Últimas noticias:

¿Nacionalismo o Patriotismo? Tercera parte

La nación empieza a ser considerada entonces como una herencia cultural común, independiente de los avatares de la historia, y como una fuerza de regeneración y de solidaridad, que es capaz de poner fin a los egoísmos y divisiones internas. Esta nueva forma de organización representa una unidad natural (a pesar y por encima de las también naturales diferencias), que requiere un Estado como referente de su continuidad y garante de la paz, del orden y de la prosperidad. El Estado en cuestión no es la suma de los egoísmos individuales ni el brazo político de un grupo social determinado, sino el gerente del bien común.


Nacionalismo


A pesar de los innegables avances que en la comunidad internacional observamos en las últimas décadas, sobre todo en materia de acuerdos económicos, el nacionalismo sigue siendo una amenaza, a veces latente, otras más visible y peligrosa, que pone en riesgo permanente el frágil equilibrio entre los intereses legítimos de los pueblos, la mezquindad de los poderes fácticos y las ambiciones personales de quienes gobiernan.

A la cultura nacionalista a ultranza se le indigesta la pluralidad y la diferencia o, peor aún, invoca la diferencia para negarla más decididamente. Siempre está en contra de alguien o de algo. Si ese otro le niega al nacionalista su particularidad, razón tiene en defenderla, pero si la defiende negando otras, el resultado es el tribalismo. La identidad nacional es un valor que necesita ser reconocido, pero no absolutizado. “La pretensión de instalarse en un microcosmos autosuficiente lleva al aislamiento exterior, a una acentuación del atraso respecto a culturas  más dinámicas e innovadoras, a atribuir un valor añadido a productos culturales mediocres (por la manía que se tiene de tener producción autóctona de todo y “soberanía nacional” como lugar común), al abandono de sectores culturales enteros y a la marginación de nuevas tendencias y experimentos”.(6)

El Estado debe promover y tratar de preservar todos aquellos principios y tradiciones que den forma y sentido a la nación, pero no debe quedar preso de la embriaguez que produce la exaltación del volkgeist, que ve amenazas y enemigos en todo lo que no sea su radical identidad –la que, por otra parte, siempre está en construcción. En nombre de su profunda esencia, el nacionalismo hace la guerra a quienes considera pueden despojarlo de su propio destino, raza, cultura o bienes materiales. Esa guerra no distingue entre propios y extraños; es producto de una especie de odio orgánico hacia el sistema adverso, o hacia el imaginario enemigo. “Los nacionalistas son los dueños –dice Barrès– de un antiguo cementerio y desean hacer valer esa herencia indivisa”.

 Los nacionalismos han sido a través de la historia, sobre todo la de los últimos siglos, fuente del  mayor sufrimiento y destrucción de vidas humanas. Los nacionalismos son “el explosivo más peligroso de los tiempos modernos”.   Julien Benda,  a propósito de caso Dreyfus (de finales del siglo XIX), decía que “los nacionalismos corren el peligro de conducir a la guerra más total y más perfecta que jamás haya visto el mundo”.(7) Y el mundo la vivió y la vio con horror inimaginable…

Los nacionalismos así concebidos, se han constituido en una cárcel cultural, de la que muchos políticos y autores han extraído esa especie de romanticismo, por el que se pretende conformar la identidad personal a la identidad colectiva, invocando las leyes de la herencia y el privilegio de la antigüedad. Si todos los pueblos se hubieran mantenido encarcelados en esta especie cultural, ahuyentando en todo momento el fantasma de la extranjería, la humanidad no se hubiese encontrado con ella misma. Cuando Jacques Attali se refiere al encuentro entre Europa y América, no habla de choque de culturas, sino del “descubrimiento que el ser humano hizo de la otra parte de sí mismo”.(8)

