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¿Crisis de la política o de la democracia?

¿Es la crisis de la política un hecho demostrado? ¿Es la democracia incapaz de resolver la crisis de la política? ¿O es la misma democracia la que provoca la crisis en la política?


Democracia valor de la sociedad


La respuesta fácil, “de botepronto”, es que sí a las tres preguntas o a cada una por separado.

Sin embargo, la complejidad de la política y, sobre todo de la democracia, exige un análisis más acucioso que no se encuentra al alcance de todos los que en los medios hablan o escriben sobre política.

Muchos de los que se refieren persistentemente a una gran crisis de la política, hacen referencia continua a los países democráticos, o de incipiente democracia, como el nuestro, e ignoran sistemas autoritarios como China, Cuba o Corea del Norte y la mayoría de los africanos, y no toman en cuenta a los teocráticos, como son la mayor parte de los países islámicos.

Algunos de los más encarnizados críticos de la democracia posmoderna occidental (cualquier cosa que eso signifique) siguen pensando románticamente en el modelo estético del clasicismo, como si un equilibrio natural pudiese ser establecido para siempre entre poderes y contrapoderes, entre el elitismo y la democracia, entre izquierdas y derechas, entre acción colectiva y acción individual, entre permanencia y cambio político, entre conservadurismo y liberalismo, etc.

Se afirma que la encuestomanía y los medios masivos de información cambian la naturaleza de la democracia. Y también el dinero; y la “guerra sucia”; y la diversidad cultural; y las “percepciones colectivas”; y las minorías beligerantes; y las creencias religiosas; y la “partidocracia”.

¿Podemos prescindir de los partidos para hacer democracia? El regreso a lo local, la emergencia de un “nuevo elector”, ¿altera las reglas del juego político o crea condiciones para nuevas reglas? ¿Se debe amordazar a la democracia para preservar su “pureza”?

¿Es lo mismo crisis que tensión? Hay quienes afirman que cuando un órgano del sistema político está enfermo, todo el organismo es tocado y la crisis es entonces inevitable.

La verdad es que la democracia, cuando es real, se alimenta de su propia crítica y se encuentra en tensión permanente. Ella es capaz de soportar la enfermedad de uno o varios órganos, a condición de que el organismo entero acuda solidariamente a sanarlos.

Es cierto que a la gente común le gusta la simplicidad de las cosas. Es cierto también que la sencillez de los equilibrios y de las simetrías es deseable en la vida toda, pero si le creemos a Edgar Morín, es necesario habituarnos, en este mundo posmoderno muchas veces desconcertante, a pensar y, lo que es aún más importante, a vivir en la complejidad.

Visto todo ello, podemos afirmar que el sistema democrático nació en crisis, vive en crisis y así continuará, sólo para poder seguir siendo democrático.

No vivimos, y es probable que nunca el mundo llegue a vivir un sistema idealmente estético de equilibrios. Debemos aceptar el juego de las asimetrías, que no son otra cosa que el resultado de la contingente condición humana, pero sobre todo de la naturaleza misma del poder, que llega siempre con su bagaje de conflictos. Las asimetrías se producen en ocasiones por la búsqueda de nuevas fronteras políticas; por la caída de lo caduco, pero también por el regreso a viejos modelos, reeditados con carátula renovadora, que oculta la fea cara de nuevos autoritarismos o nuevas dictaduras.

En los regímenes autoritarios o teocráticos, las asimetrías existen, pero generalmente no aparecen; y cuando aparecen, son sometidas desde el omnímodo poder. Nadie debe atreverse a impugnar la suprema autoridad del jefe. El jefe es la ley y, cuando ésta le incomoda, simplemente la viola, o la hace desaparecer y hace otra al antojo de su  poder y no pasa nada. En este caso, la democracia es inexistente o se encuentra secuestrada, y la política se identifica con el jefe político.

Es muy cierto que en los regímenes democráticos la política es frecuentemente trivializada, manipulada o hasta corrompida y puede terminar, por la tentación que supone vivir en un orden y un supuesto bienestar dictado desde lo alto, en dictadura. Para evitar esto, es preciso devolverle a lo político su necesidad y su dignidad, es decir, su moralidad.

Hablo con toda intención de LO político, para distinguirlo de LA política como se entiende hoy en México y otras partes del mundo. En lengua francesa, la distinción se hace sobre la marcha, porque se usa en neutro -LE POLITIQUE-, para referirse a esa actividad que es la expresión del quehacer más noble del ser humano al servicio de los demás. En este caso, lo político (traducción más cercana a su sentido) es un medio, un instrumento, el mejor, para lograr el Bien común.

LA POLITIQUE, por el contrario, es la expresión que en francés designa un conjunto de recetas, de maniobras, de argucias, de trampas y de combinaciones que son calificadas por los ciudadanos, la mayor parte de las veces de manera peyorativa, porque se refiere a esa especie de maldición que pesa sobre la política y los políticos, como lo es el ejercicio de una actividad degradada y por lo mismo degradante.

Negar que la actividad política incluye muchas veces el género de prácticas como las descritas anteriormente y otras más, sería pecar de ingenuidad; pero reducir lo político (cosa muy gustada por los medios masivos) a la disposición para “ensuciarse las manos”, constituye una forma perniciosa de atentar contra la democracia, por la ignorancia o la resistencia a hacer la distinción entre la política y la “politiquería”.

