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Dos papas santos, pero ¿quiénes son los santos?

Los santos están en todas partes: en la Biblia y muchos otros libros, en la historia de la Iglesia, en las oraciones impresas pidiendo su intercesión ante el Señor, en los calendarios, en las calles, en los pueblos y ciudades; en fin, en todas partes, hasta en las carteras de muchos fieles. Sus imágenes están en los templos, en los hogares, en sitios de trabajo, en los libros y en impresos diversos.

Para un cristiano, convivir con ellos es parte de la vida (aunque algunas nuevas organizaciones cristianas no-católicas los ignoran y hasta desprecian). En general, sabemos que son personas cuyas vidas y acciones son ejemplares, y que debemos precisamente tomarlas como ejemplo. Lo más importante es que son almas que sabemos están ciertamente en el cielo con el Señor.

La gente los toma como patronos, protectores e intercesores en el cielo, ya sea en forma personal pero mayormente como patronos de comunidades, organizaciones, profesiones y oficios. En comunidades con tradiciones firmes, sus fiestas llegan a ser de gran importancia y celebración popular, que llegan a casi suspender la vida comunitaria centrándose en la fiesta misma. Rezan, llevan imágenes por las calles, las pasan de casa en casa y hasta, ¡qué pena!, se convierten en ocasiones de comilonas y consumo de bebidas embriagantes ¡buena excusa!

A ellos les rezamos pidiendo su intercesión, ya que están en la compañía del Señor y Él los escucha. Luego les pedimos milagros y favores. Para quienes entienden bien el origen de los mismos, dichos milagros y favores los concede, los realiza, solamente Dios, oyendo a quien lo pide con fe y esperanza. Para quienes no están bien enterados, creen que los hacen los santos mismos, error que debe enseñarse.

Muchos de ellos son conocidos, algunos más famosos que otros, algunos solamente en determinados medios, en donde se les venera, y un gran número de quienes han sido reconocidos como santos está en el anonimato práctico, quizá por no ser reconocidos como patronos de alguien o algo.

Los otros santos

Pero hay millones de almas que en vida tuvieron una acorde con la voluntad del Padre, y que al llegar a su presencia fueron premiadas con la prometida compañía de Dios en el cielo. Son pues santos, pero prácticamente nadie lo sabe, quizá algunos de sus seres cercanos lo ven así, que eran “santos en vida”.

Como la Iglesia reserva una fecha en el calendario litúrgico para recordar a quienes considera santos, esos que aparecen en calendarios y agendas (y ahora en portales de Internet), ha reservado, además, una fecha al año para todos los santos desconocidos formalmente, el día primero de noviembre, la fiesta “de todos los santos”.

En un sentido más amplio, la Iglesia considera como santos a quienes viven en ella, a quienes temporalmente se purifican de sus penas en el purgatorio y a quienes están en el cielo. Cuando hablamos de la “comunión de los santos”, a eso nos referimos, no solamente a los últimos.

Reconocimiento de santidad

Pero la mayoría de los cristianos no se preguntan cómo los santos “oficiales” han llegado a ser reconocidos como tales. Simplemente lo dan por hecho. Saben que están en el cielo, que se lo ganaron con su vida o hasta con un hecho particular en ésta, como el martirio por ser cristianos, por confesión de fe. Y sí, la Iglesia tiene un proceso canónico único y complejísimo para llegar a definir, sin ninguna duda, que un muerto está en el cielo, que es santo. Está a cargo de la Congregación para la Causa de los Santos.

A través de su historia, la Iglesia fue formalizando la elevación a los altares de cristianos ejemplares, como ahora está formalmente definido en el Derecho Canónico. En el Medievo, por ejemplo, a quien moría en olor de santidad, como se dice, se le pedía al Papa lo declarara, por aclamación, como santo. Así, no había en estos casos particulares grandes procesos de canonización, como sí era debido. Se reconocía popularmente también a “santos” cuya existencia real está ahora históricamente en duda, precisamente por falta de proceso canonizador.

