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Educación reduce violencia contra las mujeres

Y a pesar de todo lo hecho y dicho, no se acaba, ni siquiera parece reducirse. ¿De qué hablamos? De la violencia contra las mujeres.



¿Qué podemos decir que no se haya dicho antes? Sí podemos, sin embargo, reflexionar al respecto y decidir qué podemos hacer cada uno a nuestro alcance. Siempre hay algo que podemos hacer.

Lo que no podemos hacer es dejar este grave problema del mundo (no de una sociedad en particular) sin intentar acciones, personales y organizadas, para reducir la violencia contra las mujeres. La inacción se vuelve, en este y otros casos, una forma de connivencia, de permisividad, de complicidad de silencio.

Estamos inmersos en un mundo de violencias, de muchos tipos y contra muchos. La violencia ejercida contra niñas y mujeres no es la única, pero sí tiene una particular connotación, cuando se practica por el sólo hecho de ser lo que son. Esto es lo que la hace distinta. Es la violencia de los varones contra quienes tienen menos fuerza física.

Quizá la principal razón para que tan graves conductas se practiquen, es que la violencia es vista por muchos como algo natural, parte de la naturaleza y, por tanto, imposible de acabar, algo con lo que hay que, fatalmente, vivir.

Es como la guerra, desde que la humanidad tiene historia, ésta ha existido, por afanes de dominio, de control de otros hombres, de ejercicio del poder sobre las personas y de posesiones materiales.

Se supone que la violencia, la agresividad del macho de cualquier especie animal, son inevitables; que la testosterona domina inexorablemente para atacar a otros, y que por eso, dentro de la humanidad, los varones pelean y atacan a quien sea, según los casos y situaciones.

No deja de haber algo de verdad en esto, pero hay algo más que tomar en cuenta: el hombre tiene sentido de conciencia, del bien y del mal, y puede tomar decisiones prudentes, sin dejarse llevar por sus instintos.

Y hablamos de la violencia física. La superioridad de fuerza, o la astucia para el óptimo uso de la misma frente a un adversario más poderoso y doblegarlo; son satisfactores maravillosos del ego: ¡yo puedo más!

Cuando estas actitudes se asumen sin la intervención de la conciencia, es cuando la violencia se vuelve auto justificable, incluyendo la ejercida contra seres mucho más débiles: las mujeres.

Así, el asunto de la violencia contra las mujeres podemos verlo como algo nada simple de resolver. Ni siquiera es sencillo de reflexionar para muchas personas, hombres y mujeres, que la aceptan fatalmente como imposible de evitar, se le ve como parte del instinto natural de hombre.

Lo peor de todo es que gran parte de la gente ni siquiera se plantea el problema de cómo disminuir, acabar con dicha violencia de sexo. Más aún, ni siquiera creen que la violencia de todo tipo pueda ser objeto de reflexión y por tanto de convencimiento y educación para darle fin. La guerra es la guerra, la lucha callejera es lucha callejera, son asuntos de dominio territorial, como el de los animales: protegen su territorio. Pensando así, la violencia, la que sea, es irremediable.

Pero sin duda este mundo está siendo cada vez más consciente de la importancia de disminuir e intentar acabar con la violencia de sexo, como sí se ha hecho consciente de que las guerras deben ser desterradas de la práctica política. Cada vez hay más personas que están decididas a tomar acción para evitar que se maltrate a las mujeres por el hecho de serlo, y más cuando son vistas por muchos hombres como seres inferiores.

Sí, hay mucha, pero mucha más conciencia que varias generaciones atrás, y es por muchas razones, principalmente por ir tomando conciencia de la importancia de los derechos humanos, y por tanto del respeto a la mujer. Los nuevos medios de comunicación han permitido que una tragedia de ataque a mujeres, así como una acción en su defensa, puedan dar la vuelta al mundo en unos cuantos minutos.

Hay también más foros reconocidos para tratar estos temas. Se está viendo ya como “normal” que en ellos o en acciones individuales o institucionales, se pida al macho, al varón, que no abuse de su fuerza contra las mujeres.

Más aún, cada vez está más claro que el concepto de violencia psicológica es algo que tomar en cuenta, que no solamente se puede agredir a una persona físicamente, sino también verbalmente, y que eso lastima tanto o más en su dignidad y amor propio que los golpes.

Que como las heridas, los moretones y fracturas en un cuerpo se visualizan, ya la humanidad está aprendiendo que también los daños psicológicos son apreciables fácilmente cuando uno se propone visualizarlos; que los indicios del daño son ya parte del conocimiento común, que no son lenguajes propios del gabinete del psiquiatra o del psicólogo.

