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Los gay-monios y los derechos humanos 1 de 2

Los derechos humanos de los homosexuales son indiscutibles, imprescriptibles, irrenunciables, universales, como todo derecho humano, por el simple hecho de que los homosexuales son personas.


Presión del loby gay


La dignidad de la persona humana constituye un valor absoluto, como el de la vida misma, desde su concepción hasta la muerte natural. Así como tienen derechos las mujeres, los niños, las personas con discapacidad, los ancianos, los indígenas, los migrantes, también los tienen los homosexuales, no por su condición específica de homosexualidad, sino por su condición humana.

Es deseable que en un futuro no muy lejano, la referencia a la persona humana sea suficiente para reconocerle, por esa única cualidad, todos sus derechos. Porque cada ser humano es un fin en sí mismo, es único e irrepetible y, por lo mismo, no hay ni habrá de él más que un solo ejemplar. Res sacra homo: el Hombre es una realidad sagrada.

Sin embargo, los derechos humanos no pueden ser inventados, como pretenden algunos autores para quienes tales derechos son producto de la evolución de las leyes. Ellos existen desde siempre en la raíz misma de lo humano. Es falso que existan derechos de primera, segunda y tercera generación. Todos los derechos existen desde que el ser humano apareció sobre la tierra.

En todo caso, lo que sí ocurre y ha ocurrido es el sucesivo descubrimiento, progresivo, a través del tiempo, en el transcurso de la historia, de los derechos humanos. A eso sí le podemos llamar derechos de tal o cual generación, según el tiempo y las circunstancias en las que fueron descubiertos.

Uno de los ejemplos más ilustrativos, que data de hace dos mil quinientos años, lo encontramos en la tragedia de Sófocles: Antígona, heroína que se enfrenta a la ley del usurpador Creonte, asesino de su padre, quien prohíbe a  ésta enterrar a su hermano Polinices, ante lo cual ella exclama:

“No fue Zeus quien a mí me las dictara, ni es ésta la justicia que entre hombres establecen los dioses de la muerte. No pensé yo que los pregones tuyos, siendo de hombre mortal, vencieran la ley no escrita y firme de los dioses. No es de hoy ni de ayer, es ley que siempre viviendo está, ni sabe nadie cuándo por primera vez apareció… y si a tu juicio locura es mi conducta, ¿quién nos dice si el loco no es más bien el que así juzga?” (Sófocles, Antígona, Estásimo Primero).

¿A qué generación pertenecen los derechos invocados por Antígona? Yo los clasificaría como de primerísima generación, siguiendo un criterio estrictamente cronológico.

En el reclamo de Antígona se encuentran contenidos derechos relativos, en primer lugar, al respeto de la dignidad de la persona humana, pero también aquellos relativos a la familia, al derecho de petición, etc.

En todo caso, la clasificación de los derechos humanos debe hacerse con criterios axiológicos, a saber: los derechos relativos a la Vida, a la Justicia, a la Libertad y a la Propiedad; así, con mayúsculas (Salvador Abascal y Tarcisio Navarrete, “Derechos Humanos al Alcance de Todos”, ed. Diana).

Digo que es un asunto axiológico, porque en el principio de toda discusión sobre los derechos humanos hay una opción por el ser humano y su dignidad. Si se toma la opción positiva, accedemos a una existencia humana y valiosa. Si se toma una opción negativa, nos enfrentamos a una existencia humana  degradada.

En este contexto, ¿cuál es el valor del “matrimonio” entre personas del mismo sexo? ¿Qué le añade a la sociedad?

Los homosexuales tienen todo el derecho de ser respetados como seres humanos. Ellos son libres de hacer de su vida lo que más les plazca, pero saben muy bien que son incapaces de aportar nuevas vidas a la sociedad. Las leyes vigentes les permiten heredarse sus bienes, brindarse protección, etc. Esto ya está consignado en la Ley de Sociedades de Convivencia, aprobada por la mayoría perredista en la Asamblea legislativa del D. F., y publicada en la Gaceta Oficial del gobierno capitalino.

Sin embargo, el texto constitucional que nos rige es muy claro cuando establece que: Art. 4°. “El varón y la mujer son iguales frente a la ley. Ésta protegerá la organización y el desarrollo de la familia”. Inmediatamente después, en el segundo párrafo, afirma: “Toda persona tiene derecho a decidir, de manera libre, responsable e informada sobre el número y espaciamiento de sus hijos”. Se entiende, por el sentido del párrafo primero, que la persona es la que forma la familia y que sólo en pareja de hombre y mujer se puede engendrar.

Art. 3°. “c) Contribuirá (la educación) a la mejor convivencia humana, tanto por los elementos que aporte a fin de robustecer en el educando, junto con el aprecio para la dignidad de la persona y la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad, cuanto por el cuidado que ponga en sustentar los ideales de derechos de todos los hombres, evitando los privilegios de raza, de religión, de grupos, de sexos o de individuos”.

Baste y sobre esta cita de una disposición constitucional, para responder a quienes dicen que no existe mención alguna respecto de la familia en nuestra Carta Magna.

En abundancia de lo anterior, los instrumentos internacionales (declaraciones, convenciones, etc.) suscritas por el gobierno mexicano y aprobadas por el Senado, se convierten en Ley Máxima de la Unión, es decir, de acuerdo con el Artículo 133, pasan a formar parte del cuerpo constitucional.

Resulta muy evidente, en consecuencia, que el llamado “matrimonio” entre personas del mismo sexo no es de interés público. No aporta nada a la sociedad. Es un privilegio, es decir, una ley privada que no es aplicable a todos, según consigna, en todos sus textos, la Teoría del Derecho.

El tema ha sido inscrito en la agenda de pequeños grupos en México y en parte del mundo por aquellos a quienes se les han agotado las ideas, en su pretensión de destruir las instituciones naturales tales como el matrimonio y la familia.

A falta de mejores cosas en qué pensar o qué decir, prefieren la provocación del escándalo. Algunos lo hacen por prejuicios irreductibles a la lógica más elemental, o por una intención perversa, generada por el rencor o por el odio a todo lo que es natural.

Su argumento principal, si acaso argumento es, consiste en desnaturalizar todas las relaciones humanas, convirtiéndolas en productos de las convenciones sociales que, según ellos, han asignado de manera artificial los papeles de niño y niña, de hombre y mujer, por ejemplo.

Este proyecto representa, en el fondo, un conjunto de intereses políticos y económicos muy poderosos. Su argumentación es de una pobreza que da pena. Ahora resulta que la humanidad ha sobrevivido y se ha multiplicado en virtud de papeles asignados a lo que llamamos hombre y mujer, pero no porque a los dos sexos les corresponda, de manera natural, la misión de la conservación de la especie humana.

A todo lo que los enemigos de la vida y de la familia pretenden destruir le llaman “conservador”, supuestamente para descalificarlo y para oponerle de manera dogmática e intolerante “lo liberal”, lo “progre”.

Todo ello es parte de la agenda de instituciones multinacionales, agencias y empresas transnacionales, unas porque quieren convencer al mundo de la inconveniencia de la sobrepoblación, lo que nos lleva a pensar en una disputa egoísta por el espacio y la comida; otras, porque tienen un rencor radical contra todo lo que la civilización ha considerado como sagrado; a otros más, les significa un mercado más amplio para explotar sus intereses.

Pero, en todo caso, todo ello representa un gran negocio. Sólo hay que ver las cifras multimillonarias que reciben los colectivos LGTTG (de organismos de la ONU, del Banco Mundial, de fundaciones afines y de empresas multinacionales) para promover sus ideas en el mundo occidental, frente a las muy escasas donaciones que recibimos quienes defendemos la vida, el matrimonio y la familia.

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