Todavía persiste ese deseo popular de que un cristiano ejemplar sea declarado “santo súbito”. Claros ejemplos de ellos han sido dos grandes Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II. Las muchedumbres reunidas en la plazoleta del Vaticano así lo gritaban una y otra vez: “¡santo súbito!” Santo por aclamación, como pidió el cardenal belga Suenens en el Concilio Vaticano II a la muerte del Papa “buono”, Juan XXIII, con el apoyo de otros cardenales y fieles.

Pero la autoridad de la Iglesia no tiene prisa, y aunque se tratara de casos extraordinariamente notables de santidad en vida, se lo ha llevado con calma. Acceder a esas peticiones podría llevar a la petición de declarar santos de inmediato a su muerte de muchos buenos cristianos, que aunque así lo hayan sido, se debe estar completamente seguros.

Los milagros y la santidad

Hay buenas personas que en vida han logrado que el Señor escuche sus peticiones, sus súplicas, y conceda, por su intercesión evidente, no sólo ciertos favores para sí y la mayor parte de las veces para otros, sino auténticos milagros; esos hechos inexplicables por el conocimiento científico y teológico, como curaciones instantáneas o en un muy corto plazo, imposibles de lograr con la medicina. Hay otro tipo de milagros reconocidos, con toda su dificultad técnica de comprobación, como multiplicación inexplicable de comida, en semejanza a la de los peces y los panes narrado en los evangelios.

Hay algunos santos reconocidos por los hechos extraordinarios y milagros que Dios concedió cuando así se lo pidieron. Esos cristianos ejemplares llegaban a ser declarados “santo súbito”, como ya comentamos, y otros pasaban por el proceso canónico. Los hechos milagrosos visibles, testimoniados, que lograban de Dios, lo consideraban más que prueba necesaria, para saber que estaban en el cielo.

Desde hace muchos años, la Iglesia pasa por largos procesos para declarar santa a una persona. La Congregación para la Causa de los Santos (Congregatio de Causis Sanctorum) examina su vida cuidadosamente; se le declara “siervo de Dios”, luego “venerable” y, tras el examen de un hecho milagroso post mortem en el que se reconoce su intercesión, lo beatifica: es beato, autorizándose una veneración limitada. Tras un segundo milagro semejante, se le canoniza, es decir se le reconoce como santo, se le “sube a los altares” y se le puede venerar públicamente.

Los milagros atribuidos a la intercesión de una persona deben ser tras su muerte, post mortem, a pesar de haber logrado milagros en vida. En el caso de Juan Pablo II, hay varios hechos presuntamente milagrosos que se le atribuyen. Hay uno en particular, cuando en 1990 visitó la ciudad de Zacatecas, en su viaje a México, le fue presentado con gran fe de sus padres, un niño desahuciado, con leucemia. El Papa le besó en la frente y le pidió soltara una paloma que el niño llevaba. Poco después este niño, Herón Badillo Mireles, estaba inexplicablemente sanado y así ha continuado su vida. Al recordársele este evento, e informarle sobre la vida sana de Herón, el Papa dijo: "no cabe duda que Dios sigue obrando maravillas".

Los expertos y el abogado del diablo

Para asegurar lo mejor posible la convicción de que una persona fallecida es santa, existe en la Congregación para la Causa de los Santos la figura conocida como “el abogado del diablo”, quien en el Vaticano se encarga de buscar cualquier falla, error u omisión en el proceso, para asegurarse de que el candidato es realmente santo y está en el cielo.

En estos procesos participan muchas personas, para estudiar científica y teológicamente cada caso presentado como milagro. La mayoría de ellos no son ni miembros de la Curia romana ni de otra organización interna de la Iglesia.

