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La paradoja del ¡Viva México!

Acaban de pasar las Fiestas Patrias y como cada año, en cada casa, alcaldía, plaza, y en el Zócalo de la Ciudad de México, resonó la tradicional arenga “¡Viva México!”, a lo mejor en algunos lugares más desangelados que en otros; pero como cada año, no faltó ese grito que está lleno de mucho significado, aunque al mismo tiempo, resulta una paradoja.


Análisis Social


Y es que esto no tiene nada que ver con que “no haya nada qué celebrar en México”, como muchos pesimistas de las redes rezongaban en los últimos días, invitando a “dejar solo a Peña”, a “no festejar por Ayotzinapa y un montón de injusticias más”. No, esto tiene que ver con la ironía de que, mientras cada 15 de septiembre “Viva México”, también mencionamos ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Allende! ¡Viva Morelos!, cuando Hidalgo, Allende y Morelos llevan décadas muertos, siendo polvo bajo la tierra. Pero esto es un reflejo del pensamiento mexicano: añoramos el pasado, y lo peor, es un pasado mítico y fabricado por el mismo gobierno al que tanto se le reclama y detesta últimamente.

Somos un país en el que adoramos a los muertos, los levantamos sobre un pedestal y los volvemos héroes, cual semidioses de la mitología griega, y ¡ay de aquél que ose decir algo en contra de nuestros héroes! Y el problema no está en recordar figuras importantes de nuestra Historia, más bien el problema es querer volver nuestros sus ideales, olvidando que la época en la que ellos vivieron no es la misma que la nuestra. Queremos vivir el México del siglo XXI con discursos (incompletos, además) del siglo pasado y del antepasado, vivir de los fantasmas y mitos de los “Héroes de la Independencia”, personajes en cuya época no había Internet, smartphones, tablets, redes sociales, globalización.

En México honramos a tal punto a los muertos, que pretendemos guiarnos por lo que ellos dijeron, porque queremos convencernos de que ellos siguen vivos y presentes. Vivimos anclados al pasado, hay incluso un dicho muy conocido: “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero, si se supone que la historia de la civilización ha sido una historia de evolución, se habla siempre de avances y desarrollo, ¿cómo es posible esta paradoja? Si el pasado es mejor que el hoy, entonces estamos amolados, porque vamos para atrás en vez de ir avanzando. No hay esperanza para el futuro, y nuestra sociedad terminará en una entropía total.

Una cosa es vivir de la nostalgia, añorando una época dorada que nos fabricamos en nuestras mentes, y otra cosa muy distinta es, sí, extrañar una infancia donde no había preocupaciones, una adolescencia donde no teníamos responsabilidades, una juventud donde éramos fuertes y vigorosos, pero agradecer lo vivido como pilares indispensables para construir una mejor persona, y hacer algo para detener un proceso de decadencia.

Habrá quien argumente: “pero podemos tomar ejemplo del pasado, ¿no?; de las personas y las circunstancias que lograron con sus acciones”. ¡Por supuesto que no está mal tomar ejemplo de esos hombres y mujeres ilustres del pasado! Pero también, en primer lugar, no debemos querer actuar tal como ellos, esperando que las circunstancias de hoy son las mismas que las de ayer; y en segundo lugar, ¡hay que saber de quién tomar ejemplo!

Es también de notar que celebramos las Fiestas Patrias el 15 y 16 de septiembre, cuando en realidad deberían serlo el 27 y 28 de septiembre, los días en que el Ejército Trigarante entró triunfante a la Ciudad de México y se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, con lo que, de la mano de Agustín de Iturbide, nacía de facto la Nación Mexicana, cosa que no ocurrió con el alboroto que armó el cura de Dolores.

En la Historia de la Independencia, tenemos a dos personajes polarmente opuestos:

Existe la figura de un mal sacerdote, que agitó a un pueblo, los volvió saqueadores y al final no logró nada, sus mismos aliados se volvieron contra él, y aun aquellos que según la romántica Historia oficial “continuaron el sueño de Hidalgo”, Morelos y Guerrero, se pelearon entre ellos y tampoco con sus revueltas lograron nada.

Por el otro lado, tenemos al coronel Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu, el único personaje del episodio hoy llamado Independencia de México, que realmente ideó un proyecto, tuvo un plan, concibió un país y pacificó un territorio desangrado durante 10 años, aunque le duela a los oficialistas y no lo quieran reconocer. Consiguió la Independencia a través de los acuerdos y del diálogo, en vez de la violencia.

Pero ahí se ve el tipo de ejemplo que los mexicanos admiramos. Si miramos a nuestra realidad actual, hemos echado por el “caño” el legado del verdadero padre de la Patria, no buscamos acuerdos, buscamos una violencia sin proyecto: nuestros diputados y senadores convierten en un circo las sesiones de la Cámara, se dedican a vociferar y a ‘guerrear’, pues se nos ha inculcado que “la lucha” es el único medio válido de resolver las cosas. Y ahí también tenemos a los sindicatos, los normalistas, los grupos de presión, que en vez de buscar acuerdos civilizados, prefieren los plantones, las manifestaciones, todas siempre provocativas, violentas, y cuando el Estado reacciona con violencia, se quejan porque “el Estado es represor”.

Es muy lamentable que, hoy por hoy, el mexicano promedio sea una persona que no escuche, no se interese, considere perfecto y única verdad lo que él dice, habla todo el tiempo y a gritos, no tiene tiempo para pensar y reflexionar, no se le puede criticar pues automáticamente eso es un mortal ataque enemigo; y en fin, trata de adaptar la realidad a él y no de adaptarse él a la realidad; quiere que cambie México sin cambiar él.

Esta añoranza al pasado, a los muertos, y esta necedad de copiar los malos ejemplos, nos impide vislumbrar un camino, trazar un plan a futuro. Nos tiene atados de manos. Así, sí está medio imposible que ¡Viva México! El mexicano tiene la esperanza de que ¡Viva México! y le vaya bien sin hacer nada para conseguirlo, excepto rezongar ante todo y contra todos, viendo a su mortal enemigo, Masiosare, en el villano en turno, llámese Estados Unidos, Enrique Peña Nieto, o Televisa.

Y todavía, para rematar, el mexicano no deja que ¡Viva México! con su actitud paternalista. Ya que dejamos a Dios encerrado en los templos, el mexicano promedio se conforma con pedirle al Estado que nos resuelva todos los problemas. Está en espera que el presidente o el nuevo Mesías político que se aparece cada tantos años (hoy quiere ocupar ese lugar Andrés Manuel López Obrador) solucione todo, le dé comida, techo, salud, educación y dinero, sin moverse de su zona de confort.

Cuando lo amenazan con trabajo o con algo que le constituya un reto, vienen las protestas y las marchas.

En suma, es una paradoja gritar ¡Viva México!, cuando todas nuestras acciones apuntan a conseguir lo contrario. Pero no es tarde, todavía podemos cambiar el destino de México, si cada uno de nosotros le entramos, si no nos quedamos estirando la manita, si cambiamos esa mentalidad derrotista y tan anclada al pasado.

¡Qué bonito sería que en vez de admirar a los “héroes que nos dieron Patria”, que ya están bien muertitos, admirásemos mejor a los héroes contemporáneos, esos que siguen vivos, que nos han demostrado que ‘sí se puede’! Ya sean los deportistas, los artistas, los políticos que no son corruptos, los líderes, o incluso ¡los empresarios!

En 1821, Agustín de Iturbide nos regaló la libertad para hacer vivir a México. Pero no hemos sabido utilizarla. Por eso, para que ¡Viva México! tenemos que aprender cómo usar de manera correcta nuestra libertad. Podemos desperdiciarla como lo hemos venido haciendo tantos años o podemos ocuparla para hacernos responsables y construir nuestro destino.

San Agustín de Hipona decía de forma romántica: “Ora como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti”, o como lo expresa un dicho popular: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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