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La Doctrina Social de la Iglesia como promotora de la Civilización (III)

La conquista y la colonización de América trajeron, entre otras cosas, dos que nos interesan particularmente en relación con la Doctrina Social de la Iglesia: la evangelización y la esclavitud.



Gracias a la evangelización, se incorporó la América española y la portuguesa a la civilización del Occidente Cristiano. Con ella llegó la religión, la lengua, y se fueron modificando las costumbres; a los misioneros les debe Iberoamérica lo que es; ellos son los verdaderos héroes de nuestra historia común. A los frailes y a las monjas se les deben los primeros hospitales, los primeros colegios, las primeras universidades; ellos enseñaron a los campesinos la rotación de los cultivos y a los indígenas las artes y oficios. En palabras de Pío XII: “Desde hace dos mil años, ha existido en la Iglesia el sentido de responsabilidad de todos por todos, que ha movido y que mueve a los espíritus hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los curadores de enfermos, de los abanderados de la fe, de la civilización y de la ciencia de todas las épocas y en todos los pueblos, para crear las únicas condiciones sociales que a todos pueden hacer posible y placentera una vida digna del hombre y del cristiano”.(1) Más claramente, no se pueden señalar los inmensos beneficios que ha traído la Doctrina Social de la Iglesia a la civilización mundial.

Pero así como llegó la civilización, también llegó la esclavitud que fue propagada, fundamentalmente, por los portugueses. La Iglesia trató de combatir el tráfico de esclavos provenientes de África y su explotación desde el principio. La primera condena formal se dio en 1462, por Pío II, y luego León X se dirigió a los reyes de España y Portugal, para obtener la prohibición. Los reyes, efectivamente, se comprometieron a cumplir con dicha prohibición, pero los traficantes de esclavos (sobre todo, portugueses), empezaron a operar en la clandestinidad. Eso, por lo que se refiere a los esclavos negros; pero también a los indígenas alcanzó la esclavitud, por lo que Paulo III fulminó con la excomunión (1537) a quienes incurrieran en ese grave hecho. Similares condenas fueron establecidas por Urbano VIII (1639), y por Benedicto XIV en 1741.

A pesar de todo esto, algunas legislaciones civiles legalizaron la esclavitud, ya sea de los indígenas, ya sea de los negros o de ambos. En la Nueva España en particular no existió, salvo contados casos, tráfico de negros para esclavizarlos como en otras partes de América, debido a lo cual la atención de la Iglesia se centró en el trato a los nativos de estas tierras y a la legitimidad de la conquista.

Las primeras disposiciones reales para la protección de los indígenas, ante las denuncias de los misioneros –especialmente de los dominicos- frente al maltrato que sufrían los aborígenes de parte de los conquistadores, son las Leyes de Burgos de 1512, que surgen de la preocupación de la Corona por el maltrato que reportaban los misioneros. Éstas, junto con las Leyes Nuevas y las Ordenanzas de Alfaro, van a constituir en conjunto las llamadas Leyes de Indias, o también conocidas como Recopilación de leyes de las Indias, que fueron  promulgadas en 1680, bajo el reinado de Carlos II.

Fue el obispo dominico Fray Bartolomé de las Casas, quien inició en España una Controversia que se ha hecho famosa en la historia, acusando a la Corona de no brindar suficiente protección a los indígenas frente al abuso de algunos encomenderos. El emperador Carlos V, sensible ante los reclamos del obispo, defensor de los indígenas, nombró a un grupo de letrados al frente del cual estaba el filósofo y jurista Juan Ginés de Sepúlveda. De otro lado, estaban el propio Fray Bartolomé, Domingo de Soto, Bartolomé Carranza y Melchor Cano, todos ellos dominicos. El primer fruto de esta Controversia fue la orden de suspender, temporalmente, el proceso de la conquista, y “por primera y última vez –dice el historiador Lewis Hanke-, un imperio organizó oficialmente una investigación sobre la justicia de los métodos que empleaba para ampliar sus dominios”.(2)

No se declaró vencedor oficial a ninguno de los dos bandos, pero la Controversia de Valladolid logró, además de conjuntar a algunos de los mejores teólogos, letrados y juristas de la época, en un debate intelectual de gran altura, que el rey Carlos V, por virtud de Las Leyes Nuevas (promulgadas en 1542, y que fueron el fruto de dicho debate), prohibiera la esclavitud, los trabajos forzados y, en general, las encomiendas y el derecho hereditario que sobre ellas había creado la legislación civil. Debido a las consecuencias prácticas de la Controversia podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la verdadera vencedora de ella fue la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia, aunque no se conoció con ese nombre hasta el siglo XIX.

Quizás el pensador más destacado de esta época, también dominico de la Universidad de Salamanca, fue Fray Francisco de Vitoria, quien influyó notablemente en Las Leyes Nuevas y en lo que después se conocería como Las Leyes de Indias. Vitoria, en su Reelección De Indis, invoca en defensa de los aborígenes el derecho natural como fundamento de los derechos humanos, entre los que estaba incluida la obligación, de todo cristiano, de defender a los indios convertidos por propia voluntad al cristianismo y a los que aceptaran la autoridad de los españoles y, por supuesto, el derecho a predicar el Evangelio. Asimismo, establecía la tutela de los indígenas para evitar violaciones al Derecho Natural cometidas por ellos, como los sacrificios humanos.

Es evidente que, sin llamarla de esa manera, la Doctrina Social de la Iglesia se hizo presente a través de la evangelización, pero también en la acción de los Papas, de los pensadores (que, sin conocer a los indígenas, declararon que les asistía el derecho de ser tratados como a hijos de Dios), y especialmente en los misioneros que tomaron en sus manos la lucha por la defensa de los aborígenes, no solamente durante la conquista, sino durante todo el tiempo que duró la dominación española y portuguesa en América y más allá…

NOTAS:

1) Radiomensaje del primero de junio de 1941

2) Bartolomé de las Casas, EUDEBA, Buenos Aires, 1957

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