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Urge en México educar para la Paz

No lo debemos olvidar, desde 1945 las guerras han producido más de 25 millones de muertos a nivel mundial, sus consecuencias además del sufrimiento, son las crisis humanitarias, los refugiados y desplazados, así como las crisis alimentarias y medioambientales. Se tenía la esperanza de que tras estas terribles experiencias, el Siglo XXI se caracterizara por ser un siglo de paz, pero por desgracia seguimos viviendo con una situación de gran violencia; tan sólo en el momento actual, existen de manera paralela, guerras activas alrededor del mundo.


Derechos Humanos


Esta violencia amenaza la consolidación de las democracias todavía débiles en varios países, pone en peligro la reconstrucción y el desarrollo social y económico que las sociedades desgarradas por la guerra necesitan para levantarse.

En México, uno de los problemas sociales que más están afectando actualmente a la ciudadanía es la delincuencia. Este fenómeno no sólo lesiona el patrimonio y la integridad física de las personas, también conlleva un deterioro en el Estado de Derecho, desalienta la inversión, genera pérdidas de empleo, debilita la base competitiva del sector productivo nacional y, por ende, disminuye el potencial de crecimiento económico del país.

En una breve radiografía de nuestra situación, encontramos que existe un aumento del crimen organizado en todo el territorio nacional (principalmente secuestros y asesinatos); ha proliferado el crimen no organizado a nivel local, con actos delictivos graves; existe un mayor consumo de drogas en diferentes niveles sociales y a más corta edad; la drogadicción aumenta acabando con la vida de las personas y generando conflictos familiares graves; el desempleo y los bajos salarios generan desintegración familiar; la familia ha sido atacada en diferentes formas, rompiendo valores esenciales; existe un sistema judicial ineficiente y con corrupción adicionado de un sistema penitenciario que no rehabilita al delincuente, y entre otros, una práctica sistemática de la tortura por parte de las fuerzas de seguridad. No cabe duda de que en México, urge educar para la paz.

Pero la educación formal no es suficiente para combatir los grandes males por los que atravesamos, se requiere de la participación de la sociedad civil, mediante el respeto y exigencia de los Derechos Humanos, y por supuesto, que el Estado garantice su protección.

Si bien es cierto, los ciudadanos rechazamos el crimen, la delincuencia, la violencia y la inseguridad, en la práctica hacemos muy poco por cambiar el estado de las cosas. Por ejemplo, en la última década se han realizado diversas marchas ciudadanas para exigir al gobierno su intervención en los problemas de inseguridad, sin embargo, cuando el gobierno actúa hay voces que lamentablemente piden su no intervención y a gritos solicitan una negociación con el crimen organizado.

Esto también atenta contra la paz porque por una parte se exigen derechos y actuación de la autoridad pública, y por otra se quiere coartar su responsabilidad de brindar protección ciudadana, tomando como el pretexto los muertos de la guerra contra el narcotráfico. Así que tenemos que ser parte de la solución y no del problema, es momento de construir la paz desde nuestros ámbitos de competencia.

La paz ha sido una de las máximas preocupaciones desde el inicio de la historia, desde el mismo momento en que el hombre descubre los efectos nocivos de la violencia. Pero no todas las culturas han expresado el concepto de paz de la misma forma, cada pueblo ha puesto el acento en uno u otro aspecto según condicionamientos físicos, ambientales, religiosos y sociales.

Desde el humanismo trascendente entendemos a la paz “no sólo como ausencia de guerra, sino como el ambiente social donde se construyen positivamente los valores profundos de la persona y se respetan sus derechos fundamentales”, de esta forma, observamos que no hay paz sin justicia y libertad, esto implica el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

Desde nuestra cultura occidental, nos resulta más fácil centrarnos en eliminar aquellos aspectos de violencia directa y agresiones que amenazan el equilibrio armónico. Sin embargo debemos considerar también aquellos aspectos menos visibles de un tipo de violencia silenciosa que es generada por los desequilibrios, las desigualdades y las situaciones de opresión en la que se hallan sumidos millones de hermanos nuestros. En este sentido, nuevamente urge en México educar para la paz.

Este proceso de educar para la paz no deberá ser considerada como una ciencia “angelical” que tienda a enmascarar los conflictos que surgen en la relación cotidiana entre las personas. Se debe partir de la convicción de que los conflictos existen en nuestro quehacer diario, y que por lo tanto, no debe convertirse en una transmisión “fría” de conocimientos, es más bien una tarea  vivencial en la que la forma de actuar del educador, padre de familia o líder social es el principal mensaje y el contenido más significativo.

La paz como valor universal es lo que da sentido a la existencia del género humano y constituye por sí misma una gran esperanza para el futuro de la humanidad. La verdadera paz es auténtica reconciliación, es perdón, justicia, verdad, amor, es alegría profunda. Para esto se requiere reflexionar que hay en nuestro corazón y de actuar para el compromiso social. 

Por eso, el primer paso es empezar por uno mismo ya que la violencia que sufrimos en la sociedad, no sólo es producto de grupos organizados o de bandas delictivas, sino que también es resultado de nuestros pequeños actos de violencia.

Preguntémonos ¿Qué hay dentro de nuestro corazón? Será necesario entonces hacer una revisión personal de las actitudes que pueden obstaculizar la construcción de la paz.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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