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Edomex: ¿es realmente la joya de la corona?

Mucho se ha escrito y comentado acerca de la relevancia que tiene la próxima jornada electoral en donde se elegirá al nuevo gobernador de la entidad más poblada del país, con el mayor presupuesto disponible, pero, también, con el mayor número de pobres, el mayor índice de desigualdad y de inseguridad. En ese contexto, vale la pena reflexionar sobre la afirmación que se ha repetido incansablemente acerca de que esta es La (así con mayúscula) elección que define, inclusive, el rumbo de la presidencial de 2018.


Edomex; joya de la corona


En mi opinión, sería conveniente resituar esa idea y calibrar mejor la mirada hacia la misma, pues quizás se está sobredimensionando dicho proceso. Para abordar lo anterior, sugiero empezar por reconocer que la ciudadanía mexiquense se ha mostrado apática a participar cada seis años que se renueva el poder ejecutivo local. Según datos públicos disponibles generados por el Instituto Electoral del Estado de México (IEEM), el promedio de participación electoral en las últimas tres elecciones apenas ha alcanzado el 54.5%, ello implica que en el electorado no se refleja la trascendencia que cierta parte de la opinión pública le quiere dar.

Para reforzar lo anterior, vale la pena señalar que hay elementos socioculturales que influyen en ese desinterés, principalmente el desempeño de los gobiernos estatales salientes, que han dejado mucho que desear. Esto quiere decir que la atención del ciudadano se centra en lo inmediato (obtención de empleo, mejora salarial, seguridad pública, etcétera) y no considera que su involucramiento en el cambio de poder pueda ayudar a conseguirlo. Incluso, desestima que su voto pueda ser un mecanismo de rendición de cuentas sobre el ejercicio del poder, lo cual podría explicar por qué no acude a las urnas pese a los esfuerzos institucionales que lo promueven.

En otro orden de ideas, el cargo de gobernador del Estado de México tiene un peso político a nivel nacional, a grado tal que ha servido para apuntalar aspiraciones presidenciales de los ejecutivos salientes (por ejemplo Arturo Montiel Rojas o el propio Enrique Peña Nieto). No obstante, no existe predeterminación o relaciones directas entre ese capital político acumulado y las posibilidades reales de participar en la contienda por la primera magistratura del país. Es decir, que el sólo hecho de ser gobernador no garantiza la presidencia, pues hay coyunturas que influyen en las dinámicas de negociación que favorecen o limitan el acceso a ese puesto.

Esto viene a colación, pues otro de los argumentos que se ha esbozado para dar primacía a esta elección tiene que ver con una supuesta ventaja que tomaría el gobernador Eruviel Ávila en la carrera presidencial si su partido retiene el poder. Dados los escenarios actuales que muestran una competencia reñida entre los principales partidos políticos que están en contienda, ni siquiera es posible afirmar que, aun ganando, el gobernador cuente con el respaldo de su instituto político para ser el abanderado tricolor en el 2018.

Una dimensión más para desdoblar, es la competitividad de los partidos. Y es que también se ha dicho que quien resulte vencedor en este ejercicio casi en automático garantiza el triunfo en la presidencial del año venidero. La premisa sobre la que descansa esa tesis es muy simple pero engañosa: ya que el Estado de México tiene el mayor padrón electoral, el partido ganador tendrá una “bolsa de votos” asegurada para 2018. Suponiendo que eso sea cierto, se requerirían de varias condiciones para sostener la afirmación: 1) que la participación ciudadana fuese mayor al 70% a fin de que sea un número significativo de electores seguros, 2) que los otros partidos no crezcan a nivel nacional, 3) que el primer año de gestión del gobernador entrante sea lo más exitoso posible para que el electorado no cambie de opción.

Al aventurar esas hipótesis, queda claro que no es un hecho consumado que esta elección sea, como se quiere hacer ver, la más importante de este año. Sí es posible decir que hay muchos elementos que la hacen más atractiva que las otras tres (por ejemplo, que es la entidad natal del actual Presidente de la República y perderla sería un golpe político devastador), más no por ello afirmar que la vida político-electoral del país se define con ella. Por tanto, habría que desmontar gradualmente la visión ingenua que achaca a este estado un valor que probablemente ya no tiene y que ha opacado la supuesta brillantez de una joya que, hoy por hoy, ya es bisutería.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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