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María, modelo de mujer

En una época donde la vida se vive demasiado deprisa y esta forma de vivir ha modificado radicalmente la concepción de la familia, podríamos preguntarnos si la Virgen María puede seguir siendo invocada como el modelo de la mujer, siendo que ella vivió en una época muy lejana y en una sociedad donde el papel de la mujer era radicalmente diferente al que actualmente tiene en la sociedad, en la empresa, en la política, y en la misma familia.

Sin embargo, cuando nos detenemos a reflexionar un poco en el sentido trascendental de la vida, encontramos que necesitamos pensar sobre aquello que permanece en el fondo del alma humana y que no se modifica nunca, pese a todos los cambios externos y las modas que provocaron cambios en la forma de vida de una sociedad.

La necesidad de conocer los grandes misterios de la existencia humana, como son: de dónde venimos y a dónde vamos. Lo que significan los sentimientos que se mantienen presentes en todas las épocas y en todos los hombres, independientemente de su condición social, económica, estado de salud, formación intelectual y lugar de nacimiento, como son: el amor, el dolor, el temor, la felicidad, la alegría, la duda, la paz interior, y muchos otros, y que nosotros mismos experimentamos a cada momento.

Recordemos algunos pasajes de la historia de María, aquella joven que vivía en uno de los lugares más pequeños y de menos importancia en su tiempo en que empezamos. María aparece en una escena verdaderamente sorprendente, ya que al mismo tiempo que parece muy sencilla, significa el anuncio del mayor suceso de la historia de la humanidad, en el que un enviado de Dios se le aparece para anunciarle algo verdaderamente increíble: Ella ha sido escogida para ser la madre de Jesús, que vendrá para salvar no solamente a su pueblo, sino toda la humanidad.

Sobre este capítulo nos dice Benedicto XVI:

“Nada es imposible para quien se fía de Dios y se entrega a Dios. Mirad a la joven María. El ángel le propuso algo realmente inconcebible: participar del modo más comprometedor posible en el más grandioso de los planes de Dios, la salvación de la humanidad. Como hemos escuchado en el Evangelio, ante esa propuesta María se turbó, pues era consciente de la pequeñez de su ser frente a la omnipotencia de Dios, y se preguntó: ¿Cómo es posible? ¿Por qué precisamente yo? Sin embargo, dispuesta a cumplir la voluntad divina, pronunció prontamente su “sí”, que cambió su vida y la historia de la humanidad entera. Gracias a su “sí” hoy también nosotros nos encontramos reunidos esta tarde”. (Benedicto XVI (I-IX 07) (Loreto Italia).

María aparecerá en pocos pasajes de las Sagradas Escrituras, pero en todos ellos tendrá siempre un papel muy importante. Así, la vemos en el nacimiento de Jesús, marchando a Egipto con José para salvar al niño y a su regreso llevándolo a Jerusalén a los doce años, y ya tiempo después cuando, José ha ido al reposo eterno, la encontramos en una escena familiar, donde Jesús y ella han sido invitados a una boda, e interviene por iniciativa propia para que Jesús realice su primer milagro, lo que significa que ella ya sabía que su Hijo estaba destinado a una obra maravillosa; y este primer milagro está orientado a ayudar a la nueva familia que se estaba formando; y, en este sentido, podemos darnos cuenta que la Virgen se preocupaba por aquellas cosas aparentemente sencillas, pero que significaban mucho para sus amigos.

María, como dicen también las Escrituras, guardaba todo en su corazón, lo que significa que en realidad estaba siempre pendiente de todo lo que su Hijo enseñaba, y esto nos lleva a reflexionar sobre la importancia de estar siempre pendientes de las enseñanzas de Jesús, independientemente de todos los deberes que nos envuelven en otras actividades diarias.

Por ello el Papa Francisco nos dice:

“En el contexto del Evangelio de Lucas, la mención del corazón noble y generoso, que escucha y guarda la Palabra, es un retrato implícito de la fe de la Virgen María. El mismo evangelista habla de la memoria de María, que conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía, de modo que la Palabra diese fruto en su vida. La Madre del Señor es icono perfecto de la fe, como dice santa Isabel: “Bienaventurada la que ha creído” (Lc 1, 45)” (Lumen Fidei, 58).

María estará siempre presente en los momentos más importantes, acompañará a Jesús en el Cenáculo, en el camino a la Cruz, y después, junto con los apóstoles, se ve llena del Espíritu Santo y los animará en la gran misión que su hijo les encomendaría.

El ejemplo de María, que es de fe, obediencia, compromiso, trabajo y aceptación del dolor, es una enseñanza que trasciende al tiempo y a las situaciones que el contexto de cada etapa histórica va imponiendo, porque estas virtudes son las que deberíamos tener todos los hombres y mujeres de esta época que presume de mucha ciencia y de logros tecnológicos, pero que está llena de injusticias, de violencia y de lo más peligroso, que son las trampas intelectuales que pretenden confundir el bien con el mal, y aun presenta atrocidades, como el aborto, como si fueran un derecho.

Si todos y cada uno de nosotros y la sociedad en su conjunto actuáramos como lo hizo María, sin grandes aspavientos, pero con apego total a las enseñanzas de Jesús, se podría afirmar, sin lugar a dudas, que todos trabajaríamos porque nuestras familias fueran felices, nuestros hijos se sintieran amados por Dios, nuestros amigos estuvieran seguros de que siempre contarían con nosotros; los políticos, empresarios, y todos que tienen autoridad, la usarían para asegurar que la justicia y las oportunidades llegan a todos.

Miremos a María en su fidelidad y virtudes, y ya que Jesús nos la dejó como madre al pie de la cruz encomendémonos ella y pidámosle fortaleza para caminar siempre cercanos a Jesús.

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jorgeespinosacano@lycos.com.mx

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