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El papel del universitario en la sociedad

Tras las elecciones de consejeros en la Universidad Nacional Autónoma de México, y ante los problemas que han estado ocurriendo en el Instituto Politécnico Nacional, sin mencionar los antecedentes que son muy comunes en el ambiente universitario (enfrentamiento de grupos porriles, marchas por causas ideologizadas, paros, etc.) me he dado un tiempo para reflexionar acerca de qué es ser universitario y cuál es nuestro papel en la sociedad.



Cuando entré a la máxima casa de estudios, recuerdo que, durante la semana de integración, hubo una charla titulado “ser universitario” impartida por un filósofo español llamado Pastor Vico. Lo que Vico dijo básicamente se resume en: “no existen verdades absolutas, tener fe es para ilusos, no para universitarios, y un universitario se dedica a dudar de todo lo que le dicen porque nada es verdad”. Claro, esta persona habló con un discurso hermoso e impecable que incluso lo compararía con un sofista, porque al parecer la única verdad y lo único que no habría que dudar es de lo que él nos dijo. En fin, esta conferencia me dejó con un mal sabor de boca, ya que me di cuenta que entre muchos de mis compañeros efectivamente eso es ser universitario, ser apático, desconfiar de la propia capacidad para conocer, al grado de preferir vivir como una planta permitiendo todo pasar, desconfiar de todo.

Esta realidad de desconfianza la vi plasmada en las pasadas elecciones para consejeros, pues, aunque es un tema muy importante, a muy pocos les interesaba el destino de la Universidad y de nuestra Facultad; incluso, mi profesor de filosofía de la ciencia hacía una analogía despectiva asemejando las elecciones de la Universidad con las elecciones del país destacando que “siempre es lo mismo”; así, con ese mismo argumento la mayoría prefirió dejar pasar la elección, pues “no tiene caso participar, siempre gana el mismo”. Un clima de desconfianza y una falta de interés tan grandes que, podríamos decir que se ha robado a los universitarios la capacidad de creer en el cambio, a los jóvenes, cuyas características principales son el heroísmo y la vitalidad, se les ha vendido la idea de que una sociedad organizada no es más que una utopía, y que los dragones que asedian a la sociedad en verdad son indestructibles.

Por otro lado, en este clima de desesperación han surgido grupos reaccionarios que, a causa de una cultura que busca únicamente lo inmediato, ya no puede ver lo trascendente de las acciones; por ello buscan cambios tangibles en el momento aunque deban de ser tomados con violencia, cambios que realmente nunca son eficaces y sólo terminan haciendo daño; además, a causa de este deseo de los jóvenes (aún más de los universitarios) muchos grupos, especialmente de tinte izquierdista pretenden aprovecharse de este ideal, manipulando así las acciones de los universitarios, usándolos para fines que poco aporta al bien de la sociedad general. Ejemplos de esto sobran, algunos de ellos los he mencionado al principio del artículo, pero basta con revisar la historia de la UNAM para darse cuenta cómo se ha utilizado la Universidad para promover toda clase de ideologías a costa incluso de la vida de los universitarios.

En realidad, los universitarios violentos y reaccionarios son una minoría escandalosa, son más los que se excusan para participar en cualquier cuestión social creyendo que su único deber en este momento es estudiar, pues por eso son universitarios.

Ante esta doble realidad necesariamente surgen las preguntas ¿Cuál de estas dos posturas sería la más adecuada tomar? ¿Cuál es verdaderamente el papel de los universitarios en la sociedad?

La Universidad, al ser parte fundamental del tejido social, aunque esta sea autónoma, no debe desentenderse de los asuntos sociales, de hecho los universitarios le debemos mucho a la sociedad en general, tanto que lo mínimo que podemos hacer es ser buenos estudiantes; debemos entregarnos de lleno a nuestro papel como miembros activos de la sociedad, lo cual incluye participar en todas las cuestiones que le competen, no únicamente estudiar (y además mediocremente); debemos ser agentes de cambio, buscar mejorar las deficiencias que tiene nuestra universidad así como las de nuestro país, pues ¿Qué se puede esperar de un país con un sector “educado” tan indiferente a su realidad?

Ahora bien, esto no quiere decir que seamos reaccionarios, violentos, ni mucho menos revolucionarios; si bien debe dolernos todo aquello que afecta a nuestro país, como el caso de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, entre otros, ¿Por qué esperar a que ocurran sucesos trágicos para actuar? ¡No!, debemos procurar desde antes construir una realidad más justa, una realidad donde la voz de los jóvenes sea escuchada, un país con igualdad de oportunidades, no debemos esperar a que los problemas nos afecten frontalmente para actuar, ¿Por qué no evitar el conflicto?

El Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, escribe que uno de los principales métodos para construir la paz y el bien común es reconocer que el tiempo es superior al espacio, lo cual quiere decir no inquietarse por el presente, no desesperarse por el mal que vernos, sino ocuparnos. Lo único que debe inquietarnos es una santa preocupación por los demás, pero mientras sigamos participando de grupos que buscan el bien común, no debe remordernos nada la conciencia. Aunque nuestras acciones parezcan pequeñas, siempre hay que hacerlas con el fin de poder influir en el tejido social a través del tiempo, pues ¿de qué sirve conquistar un espacio inmediato, si al pasar el tiempo se perderá y dicha acción no habrá servido para nada? Así pues, el sembrador no se inquieta por la cizaña, pues sabe que al llegar la cosecha será totalmente diferenciable.

Hace unos días escuché a una compañera de la facultad preguntarle a un profesor “¿Qué podemos hacer ante todo esto?”, después de que dicho profesor nos ha planteado un panorama sombrío. Mi respuesta es, primero ¡no perdamos la esperanza!, debemos ser capaces de creer contra toda probabilidad que el cambio realmente está en nuestras manos; una vez que tengamos fe en el cambio ¡pongamos manos a la obra!

Este artículo es una exhortación para poner manos a la obra, para que olvidemos ese pesimismo que sólo contamina nuestra naturaleza juvenil. Se necesitan verdaderos héroes capaces de entregarse a causas nobles, personas que estén dispuestas a sacrificar horas de descanso para entregar ese extra a actividades que buscan promover el bien común, se necesitan líderes sociales que realmente estén preocupados por su entorno, que no busquen beneficios egoístas, sino que sean capaces de formar y dirigir grupos encaminados a promover el bien común; en fin se necesitan verdaderos universitarios comprometidos con su papel para cambiar el país.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com

 

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