Algunos procesos han quedado en suspenso durante muchos años, y la Iglesia ha reconocido como santa a una persona muerta en olor de santidad mucho tiempo después, por diversas razones, propias del proceso canónico. Otras han llevado menos tiempo, como es el caso de varios santos del siglo XX. Muchos de ellos murieron por martirio.

La canonización de dos Papas

En este mes de abril de 2014, la gran festividad de la Iglesia Católica es la declaración de santidad, fin del proceso de canonización, de los dos grandes Papas mencionados antes: Juan XXIII y Juan Pablo II; éste último el más conocido, ante quienes no hayan tenido la edad para conocer la vida de Juan XXIII.

Juan XXIII fue un hombre extraordinariamente sencillo, con una bondad tan reconocida que en vida se le conocía ya como “il papa buono”, el papa bueno. De joven, según declaró mucho después, tenía como ideal pasar su vida como cura de algún pueblo, pero tras una trayectoria de actividad diplomática sobre todo, llegó a ser electo Papa, convirtiéndose así realmente en el cura del mundo.

El Papa Francisco aprobó la canonización de ambos Papas, tras la comprobación de dos milagros por intercesión de Juan Pablo II y uno solo de Juan XXIII, canonizado, conforme el Derecho también lo permite, “pro gratia”.

La gran difusión mediática de la conclusión de ambos procesos de canonización permite, a quien quiera leerla, la información sobre los mismos, y de cómo se llegó a este evento. Esta canonización es decisión de este otro Papa, el argentino que ahora tenemos, maravillosa mezcla de sencillez extrema y gran sabiduría. Podría decir que el Papa Francisco es alguien que reúne las personalidades de ambos “nuevos” santos, San Juan XXIII y San Juan Pablo II.

Muchos otros cristianos han sido declarados santos por los Papas recientes, sobre todo por Juan Pablo II y también por Benedicto XVI, nuestro Papa emérito. Muchos de ellos tras procesos canónicos que han tomado menores tiempos que antes, pero, vale la pena aclararlo, sin que se hayan apresurado como se dice ahora en “fast-track”, sino siguiendo escrupulosamente los debidos procesos.

Los santos seglares de ahora

Muchas causas de santidad están ahora bajo estudio en el Vaticano, incluyendo buenos y ejemplares cristianos que conocemos, sea personalmente o por la difusión de sus vidas y hechos extraordinarios contemporáneos.

Algo es muy importante de destacar, y es que la mayoría de los santos incumple viejos estereotipos, y también su identificación con la vida religiosa. Sin duda que en la Edad Media y la Era Moderna, por ejemplo, era más fácil reconocer vidas de santidad de sacerdotes y religiosos que del seglar común.

Pero ahora son muchos los seglares, fieles “de a pie”, ciudadanos sin cargo jerárquico alguno, a quienes se les reconoce una vida de santidad evidente (amén de los martirizados y confesores de la fe), cuyas causas de canonización están en marcha.

Esto es efectivamente muy importante, ya que sirven de ejemplo para los fieles seglares, que vemos cómo personas con vidas semejantes a las que conocemos de cerca, con las que inclusive convivimos o sabemos de sus actos, han sabido ser santos, y cómo la santidad está al alcance de todo cristiano que haga la voluntad del Padre, que le sirva sirviendo a nuestros hermanos en su nombre, y dando testimonio, confesión de fe y hasta martirio (también ahora hay martirios).

Bibliografía:

- Catecismo de la Iglesia Católica

- Código de Derecho Canónico

- “Los santos están de moda” José Alberto Terán, Click aquí

- “¿Por qué Juan XXIII será santo sin milagro?”
Autor: Andrea Tornielli  | Fuente: vaticaninsider.lastampa.it Click aquí

- ¿Cómo se comprueban los milagros?”
Autor: cristiandad.org Click aquí

- El milagro del Papa Juan Pablo II en Zacatecas
Por: Francisco Elizondo y Valentina Alazraki

Fuente: Noticieros Televisa

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