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¿Nacionalismo o patriotismo? – Primera Parte

En México y en muchas partes del mundo, estos dos términos suelen confundirse, lo cual ha producido y sigue produciendo lamentables consecuencias. Los nacionalismos han sido la causa de las más grandes tragedias de sangre y destrucción en la historia de la humanidad. En México, además de millones de muertos, ha provocado un grave, por no decir un criminal atraso en el desarrollo nacional.


Fiestas Patrias


No es lo mismo Nación que Patria. Nación, del latín nasci, nacer, ocupa y transforma la expresión griega, anterior a la romana, de ethnos, polis y patris que implicaba la afinidad, políticamente neutra, de lengua y de cultura. Eso explica el surgimiento de la Ciudad-Estado, como orden político portador de valor en una comunidad circunscrita a los ciudadanos.

Las fuentes latinas llaman natio a la diosa del nacimiento, pero también a los pueblos autóctonos. El griego bíblico distingue entre las naciones (paganas) y la comunidad de los creyentes. En San Agustín, se renueva la idea de patria como herencia clásica de las libertades cívicas y el estatuto jurídico romano de persona, y se desarrolla el concepto de cuerpo místico como unidad espiritual trascendente. Hacia el 1100, en Occidente, el término nación se aplica a la nobleza, por dinastía u orden genealógico (origen familiar), pero también a los diversos representantes de los distintos órdenes de gobierno.

Como herencia de la cultura greco-romana, el concepto de nación se vuelve a aplicar en la Baja Edad Media, cuando en las universidades europeas, especialmente en la de París, aparecen las uniones escolares conformadas por los estudiantes y conocidas como naciones (nationi) que hacen referencia a su lugar de nacimiento, pero a su vez integradas por un fin común, más allá de las diferencias de origen o de cultura. Las naciones representaban a la universidad entera y, por lo mismo, tenían la facultad de nombrar al rector. La universitas se asume así como el crisol de la universalidad, tanto del pensamiento como del conjunto de estudiantes y profesores que afluyen de todos los países. De esta manera, se distinguen los normandos, los picardos, los ingleses, los sajones, etc., según provinieran de Normandía, de Picardía, de Inglaterra o de Sajonia.

La lección más importante que nos deja este episodio de la historia, es la de la extraordinaria conjunción de voluntades y de inteligencias que, en la búsqueda sincera de la verdad, dio origen a una de las instituciones más importantes de la cultura humana: la Universidad. Los conceptos de nación y de universalidad van de la mano. La identidad nacional no está reñida con la visión comprehensiva de todo lo humano. El extranjero (el extraño) deja de serlo cuando se le identifica, no por su origen nacional, sino por su dignidad de persona. “Se alcanzará probablemente una tolerancia generalizada, si se deja en paz lo que constituye la particularidad de los diferentes individuos humanos y de los diferentes pueblos, y uno se convence de que la característica distintiva de lo que es realmente meritorio, reside en su pertenencia a toda la humanidad”.(1)

A finales del siglo XVIII, como consecuencia de la Revolución Francesa, se crea la “Asamblea Nacional”. “La nación –escribe Sièyes– es un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y que son representados por la misma legislatura.(2) Se transforma, de esta manera, el concepto roussoniano de “soberanía del pueblo” a “soberanía nacional”. Esto significa que la soberanía nacional tiene como finalidad, teórica y práctica, dotar al Estado de una base jurídica. En otros términos, el Estado es la expresión jurídica de la nación. Si bien es cierto que el Estado-Nación debe contar con bases jurídicas sólidas, sustentadas en la voluntad popular, esto no es suficiente para la vida armoniosa de la sociedad ni para la construcción del bien común, que es el fin último de la política. Joseph de Maistre ya advertía a sus compatriotas de los peligros que corría Francia y denuncia, solemnemente, “el dogma fatal y absurdo de la soberanía nacional, desprovisto de toda consideración de orden moral”.

A mediados del siglo XIX, el concepto de nación como comunidad autónoma se rodea de un aura romántica, cálida y fácilmente aceptada por la sociedad, al concebirla como “la primavera de los pueblos”. En esta época, la nación se identifica con la unificación del mercado interior, la crítica de los estados multinacionales y la soberanía del Estado unitario y omnipresente. El poder de seducción que ejerce la idea de “el alma de los pueblos”, o Volksgeist, según la expresión de Hegel, que se repite en fórmulas igualmente atractivas como la de Bodin: “el genio de los pueblos”, o la de Rousseau: “el espíritu general”, van conformando un discurso nacionalista que tendrá funestas consecuencias durante la segunda mitad del siglo XIX, pero especialmente en el siglo XX.

1. Goethe, Écrits sur l’Art, Gallimard, 1987, p. 52.

2. Sièyes, Qu’est-ce que le Tiers État? Presses Universitaires de France, Paris, 1992, p.54.

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