Para salir de ese encarcelamiento, sin perder el sentido verdadero de la nación intercultural, fruto de diversas herencias, de las que se han enriquecido todos los países, no queda sino apelar a la trascendente universalidad  del ser humano. El amor a la patria no solamente no está reñido con el sentimiento de pertenencia a la humanidad entera, la de antes y la de hoy, sino que lo presupone. La tierra de nuestros padres no es solamente el jirón de mundo en el que nos ha tocado vivir, sino también la patria común de todo lo que es humano y, tal como lo dice  Ortega y Gasset, “No hay cosa en el orbe por donde no pase un nervio divino: la dificultad consiste en llegar hasta él y hacer que se contraiga”.(9)

En cada nación, en cada patria, como en cada ser humano, ese nervio divino al que se refiere Ortega no es otra cosa que la  misión o vocación personal e histórica, misión y vocación de servicio a los más próximos, a los más necesitados y, a través de ellos, como en un sistema de vasos comunicantes, a todo el orbe del que formamos parte  indisoluble. En este contexto, no tienen cabida los nacionalismos a ultranza. Si algo puede ser calificado como “reaccionario”, es precisamente esa visión limitada, reduccionista, que pretende eliminar porciones inmensas del mundo en aras de esa “oligarquía de la muerte, que nos oprime [sábelo –dice el criado en las Coéforas–, los muertos mandan a los vivos]… El reaccionarismo radical no se caracteriza, en última instancia, por su desamor a la modernidad, sino por la manera de tratar el pasado… Esto es lo que no puede el reaccionario: tratar el pasado como un modo de la vida. Lo arranca de la esfera de la vitalidad y, bien muerto, lo sienta en su trono para que rija las almas de los vivos”.(10)

Los reaccionarios son prejuiciosos. Michel Focault dice de ellos que se ocupan de despedazar el juego consolador de los reconocimientos, para tratar de dominar el juego perverso del maniqueísmo cultural y ubicarse, evidentemente, del lado de los “buenos”. Podemos decir que esos “buenos” son los que defienden la soberanía, la integridad nacional, las conquistas históricas, laborales y patrimoniales (privilegios de nuevo cuño), irrenunciables. Los reaccionarios son buenos vendedores de prejuicios (“el petróleo es nuestro”, “la patria no se vende”, “no hay país sin maíz”, etc.). El problema es que, como afirma Albert Einstein, “es más difícil destruir un prejuicio que un átomo”.

Lo que necesita el mundo de hoy, y en particular México, es volver los ojos del alma hacia una cultura renovada del humanismo trascendente: la de los reconocimientos mutuos, la del perdón personal y la reconciliación histórica, la del abandono de las visiones maniqueas del mural –ese que representa a los buenos y los malos– y que es el alimento podrido de todos los nacionalismos inmorales. También necesita México, si quiere estar al nivel de la cultura judeo-cristiana, de la que somos felizmente herederos abandonar, de una vez por todas, esa subcultura de los reduccionismos ideológicos, de los que se siguen nutriendo los patrioteros y nacionalistas inmorales, que ven por, una parte, en el argumento de la “soberanía nacional”, la excusa para seguir explotando en su beneficio las grandes riquezas materiales del país, y por la otra, al ritmo del “progresismo” en el que caben todas las perversiones que socaban la verdadera nacionalidad mexicana… al tiempo que ponen en riesgo las riquezas espirituales de la nación y de la patria mexicanas. 

FUENTES:

6. Goethe, Op. Cit., p. 50

7. Colomer, Joseph M. Contra los Nacionalismos, Anagrama, Barcelona, 1984, p. 70. 

8. Talmon, J. L. Herder et la Mentalité Allemande, en Destin D’Israel. Calman-Levy, Paris, 1974, p. 224.

9. Attali, Jaques. 1492,  Arthème Fayard, Paris, 1991, p. 254.

10. Ortega y Gasset, José. Meditaciones del Quijote, Espasa Calpe, Madrid, 1982, p. 31.

11. Id., pp. 34-35. 

@yoinfluyo

comentarios@yoinfluyo.com

* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

Lo más visto

Síguenos en nuestras redes sociales

Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar