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Las revoluciones como fracaso y falsificación

“Una causa puede seducir por su grandeza. Pero para  mí, toda causa que mata deja de seducirme. Ella se afea ante mis ojos, se degrada, se envilece, por más bella que pueda haber sido. Ninguna causa es justa cuando ella hace alianza con la muerte.”     Omar Khayyam, poeta persa del siglo XI. 


Ideales en una revolución 


A la Revolución Francesa se le ha glorificado  por ser –se dice- la cuna de los derechos humanos, por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Sin embargo, cuando un grupo de mujeres, entre las que destacaban Madame Roland y Olympe de Guges les preguntan a los revolucionarios, específicamente a Saint Just, líder de los jacobinos, que si la expresión: “Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” incluía también a las mujeres, los jacobinos les respondieron más o menos con estas palabras: “No señoras, los derechos humanos  corresponden a los hombres, no a las mujeres, porque ustedes no trabajan, no producen”. Conclusión: Mme. Rolande y De Gouges, junto con otras más, fueron decapitadas en la guillotina durante la era del terror en que culminó la Revolución Francesa, cuya divisa fueron la “Igualdad”, la “Fraternidad” y la “Libertad”. Es famosa la frase de Mme. Roland al subir al cadalso: “Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.

La no tan famosa expresión de Chateaubriand sobre el mismo tema, que a continuación transcribo, es parte de la narración en la que confiesa que fue tentado por la revolución: “La revolución me habría arrastrado… pero vi la primera cabeza sobre la punta de una pica, y retrocedí. Jamás veré en el asesinato un argumento de libertad; no conozco nada más servil, más cobarde, más obtuso que un terrorista.”

La Revolución Bolchevique en Rusia produjo, como consecuencia, la muerte de al menos veinte millones  de personas (entre la guerra civil y las posteriores “purgas” de Lenin y Stalin). Cuando Trotsky  reclamó a Lenin el asesinato de miles de personas, éste le contestó: “La muerte de un hombre es ciertamente una tragedia, pero la muerte de un millón es simplemente una estadística”. Lenin fue el inventor de los campos de concentración, que después perfeccionara Hitler. Finalmente, el comunismo fracasó, el muro cayó, pero la idea persiste, ahora transformada en lucha a muerte contra la civilización cristiana. 

La Revolución Cubana todavía suscita en muchos jóvenes, latinoamericanos o no,  un gran sentimiento de romántica adhesión. La efigie del Che Guevara se reproduce tanto en Europa como en Latinoamérica, pero ninguno de los orgullosos portadores de la camiseta con la imagen del Che, se ha tomado la molestia de investigar la verdadera historia de este revolucionario, muerto en Bolivia cuando pretendía exportar la Revolución Cubana a ese país. Los hermanos Castro Ruz tienen también las manos machadas de sangre y de represión. Su larguísima permanencia en el poder, da cuenta por sí sola de la férrea dictadura que han establecido en la isla de Cuba. Un dato no menor: Fidel Castro bajó de la Sierra Maestra hacia la Habana rezando el Rosario. Ya en el poder, Fidel mandó asesinar a sacerdotes y a monjas. 

Dicen los defensores de la Revolución Mexicana, que ésta fue “la primera revolución social del siglo XX”, refiriéndose a la constitución de 1917. Sólo un artículo propiamente social es de destacarse de esta Carta Magna, el 123, referido al trabajo e inspirado, de alguna forma, por la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII. Por lo demás, un solo dato sirve para demostrar lo “social” que fue esta revolución: en 1910 había, según el censo, 14, 300,000 –catorce millones cuatrocientos mil mexicanos- (en números cerrados) y en 1920 (según también el censo oficial) 13,400,000 -trece millones y medio de mexicanos. Casi un millón menos, gracias a la violencia, la pobreza y la emigración. Decía Octavio Paz que “negar la humanidad del otro, equivale a negar la propia.”  

El fruto de esta revolución fueron 80 años de “dictadura perfecta”, en la que la proporción de pobres no disminuyó, pero sí se instaló una burocracia cada vez más voraz, según lo hemos constatado con el regreso del “nuevo PRI”. México ha progresado a pesar del PRI y por una actividad cada vez más decidida de los llamados “cuerpos intermedios”, es decir, de la iniciativa privada y de la sociedad civil organizada.     

El mito revolucionario ejerce sobre los pueblos una especie de fascinación, por el encanto que produce la esperanza en un mesías terrenal. Empieza como promesa, continúa con destrucción, horror y muerte, y termina en represión, dictadura y retraso en todos los órdenes: cultural, económico, social, político. Los ideales de las revoluciones, los pocos que podemos rescatar de la muy limitada visión de la mayoría de los revolucionarios, fueron inmediatamente traicionados y luego falsificados.

 

 

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