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El suicidio de Occidente

Los ideales de la revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad, parecían ser el anuncio de la redención de la humanidad. Por fin, ésta sería liberada del flagelo de la monarquía y la aristocracia, últimos vestigios de una edad media que durante prácticamente un milenio había significado el “secuestro del conocimiento y la libertad” de manos de la brillante cultura grecolatina, cultura exuberante centrada en el hombre, que en algún momento había dado vida a la democracia, que garantizaba la igualdad y la fraternidad. A partir del triunfo de la revolución francesa se auguraba un relativamente rápido desarrollo evolutivo de la sociedad humana, que iría de la mano de un igualmente rápido crecimiento del conocimiento científico que la llevaría al culmen de la justicia y precisamente, al reinado de los ya citados ideales revolucionarios.


Análisis Internacional


Sin embargo, a más de 200 años de distancia, la situación del mundo occidental parece contradecir al proceso de evolución de la humanidad: no hay más igualdad que antes de la revolución francesa, porque los pequeños y los grandes monarcas, los señores feudales, los dictadores y, en fin, los poderosos, se han multiplicado, del mismo modo, aunque en mucho menor grado, que los pobres.

En el caso de la libertad, ésta se ha confundido con el libertinaje y se ha constituído en uno de los valores supremos de la cultura occidental. El libertinaje nos lleva necesariamente al dominio del más fuerte (rico o poderoso) sobre los demás, quien utiliza o destruye a estos últimos cuando carece de conciencia moral. También lleva a otras muchas formas de esclavitud (adicciones al alcohol, tabaco, estupefacientes y sexo, entre muchas otras). La fraternidad, en consecuencia, no se puede privilegiar, cuando el más fuerte, o el más “abusado” o menos “escrupuloso”, es el que domina. La fraternidad sólo existe cuando hay conciencia de que todos somos hijos del mismo padre y por eso nos amamos y nos respetamos.

Ciertamente el conocimiento científico ha traido consigo un asombroso desarrollo de la tecnología, que ha proporcionado a la persona confort y beneficios indudables; pero ¿acaso este conocimiento no nació en las universidades  que aparecieron en la edad media?

Algunos hemos pensado en un momento dado que nuestros gobernantes y dirigentes eran lo más selecto de nuestra sociedad; que para estar en ese sitio se tenía que estar muy bien preparado; y nos hemos confiado en ellos. Luego nos hemos enterado que para ganar un cargo de elección popular no es necesario tener ninguna preparación. ¿Es ése uno de los beneficios de la democracia? ¿Para quién? Y luego nos preguntamos: ¿qué hicimos mal para que llegáramos a la situación de inseguridad en que vivimos… al desastre moral o económico que nos aqueja?

Quienes somos honrados y queremos seguirlo siendo, nos negamos a participar en la política partidista, porque intuímos que ese ambiente está contaminado por la corrupción, y no queremos corrompernos y les dejamos el campo abierto a quienes desean un cargo político para su propio beneficio. Bien o mal tomada esta decisión, luego protestaremos: ¿alguien puede hacer algo para detener el desastre social y económico en que vivimos?

Recientemente conocimos el caso de un Airbus 320 estrellado en las montañas de Francia en marzo de 2015. El copiloto, Andreas Lubitz, planeó su suicidio llevándose con él a las 150 personas que iban a bordo. Lubitz logró burlar los estrictos controles psicológicos de la empresa; controles que no existen en lo absoluto en el mundo de la política. Por mi parte, tengo el convencimiento de que muchos políticos de Occidente han planeado su suicidio llevándose consigo a sus compatriotas, con la complacencia de los mismos.

Si queremos restablecer el Estado de Derecho, y por tanto, la justicia y la paz social, tendremos que afrontar el hecho de que pertenecemos a una generación adormilada y conformista, contaminada profundamente, con un prejuicio muy propio de la cultura de la muerte, tan nocivo, que ha resultado ser muy eficiente en la destrucción de naciones enteras: creer que el gran crecimiento poblacional experimentado en los últimos tiempos, fomentado por un importante aumento en la esperanza de vida de quienes la formamos, justifica de forma incondicional el tomar medidas de “emergencia” para frenar la tasa de crecimiento poblacional, aun pasando sobre el derecho a la vida de quien se deje matar; prejuicio que nace de un terrible miedo al hacinamiento por parte de muchos, y al miedo a perder el control social, tan importante para muchos gobernantes y dirigentes sin vocación de servicio.

El relativismo, el hedonismo y el liberalismo, ingredientes básicos del posmodernismo, han ido desarmando de valores a la sociedad: condicionando el sentido de la vida, cuestionando la verdad, negando la felicidad y falsificando la libertad.

Influenciado por estos conceptos, el hombre actual teme al compromiso y no tiene conciencia moral; rehuye el esfuerzo y es fácilmente manipulable. Fácilmente cede a las iniciativas gubernamentales impulsadas por quienes tienen el poder económico y político mundial, para el fomento del uso, a diestra y siniestra, de los anticonceptivos artificiales, sin reparar un ápice en los terribles efectos secundarios que conllevan, despenalizar el aborto, aceptar el “matrimonio” entre homosexuales, que obviamente es estéril, autorizar la eutanasia, e incluso ver con “buenos ojos” el suicidio. La guerra en todas sus formas también ha sido instigada por los poderosos.

Los graves efectos de esta manipulación no se han dejado esperar, no sólo en lo personal, sino también en lo social: grandes naciones europeas están desapareciendo porque no tienen niños ni jóvenes. Los adultos, que al paso del tiempo envejecen y que se negaron a dejar descendencia, ven cómo la ausencia de ésta deja grandes vacíos que pronto son ocupados por migrantes que llegan de países del Continente Africano, principalmente, con otra cultura y otra forma de ver la vida.

La crisis familiar que vivimos literalmente nos destruye como personas. Los gobiernos, en la actualidad, han dejado lamentablemente de apoyar a la familia, y lo hacen coaccionados por unos cuantos que poseen el poder económico mundial.

Ante este plan perverso para aniquilar la humanidad, es urgente lamentablemente, nadar contra corriente. América Latina tiene muchos valores que tenemos que reanimar para darle al mundo esperanza y nueva vida. Será necesario analizarlos para ofrecerlos al resto del mundo y tratar de despertarlo.

¡Ánimo: hay mucho trabajo por delante!

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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