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La Doctrina Social de la Iglesia como promotora de la civilización (II)

Regresemos a los principios del cristianismo. Son los tiempos de la conversión, primero de los judíos y luego de los gentiles. Poco a poco, ambos (judíos y gentiles conversos) se fueron fundiendo en un mismo Cuerpo Místico y enfrentaron las mismas vicisitudes. Entre los conversos nos encontramos (aparte de judíos) con una gran diversidad de personas pertenecientes a todas las clases sociales, hombres y mujeres, esclavos y libres, griegos y romanos. Todavía no era el tiempo de la gran expansión del cristianismo, porque las dificultades que se les presentaban a los primeros cristianos eran innumerables, aunque la predicación y las conversiones seguían en aumento.


México; Doctrina Social Iglesia


La milenaria barrera que existía entre los judíos y los gentiles, impuesta por el histórico desencuentro entre ambos, fue el primer obstáculo derribado por el esfuerzo evangelizador y a la vez civilizador de los primeros cristianos: “Id y enseñad a todas las naciones”, les dijo Jesús a los apóstoles. Con esta orden, Cristo inaugura la Doctrina Social de la naciente Iglesia. San Pablo establece, desde el principio, la regla de la igualdad: “Todos nosotros, hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo, ya judíos, ya griegos, ya esclavos, ya libres, todos hemos abrevado de un solo Espíritu”.(1) Es un hecho social, que confirma lo dicho por el Apóstol, que en el umbral de las catacumbas se desvanecían las distinciones sociales, y éste es un dato extraordinario.

La esclavitud y la discriminación hacia la mujer eran parte de la cultura de esa época (en otro artículo me referiré específicamente al tema de la mujer), y esto hacía muy difícil la aplicación evangélica de la igualdad en dignidad de todos los seres humanos. En una sociedad en la que la esclavitud era algo legal, en la que el amo podía disponer de los bienes, incluso de la vida de los esclavos sin ninguna consecuencia jurídica, en la que a los esclavos se les prohibía contraer matrimonio, es asombroso ver que los señores y los esclavos (hombres y mujeres) tomaban al mismo tiempo el mismo bautismo, se sentaban juntos en los mismos ágapes pero, sobre todo, participaban juntos en la Celebración Eucarística.

Si entendemos bien esta época, en la que los hombres libres no trabajaban porque consideraban humillante el trabajo, tan indigno y tan humillante, que era obligación de los esclavos hacerlo, descubriremos que se está iniciando un gigantesco cambio: el nacimiento de la Civilización Cristiana impulsada por la naciente Iglesia y por su Doctrina Social basada, sí en la igualdad primaria de todos los seres humanos por ser creados a imagen y semejanza de Dios, pero sobre todo en el deber de justicia.

La única igualdad real que existe entre todos los seres humanos, es la que deriva de ser hechos “a imagen y semejanza de Dios”, es una igualdad de naturaleza. En todo lo demás somos diferentes, por ser únicos e irrepetibles. De cada ser humano no existe sino un solo ejemplar.

En algunos casos, el esclavo se convertía en señor de su señor. Esto se daba cuando el esclavo se bautizaba antes que su señor, o cuando aquél era elevado al sacerdocio. San Calixto (siglo III), de esclavo, llegó a ser Sumo Pontífice de la Iglesia. Hoy pasamos sobre esos hechos sin darles la trascendente importancia que tienen, pero a Renán (y sabemos quién fue Renán) lo maravilla la rehabilitación del esclavo bajo el cristianismo primitivo; “es todo un milagro”(2), dice el escritor francés.

Se estaba produciendo una verdadera revolución moral y social. La Iglesia desafiaba el orden civil, al impulsar la liberación y el matrimonio entre los esclavos que desembocaba, en su mayor parte, en la “manumisio”, o manumisión, figura jurídica adoptada por la Iglesia que significaba liberación de esclavos.

Son célebres las manumisiones que se celebraban, sobre todo, en Pascua y en Pentecostés. El cristiano Hermes, por ejemplo, dio en libertad a 1,250 esclavos un día de Pascua y Santa Melania la joven a 8,000 en un mismo día en Pentecostés (el precio de un esclavo rondaba, más o menos, en lo que serían hoy en día 100 dólares). En el siglo IV, San Ambrosio y San Agustín llegan a vender algunos ornamentos eclesiásticos para liberar esclavos. Sin embargo, las manumisiones no serán legalizadas sino hasta Constantino, primer emperador cristiano.

En 370, Valentiniano prohíbe vender a los esclavos sin su propia tierra, para asegurarles su sostenimiento, lo cual constituye un primer paso en la transición que se da en la Edad Media, de la substitución del esclavo por el siervo de la gleba. Justiniano, por su parte, declara que la esclavitud es contraria al derecho natural.

La liberación de los esclavos sufrió un grave retroceso con las invasiones de los bárbaros; volvió a aumentar su número por un tiempo, pero la conversión al cristianismo de los invasores, hizo que se modificara radicalmente el panorama. De este modo, en el siglo X ya no hay esclavos sino solamente siervos, atados a la tierra que cultivan. A su vez, los siervos liberados van formando ciudades, denominadas burgos, y se crean las escuelas de oficios y los gremios, entre los que destaca el de los albañiles, a los que les debemos la construcción de las grandes catedrales de Europa, dedicadas a Dios y a su Madre Santísima.

Si he considerado con cierto detenimiento el tema de la esclavitud en los primeros mil años del cristianismo, ha sido porque es muy difícil de explicar en pocas líneas la magnitud del drama que vivió la humanidad, durante los muchos miles de años que precedieron al cristianismo, y porque la trascendencia y la vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia no se entiende sino como liberación de las ataduras que unos seres humanos imponen para someter -hasta la fecha- a otros seres humanos.

En la próxima entrega de esta serie hablaré del triste episodio de la esclavitud colonial, que se dio como resultado del descubrimiento y de las conquistas de los pueblos de América, así como de la colonización de estas tierras por los europeos.

1) Primera Epístola a los Corintios, XII, 1

2) Renan, Marc-Aurèle et la fin du Monde Antigue, Fayard, Paris, 1958.

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