Ya tenemos los hombres todo el bagaje para reconocer el asunto de que la violencia contra las mujeres es inaceptable, que no es fatalmente parte de la naturaleza humana, que con educación se irá desvaneciendo de la vida diaria, si hay persistencia en este cambio cultural.

Tan es así, que las naciones decretan nuevas leyes para criminalizar la violencia contra los mujeres en cualesquiera de sus formas, físicas o psicológicas. Que la esclavitud y explotación sexual de la mujer son delitos, y que todos ellos deben pagarse con cárcel.

Lo malo de las legislaciones es que, muy candorosamente, se llega a pensar y decir, por supuesto, que con tal y cual nueva ley se acabará la violencia contra la mujer. Y por supuesto que no. Las leyes punitivas en algo reducen los delitos de todo tipo, por temor al castigo, pero no acaban automáticamente con ellos, menos cuando los Estados se muestran incapaces de perseguir, juzgar y condenar a los culpables.

Las leyes ayudan, pero no resuelven, ni la violencia contra niñas y mujeres ni otros delitos, como el homicidio, el robo, el contrabando o el secuestro. La solución de fondo es paralegal.

La reducción del delito (incluyendo el cometido por agresión contra las mujeres) sólo se logra con educación en valores, un proceso que empieza en la niñez y debe durar toda la vida de las personas. En tanto no se logre un cambio de cultura, es decir, de forma de pensar y de juzgar las propias acciones, habrá hombres que se auto justifiquen en sus agresiones de todo tipo a las mujeres.

Y el proceso educativo constante y por todos los medios al alcance debe ser permanente, porque así como las personas deciden cambiar su conducta para mejorar, llegan momentos en que empiezan a ser complacientes con su violación del derecho ajeno, justificando lo que antes no les parecía correcto.

Y por supuesto que la principal educación es la del ejemplo. Si ven en su entorno, sobre todo el familiar, que la mujer es maltratada una y otra vez, de hecho y de palabra, que es menospreciada y burlada, cualquier intento para enseñarle al niño y al joven que eso está mal, es inoperante: la realidad contradice la doctrina.

Si ven los niños y los jóvenes que hay tolerancia y resignación ante esos maltratos a las mujeres, de parte de ellas mismas, que se callan la boca y guardan una fatal sumisión al varón que abusa, menos podrán ser educados en el respeto que la mujer merece.

Así, la educación no es solamente para los varones, para que no maltraten, abusen, exploten y maten a las mujeres, sino para enseñarles también a ellas a encarar al abusivo, al agresivo, exigiendo respeto. Y este respeto deberá ser exigido como algo inherente a la dignidad de la persona y no solamente porque la autoridad puede encarcelar al agresor.

Una parte sustantiva de la reeducación es la que se hace a favor de la cultura de la denuncia. Hay muchos esfuerzos en este sentido, pero están siendo insuficientes, no alcanzan a convencer a muchas víctimas. Es importante que se haga del conocimiento ciudadano lo que se vaya logrando con la cultura de la denuncia, porque de otra manera no sirve ni de ejemplo ni de escarmiento en cabeza ajena.

Este proceso de reeducación, afortunadamente, no es algo que hay que empezar, pues ya hay muchos esfuerzos en esa línea, pero ante la magnitud del problema de inconsciencia sobre el respeto a la mujer, apenas estamos empezando. Faltan también más esfuerzos claramente masculinos, que los hay, pues la defensa de la mujer está prácticamente en manos femeninas, incluyendo las de feminismos ideológicamente torcidos.

La reeducación, la destrucción de mitos de derechos varoniles sobre las mujeres, y las acciones punitivas, deben ser acciones permanentes cada día mayores. Igualmente se deben tomar acciones para vigilar que las autoridades encargadas de atender las quejas femeninas de abuso y agresión, normalmente varones, atiendan realmente las mismas, y no caigan en el menosprecio y hasta la burla contra las denunciantes.

Son muchas cosas las que debemos hacer como sociedad, como humanidad, como comunidad local e internacional, para reducir la violencia contra la mujer, en todas sus formas. Pero hay que apoyar, abierta y públicamente a quienes individual o colectivamente enfrentan el problema de esta violencia, promueven las leyes protectoras de la mujer, hacen campañas orientadoras y programas educativos.

Pero antes que nada, está la acción personal a favor de la mujer, un quehacer de cada día, y enseguida están las acciones tomadas en familia, para educar a todos, niños, jóvenes y adultos, en la dignidad femenina y el derecho a ser respetadas en su integridad física y psicológica. Sin estas acciones en nuestro entorno, las que tomen las iglesias, las instituciones educativas, la sociedad y el Estado, serán muy limitadas y hasta inoperantes.

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