, ni la emoción (verdadera). Es la cultura como espectáculo-masa.

Tampoco se trata de caer en el elitismo. Se trata de encontrar un ámbito de enriquecimiento, abierto, no excluyente, ni en su intención ni en su desarrollo práctico.

• La cultura como suma de creaciones de “artistas” o “personas sabias”, creaciones que otros solamente pueden aspirar a recibir; disociando así creadores/as individuales-receptores (individuales).

El individualismo: una persona disfruta con la cultura, incluso crítica... y no tiene tiempo de “transformar”, o no se lo plantea. En “Carta a una maestra”.

¿Cultura de todos, todos los días?

Hay un concepto muy profundo de la cultura, que es el antropológico: la cultura como “lo humano”, lo no biológico, lo no dado... y lo no mecánico. Cultura es todo lo aprendido, todo lo que no está en los genes. El mismo lenguaje humano es cultural, aunque a veces se olvida: nadie aprende a hablar si no crece entre humanos, y nadie aprende a hablar en abstracto, sino que aprende una lengua concreta, y una forma de usar esa lengua. Cultura es también, la forma de vivir, la forma de pensar, la forma de enjuiciar y de actuar, e indudablemente la cultura tiene así un componente sociológico. No existe individualmente y comparte los elementos más nucleares con la generación anterior y con las personas del mismo grupo cultural, de la misma “etnia”.

Hay, por tanto, una inevitable y enriquecedora transmisión de una generación a otra y una gran influencia entre unos individuos y otros. Pero no todo es transmisión y valores comunes: damos importancia a la recreación y a la creación. Si esto no se acepta, entonces la cultura nos permite ser humanos, pero nos encorseta, y, por tanto, no nos hace plenamente humanos, seres abiertos, distintos (aunque siempre relacionales y solidarios).

Apostamos por una cultura engarzada en lo cotidiano, y, por tanto, en lo más profundo de la conciencia: no es contradictorio. ¿O no conocemos a quienes escribiendo sobre crítica social, denunciando el individualismo, actúan en la práctica compitiendo brutalmente, expulsando a los demás de su “territorio”? La actuación cotidiana está impregnada de la cultura profunda, la más real: todos tenemos más problemas en cambiar la forma de vivir con los demás que en entender, e incluso explicar, cómo se puede hacer.

Ahora bien, muy engarzados en “lo que existe, en la vida de cada día”, corremos el riesgo de que no haya avance, de que nos quedemos encasillados en lo monótono, en lo repetido y en lo limitado. Pero entonces, estamos traicionando el sentido dinámico, la recreación. Es necesario elevar la vida cotidiana, “culturizarla”, a la vez que la cultura se hace real y cotidiana.
        
¿Cultura para criticar?

Hablábamos de creación, pero tampoco nos vale la creación sin más. Ésta ha de ser crítica con las circunstancias que se viven, y más si consideramos cuáles son éstas actualmente. Las condiciones actuales no sólo suponen explotación, desigualdad, sino que constriñen el verdadero crecimiento humano, por lo que parece necesario que la acción cultural sea crítica además de creadora.

Pensemos en una cultura como conciencia crítica, una cultura que imbrica lo cotidiano, lo concreto y lo emocional con el saber, la ideología y los valores. Se cuestiona así, tanto el mundo como su representación, bajo los valores de “libertad, igualdad, solidaridad”.

Hay varios peligros, claro. El elitismo constituye uno de ellos (yo soy muy crítico, tanto que lo que sé me separa de los demás). Otro es la desesperanza, criticar pero no confiar en el cambio; no creer que “otra realidad es posible”. Y una limitación: falta la acción, para que podamos hablar de cultura transformadora.

... y cultura transformadora

Necesitamos una cultura transformadora que critique a lo existente, pero también plantee propuestas (en plural), haciendo hincapié en las posibilidades transformadoras de la participación consciente y colectiva (“si luchas, puedes perder; si no luchas, ya has perdido”). Y ha de ser una cultura de y para toda la población, sin exclusiones, sin desigualdad, sin dominio.

La cultura transformadora es aquélla que ayuda a comprender y actuar críticamente en la sociedad en la que vivimos, para superar la desigualdad y la dominación, es la que conecta la reflexión con la acción, es lo que queda después de cada experiencia transformadora, y que a la vez, aumenta el bagaje para la siguientes. Cultura transformadora es, podemos decir, la que conecta la utopía con las realidades concretas que necesitan superarse, la que favorece la participación crítica.

Necesitamos algo que conecte también a los diferentes movimientos sociales entre sí, algo que vaya construyendo (más que definiendo, aunque también) algunas claves comunes. Pero que también estimule el enriquecimiento mutuo, mediante la diferencia de temas, pero también de formas de actuar e incluso de ideas. No hace falta uniformidad, ni competencia entre temas y ámbitos. Lo que resulta imprescindible es construir conjuntamente algunas claves compartidas (de acción, de valores y de pensamiento), o, lo que es lo mismo, una cultura transformadora que trascienda y que conecte cada tema, cada problema, cada actuación.

¿Todo esto anula el saber, el disfrute, etcétera, en relación con la cultura? Obviamente no. Lo que queremos decir es que el concepto de cultura transformadora debe incluir lo válido del resto de concepciones, tal como las hemos ido matizando, pero dentro de una visión que incluye la acción y el pensamiento, lo colectivo y lo personal; los movimientos reivindicativos y los llamados culturales o educativos. Es decir, hay otras culturas, pero pueden estar dentro de ésta, aunque no totalmente. Habrá cosas que, sin ser rechazables, quedan menos acentuadas en esta perspectiva. Es cierto, pero, en todo caso, ésta es la que interesa desde un accionar social crítico.

¿Qué podemos hacer, aquí y ahora?

Esta parte es más propia del debate colectivo, pero quiero lanzar algunas ideas, aunque queden sin explicar (que no se diga que todo lo anterior no puede concretarse).

• En general (desde nuestro pensamiento congruente con nuestra acción).
- Ligar las acciones y la reflexión, la crítica y la creación.
- Conectar los problemas locales y concretos con los globales (cambiando la frase que utilizábamos: pensar y actuar global, pensar y actuar local)
- Invertir esfuerzos en “permanencia”, actuar con un criterio de “construcción progresiva”: lo que queda después de realizado un acto, lo que sigue teniendo sentido un tiempo después, poder apoyarse en lo que ya se ha hecho para no comenzar de nuevo.

• De forma conjunta con nuestra sociedad
- Conectar problemas y colectivos.
- Conectar personas.
- Crear contextos y actividades de disfrute nuestra familia, nuestro personal, etcétera.

 
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