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Weeks estudió a cientos de personas que tuvieron una vida excéntrica en los últimos cinco siglos y su conclusión es que esos sujetos mostraron “ser más sanos porque eran más felices, con menos estrés, al no sentirse presionados por la necesaria y esclavizante sociedad o adaptación a su entorno”.
Según el científico, los excéntricos reúnen de cinco a 10 criterios: “rareza, radicalismo, cualidades especiales, combinaciones insólitas de cualidades, costumbre de hacer cosas fuera de serie de manera rara, moverse en el tercer grado de abstracción; poseer una sensibilidad fuera de lo común, tener la rara habilidad de suplantar mentalmente a su interlocutor, plantarse más allá del bien y del mal y trascender el momento.
Weeks explica: “los excéntricos no se aplanan ante la sociedad porque nunca se adaptan, ya que son más curiosos, creativos, idealistas e independientes que la media de los seres humanos y, a diferencia de los neuróticos, no sufren por ser diferentes de los demás, pues no suele importarles lo que se piense de ellos. Asimismo, se caracterizan por ser menos competitivos que la mayoría de las personas, por tener más sentido del humor y peor preparación técnica y disciplinaria”.
Un 70 por ciento de las personas estudiadas por Weeks fueron hijos primogénitos y muchas veces tuvieron padres represores que los maltrataron y los humillaron. El especialista da muchos ejemplos. Tomamos el de Howard Hughes, uno de los hombres más ricos del mundo en su momento, quien vivió sus últimos años retirado como un ermitaño. También la rica Florence Foster Jenkins (1864-1944), cantante de ópera estadounidense, quien se hizo –paradójicamente– famosa porque no acertaba a una sola nota.
Las entradas para su última actuación, cuando tenía ya 76 años, se agotaron semanas antes y en su propio epitafio escribió: “algunas personas dicen que no sé cantar, pero nadie puede decir en cambio que no he cantado”.
Aunque se parezcan a los locos o a los drogados, no son ni lo uno ni lo otro. El estilo de vida con el que practican sus raros pasatiempos y persiguen consecuentemente sus sueños y visiones, sin tener en cuenta el entorno, produce lo que se llama “un estrés positivo”.
Ese “estrés”, similar al que ocasiona una actividad sexual satisfactoria o la excitación intelectual ante nuevas ideas, origina una mayor producción de hormonas de crecimiento, lo cual tiene a largo plazo, un efecto rejuvenecedor sobre el organismo.
En la época en que la expectativa de vida era de 35 años, los excéntricos estudiados por Weeks llegaron a la edad de 70 o más, pero no siendo seres “medio muertos”, como los septuagenarios de hoy en día, sino con vitalidad, entusiasmo y alegría de vivir, a pesar de sus enfermedades y sufrimientos por la edad “tan avanzada” de entonces.
Hoy en día, los excéntricos viven más porque consultan regularmente al doctor una vez cada ocho años, mientras los “serios” lo hacen dos veces al año y toman 10 veces más medicamentos. Según el estudio del especialista, el porcentaje de excéntricos en la actualidad es de uno por cada 10 mil personas.
Muchos tienen casi las condiciones para ser excéntricos, pero les falta la frescura y la osadía para desarrollar un estilo de vida insólito. Weeks señala que la mayoría de los casos estudiados son varones, lo cual se debe a la represión de la mujer en la sociedad de los siglos precedentes al XXI, cuando su vida no estaba ligada con el desempeño de una función pública.
Por otra parte, las mujeres, hasta el siglo XVII, que destacaban o no se adaptaban a su medio, eran calificadas de brujas y terminaban encarceladas o quemadas en la hoguera, y a partir de entonces fueron tratadas de locas y encerradas en manicomios.
Las mujeres excéntricas resultan más atrevidas y mucho más agresivas que los varones, lo cual “quizá se deba, precisamente, a que necesitan esa agresión para sobreponerse a la presión que la sociedad ejerce sobre ellas para que se adapten a un modelo determinado de feminidad”. En cambio, abundan los casos de “intermedios”, llamados “gays”, o “féminas de bigote”, quienes han llevado su excentricidad a estadios nunca antes soñados, viviendo –algunos– larga y excéntricamente, hasta que el SIDA los separe…
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