A decir verdad, mucho de lo que denuncian los medios de información tiene sustento, pero ellos son corresponsables cuando atienden sólo a sus intereses económicos y de poder. En efecto, tal parece que la pasión por LO político está declinando, para dejar su lugar a la miseria del pragmatismo. No todo pragmatismo es miserable, ciertamente, pero me refiero a ese que desdeña las ideas profundas y las propuestas inteligentes, con el tonto argumento de que los ciudadanos no entienden sino las imágenes atractivas, las palabras estridentes y los “slogans” de campaña (“homo videns”).

Estamos viviendo una era del vacío, de la vacancia de ideas y de propuestas políticas inteligentes y sensibles ante las auténticas necesidades de la población. La inteligencia no está de moda, es cierto, pero esto no es culpa del sistema democrático. Los ciudadanos se ausentan de las urnas por la ausencia de propuestas atractivas y viables, o porque llegan a creer que “todos son iguales” (en vaciedad y corrupción), como se empeñan en decir los medios, y en demostrar contumazmente muchos políticos.

Un hecho doloroso, pero indiscutible, es que los ciudadanos se han replegado sobre egoísmos de grupo o individuales y se rehúsan a integrarse en una comunidad solidaria y a participar en un ideal colectivo –salvo honrosas excepciones–, que se traduce en una especie de “huelga de las urnas”.

Los gurús del marketing político han llegado a decir que son los ciudadanos los que obligan a los partidos a abaratar el mensaje político O, ¿serán los medios quienes pretenden vender un producto barato, porque desprecian la inteligencia de los ciudadanos? Es un hecho incontestable, por ejemplo, que el actual presidente de la República y su esposa son productos de una especie de telenovela romántico-política, que se tragaron millones de mexicanos. Son los partidos los que han caído en la trampa de una democracia convertida en un mercado de votos.

La política así concebida sólo aspira a ser instrumento de intereses personales o de grupo, que no representa los intereses ni las necesidades sociales. Los medios se nutren de esa miseria, porque lo contrario no sería noticia. Esto se traduce no ya en una simple asimetría entre la opinión pública y la opinión publicada, sino en una paradoja alucinante y en una simbiosis perversa: los medios necesitan de los políticos para ganar dinero, y los políticos de los medios para ganar elecciones.

Este es uno de los grandes temas de la democracia contemporánea. La política electoral se ha convertido en un espectáculo, en detrimento de la formación civilizadora de la democracia. En el escenario mediático, cada quien hace su juego para ganar poder “a como dé lugar”, lo que redunda en un grave deterioro de la representación política, tanto como de la calidad moral de los medios, cuya credibilidad a la baja es lo que menos les importa, con tal de obtener las obscenas utilidades derivadas del financiamiento público de los partidos (a quienes previamente criticaron por el dinero recibido).

Este deterioro nos puede llevar al “grado cero” de la política, que sería, al mismo tiempo, el “grado cero” de la democracia. En este escenario, que no es poco probable dadas las circunstancias que vivimos, ya no estaríamos hablando de “crisis” de la política o de la democracia, sino de su destrucción. Lo que ni los políticos ni los medios han calculado, es que la perversa simbiosis en la que viven acabará por destruirlos a ambos. Sería tanto como tirar el niño con la bañera “Yo soy yo y mis circunstancias”, afirma Ortega y Gasset, y añade como es sabido: “pero si no las salvo a ellas, no me salvo yo”.

¿Cuál es entonces la especificidad de lo político? No me atrevo, en tan corto espacio, a responder con la suficiente amplitud y claridad a esta pregunta, pero me parece que lo político sigue siendo el asiento de una actividad autónoma, de índole esencialmente moral, que obedece a sus leyes y a sus fines propios, y que no puede ni debe ser confundida con ninguna otra categoría de la actividad social. Si fuera de otra manera, el debate sobre la ética política no tendría objeto. Más aún, el reconocimiento de la autonomía y de la especificidad de lo político, no implica que lo político sea un fin en sí mismo, a pesar de que constituye el quehacer más digno y noble al que los seres humanos se pueden entregar por el Bien común.

La política democrática es esencial para el desarrollo integral del ser humano y de la sociedad. Una sociedad que la desestima se pone en peligro. Es importante repensarla y rehabilitarla en todos sus campos de acción (educación, familia, economía, medio ambiente, salud, cultura, seguridad social, justicia, etc.), para hacer de la vida cotidiana de los ciudadanos una construcción incesante de su realización material y espiritual.

Es verdad que la democracia no se agota en el voto libre y reconocido, pero SÍ EMPIEZA en el ejercicio informado y responsable del sufragio. Y mientras el ser humano no encuentre un instrumento mejor, más vale que defienda una democracia que siempre será imperfecta, so pena de poner en riesgo las libertades conquistadas, para ponerlas a merced de los autoritarismos, las dictaduras, los mesianismos y los populismos que se vuelven atractivos para los ciudadanos “cansados o desilusionados” de los políticos y de los gobiernos, pero incapaces de cumplir con la encomienda de ejercer el inexcusable ejercicio del escrutinio social sobre el desempeño de la autoridad. En esto consiste la responsabilidad moral y social de los ciudadanos: en hacerse cargo de su comunidad, a través de la exigencia a la autoridad

La acción política responsable entraña un fantástico desafío: tender hacia una sociedad, en la cual cada ser humano reconozca en cualquier otro ser humano a su hermano, y sea capaz de tratarlo como tal. El cansancio y la desilusión pueden ser un buen pretexto, pero jamás un argumento válido, para desentenderse del compromiso que cada quien tiene con el bien común de su familia, de su comunidad y de la sociedad a la que pertenece.

@yoinfluyo


 

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