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La Doctrina Social de la Iglesia como promotora de la civilización (I)

No exagero si digo que hoy, en este momento, en los segundos que transcurren mientras usted lee estas líneas, en todo el mundo se produce y se reproduce un fenómeno que tuvo su origen hace casi 2000 años: muchas personas están tomando un avión, un tren, un autobús o su propio automóvil para trasladarse de un lugar a otro, y saben perfectamente bien en qué día y en qué año transcurre su vida; las bolsas en el mundo abren o cierran, según los husos horarios de cada lugar, y cada hombre o cada mujer ajusta su vida a la fecha de hoy. Es un hecho indiscutible que los horarios, los días y los años que rigen la vida de las personas en todo el mundo están unificados por la gran globalización que ha significado dividir la Historia en antes de Jesucristo y después de Jesucristo.


Doctrina social


Pero que la Historia se haya dividido en antes y después de Cristo, no es casual sino causal: la causa de todo este movimiento que se fue universalizando, mundializando, fue el enorme impacto civilizatorio y cultural que produjo el cristianismo. Los chinos, los judíos, los musulmanes, etc., tienen su propio calendario, pero sirve sólo para consumo interno. El cristianismo es el gran referente histórico y el gran referente de la vida cotidiana de los más de 7000 millones de seres humanos del mundo actual… aunque la mayoría no lo sepa o no esté consciente de este extraordinario hecho.

El cristianismo no sólo ha sido el motor de la civilización occidental, sino el causante de la más importante mundialización en la Historia. Digo “mundialización” y no “globalización”, siguiendo al gran Carlos Castillo Peraza, quien decía que el término globalización es frío y deshumanizado, y el de mundialización nos sugiere la necesidad de construir un mundo a la medida del ser humano. Y ahora como nunca se necesita volver a nuestras raíces, a las raíces cristianas de nuestra civilización para ayudar a reconstruir ese mundo, que ya casi no es cristiano. Y es precisamente en estas raíces en donde encontramos los orígenes de lo que desde el siglo XIX se ha llamado la Doctrina Social de la Iglesia, pero que es la fuente de donde abrevaron quienes precedieron a León XIII: el Evangelio de Jesús. Desde un principio, los primeros cristianos y luego los Doctores de la Iglesia, entendieron que el Evangelio era para vivirse, para actuar en sociedad, para dar testimonio, y no sólo para la especulación filosófica o teológica.

La Doctrina Social de la Iglesia nace con el mensaje de Jesucristo, pero también toma muy en cuenta el Antiguo Testamento, desde el Génesis, y se va construyendo a través de los siglos. La Patrística (época llamada así por los Padres de la Iglesia), contiene una gran riqueza en su pensamiento social, especialmente en San Juan Crisóstomo, en San Ambrosio y San Agustín.

El nacimiento del feudalismo y de cierto laicismo dentro de la Iglesia, trae consigo cierto caos y algunos desórdenes, que gracias a la hábil conducción de Gregorio VII y su reforma eclesiástica, son resueltos favorablemente.

Después tenemos el Siglo de Oro de la Edad Media, con Santo Tomás de Aquino, San Luis Rey de Francia, de Inocencio III, de San Francisco de Asís, de Dante Alighieri, de San Alberto Magno, etc. (ya nos ocuparemos, así sea brevemente, de algunos de estos personajes).

En todo caso, el pensamiento de la Iglesia, que se organiza en un cuerpo doctrinal en el siglo XIX, se debe a la mayor organización y complejidad de la sociedad mundial, confundida –y en buena parte engañada– por la moda de la época, a la que van dirigidas las encíclicas, y no a la ausencia de una doctrina social subyacente en el mensaje cristiano. Tan es así, que después de publicada la encíclica Rerum Novarum, de todo el mundo llegaron al Vaticano cartas de felicitación y la repercusión en la prensa escrita fue generalmente bien acogida.

Es cierto que en los siglos anteriores al XIX no existía la complejidad social y económica que obligó a la Iglesia a levantar la voz, tanto para denunciar los graves errores y peligros de la época, como, y sobre todo, dar orientación sólida a través de las encíclicas papales y los documentos pontificios, no sólo a los católicos, sino a todos los hombres de buena voluntad.

El mismo Pío XI advierte en Quadragesimo Anno que el ambiente social y económico que se respiraba hacía cuarenta años, cuando su predecesor escribió la encíclica Rerum Novarum (Sobre las Cosas Nuevas) ya no era el mismo. Y si en cuarenta años había cambiado tanto la sociedad, imaginemos cómo se había transformado en los diecinueve siglos anteriores.

Esto de ninguna manera quiere decir que la Iglesia Católica creó una doctrina social sólo para para dar respuesta a los problemas de la época, sino que, inspirados en los Textos Sagrados y en el Magisterio de la Iglesia, los teólogos, los filósofos y sociólogos, católicos laicos y clérigos, convocados y consultados por la Santa Sede, inspiraron al Papa para escribir la famosa encíclica Rerum Novarum. Esto sirvió para poner en blanco y negro lo que los tiempos nuevos le exigían ya a la Iglesia de Roma: el socialismo y el comunismo, hostiles a la Iglesia habían hecho su aparición, pero también el liberalismo extremo.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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