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Los derechos humanos en peligro (Primera Parte)

“No fue Zeus quien a mí me las dictara, ni es ésta la justicia que entre hombres establecen los dioses de la muerte. No pensé yo que los pregones tuyos, siendo de hombre mortal, vencer pudieran la ley no escrita y firme de los dioses.

No es de hoy ni de ayer, es ley que siempre viviendo está, ni sabe nadie cuándo por primera vez apareció y si a tu juicio locura es mi conducta, ¿quién nos dice que si el loco es más bien el que así juzga?”

– Sófocles,  Antígona (primer episodio)


Derechos Humanos


Hace dos mil quinientos años Antígona, heroína de la tragedia de Sófocles del mismo nombre, reclama ante Creonte, usurpador del trono de Tebas, el derecho a enterrar el cuerpo de su hermano Polinices, asesinado por aquél. Creonte había prohibido sepultar el cadáver del príncipe heredero, para deshonra de la familia ya devastada por su crueldad. De ahí la desobediencia de Antígona y la declaración de su derecho, anterior y superior a la ley del rey. Quizás sea ésta la declaración más antigua de lo que hoy conocemos como derechos humanos, pero, como bien dice Sófocles en voz de Antígona: “es ley que siempre viviendo está, ni sabe nadie cuándo por primera vez apareció”.

Si los derechos humanos no nacieron en una época determinada, como queda dicho, tampoco son invención moderna, por más que algunos autores nos quieran hacer creer que éstos son producto, por ejemplo, de la Ilustración o de la Revolución Francesa. Nada más equivocado. Los derechos humanos, o son inherentes a la naturaleza humana, y son por lo mismo universales, o no son derechos sino invenciones jurídico-legislativas, hechas a modo y en el interés de unos cuantos.

Los derechos humanos nacen con el ser humano, son parte de él mismo, de su naturaleza. ¿Por qué hay quienes se empeñan en negar la naturaleza humana como fuente del derecho, pero se afanan, por otra parte, en demostrar que si la naturaleza se encuentra en peligro por los errores de las generaciones que nos precedieron y la actual (COP21, París, noviembre de 2015), la vida del ser humano también peligra? Tratar de ignorar los hechos, es condenarse a tropezar con los mismos hechos.

La humanidad ha tardado miles de años –y esto es asunto de otra reflexión– en tomar conciencia de sí misma. La evolución de la conciencia moral ha sido lenta, ha enfrentado y sigue enfrentada a muchas dificultades. El bien no se le presenta al ser humano como una realidad inmediata e irresistible. “Nuestro conocimiento de las leyes  naturales es progresivo por naturaleza. El sentido del deber y de la obligación –nos enseña Maritain– ha siempre estado presente, pero el conocimiento explícito de las normas de la ley natural se acrecienta con el tiempo… [y]… Podemos creer también que el conocimiento de los preceptos particulares de la ley natural en todas sus exigencias y aspectos más precisos, continuará creciendo hasta el fin de la historia humana”.1

El progreso de la conciencia moral a través de la historia es innegable. La prueba más evidente la constituye el creciente avance en la aceptación y práctica de los derechos humanos. Hace poco tiempo, por ejemplo, la tortura era una conducta legal en muchos países occidentales, por no hablar de la pena de muerte. Hoy la tortura subsiste en algunos países –y México no es la excepción–, pero como práctica clandestina. No hace más de tres décadas, fue abolida la pena capital en la Unión Europea y pudo declararse “territorio libre de la barbarie de la pena de muerte”. En México, fue hasta el sexenio de Vicente Fox cuando se derogó dicho precepto, en el artículo 22 de nuestra Constitución, en su último párrafo.

Por otra parte, en el siglo pasado y en el presente hemos sido testigos de las más atroces crueldades que imaginación alguna pueda haber concebido. La destrucción y la muerte violenta e injusta siguen siendo parte de la “subcultura humana”. “La historia se cuenta por las guerras”, dice un poema cantado por Alberto Cortés. El mal avanza, es cierto, y su aspecto es terrible y escandaloso. ¿Qué ha pasado entonces con la conciencia del ser humano? Maritain lo explica a través de la “Ley del doble progreso contrastante”, según la cual: “la historia avanza al mismo tiempo, tanto en el sentido del bien como en el sentido del mal… Uno de los movimientos tira hacia lo alto. El otro movimiento tiende hacia lo bajo… Buenos y malos crecen juntos, ambos esperando su propio fin...”.2 Esto no quiere decir que exista siempre un “empate” entre el bien y el mal. De hecho, Maritain se inspira en la parábola de Jesús sobre el trigo y la cizaña.

NOTAS:

1. Maritain, Jacques. Pour une Philosophie de l’Histoire, Aux Éditions du Seuil, Paris, 1962, pp. 115-116.

2. Op. Cit., pp. 57-59.

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