Últimas noticias:

LA VIOLENCIA, un análisis filosófico

Tal pareciera que la violencia se ha vuelto un acontecer tan cotidiano en México y en buena parte del mundo, que los análisis tienden a explicarla en términos sociológicos o políticos muchas veces insuficientes o superficiales: que si la pobreza y la marginación, o la ambición, la discriminación, el fundamentalismo religioso (tal como el que hemos visto en París), el poder, el combate a las drogas o hasta un gen cultural de la ilegalidad, que es la que la hace inevitable.


La educación es trascendente


La pobreza puede ser un factor, pero si la aceptamos como causa, estaríamos frente a una realidad aterradora: 50 millones de pobres son potenciales delincuentes.

El combate a las drogas es también sólo un factor, pero es absurdo pensar que si no se les combatiera viviríamos en una paz perpetua.

Las emociones descontroladas –que no las ideas ni las creencias– llevadas al extremo de querer exterminar a quienes no piensen como uno, son sin duda uno de los factores que producen la irracional violencia del terrorismo.

La verdad es que todos los factores que contribuyen a la violencia tienen un común denominador, que es la vulnerable condición humana. Una mirada a la luz de la Antropología Filosófica y de la Ética (incluso de la Filosofía de la Historia y de otras disciplinas filosóficas) nos permite desvelar con mayor profundidad las causas de ese desconcertante fenómeno, que es la violencia en todas sus formas.

En efecto, conforme el ser humano cobra conciencia de su vida y del mundo que le rodea, descubre en su interior una doble tendencia: una, que lo inclina hacia la destrucción, la crueldad, el odio, el egoísmo y la muerte; y otra, que lo impulsa hacia la vida, la creación, el bien, la solidaridad y el amor.

Erich Fromm les llama, respectivamente, necrofilia (como orientación hacia lo destructivo y lo muerto) y biofilia (como orientación hacia la vida y al amor). “La ética biófila –añade Fromm– tiene su propio principio del bien y del mal. Bueno es todo lo que sirve a la vida; malo, todo lo que sirve a la muerte. Bueno es la reverencia por la vida, todo lo que fortifica la vida, el crecimiento, el desarrollo. Malo es todo lo que ahoga la vida, lo que la angosta, la que la parte en trozos”.(1)

“La alegría es virtuosa y la tristeza es viciosa”, sigue diciendo Fromm. Y explica las desgracias que se abatieron sobre el pueblo de Israel: ‘… por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas’ (Deut., 28, 47’).(2)

En esa mezcla particular de tendencias hacia el bien y hacia el mal, lo importante es saber cuál de ellas predomina y por qué. Aquí es donde interviene la delicada y trascendental tarea del educador. La familia juega de manera natural y obligada un papel fundamental, decisivo, sólo complementado por la formación escolar –cuando ésta existe–, que refuerza y confiere a los valores inculcados el sentido que muchas veces los padres son incapaces de brindar, por sus condiciones particulares, la mayor parte de las veces ajenas a ellos mismos.

Es la educación la que hace inclinar la balanza de las tendencias hacia el amor, hacia la alegría de vivir, y a todo lo que en ella significa armonía y respeto por sí mismo y por los demás. El amor bien entendido empieza por uno mismo. El que no se ama ni se respeta a sí mismo, es incapaz de brindar amor y respeto a los demás. El mandato evangélico dice: “ama a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo”.

El mal, por el contrario, se va incubando en el educando, generalmente, por descuido o ignorancia de los padres y por la impreparación (por la ausencia de una verdadera filosofía educativa) de los profesores. La fascinación con la que un niño descuartiza una lagartija o atormenta a un animal, así como la crueldad con la que a veces trata a sus hermanitos o a sus compañeros, constituye una señal de alerta para los padres y para los demás actores en la función educadora.

La verdadera educación (de educere: hacer brotar), hace evidentes y fortalece en el educando sus más nobles tendencias. La educación en y para el amor, en y para la libertad, en y para la justicia, en y para la verdad, pasa necesariamente por una sólida formación en los principios de la Ética y en las conductas morales.(3) Es aquello que llega a hacer imposible matar, imposible el odio, imposible la injusticia. La formación en valores y virtudes éticas y cívicas es una orientación inteligente y amorosa, pero la decisión de no matar, de no odiar, de no cometer injusticias, de vivir la honestidad, de procurar siempre el bien de los demás, de buscar la verdad, es una decisión personal.

La relación con el otro es fundamentalmente ética. La imposibilidad de matar y de herir (física y moralmente), de humillar al otro, de odiar, de robar, es a la vez una resistencia a la tendencia al mal, y una fuerza que se encuentra en la más profunda convicción ética.(4)

Lo ideal es que nadie tenga la necesidad de resistir las tendencias negativas, y que la imposibilidad de matar, de odiar, etc., sea espontánea, que nazca de lo más profundo del ser humano. Es una utopía, lo sé, pero es una aspiración que construye “espacios de bien” todos los días.

En eso consiste la verdadera libertad, en hacer tan íntima y al mismo tiempo tan universal la norma moral, que los deseos de matar, de odiar, de herir, no se encuentre entre las opciones de nuestra relación con los demás.

El filósofo (experto en Ética) Baruch Spinoza afirma que “Un hombre libre piensa en la muerte menos que en cualquier otra cosa, y su sabiduría es una meditación, no sobre la muerte, sino sobre la vida”.(5)

No existe la libertad para matar; tampoco para injuriar, blasfemar o herir con la palabra. Las heridas verbales son muchas veces más dolorosas que las físicas. Es cierto que existe el libre albedrío, y que éste se manifiesta de dos maneras: eligiendo un bien, o eligiendo bien. En el primer caso, estamos hablando de la “libertad de”; en el segundo, hablamos de la “libertad para”. Ciertamente, tenemos la libertad de mentir, de robar o hasta de matar, pero no tenemos la libertad para hacerlo. Cuando hacemos el mal, perdemos la libertad. “Sólo la verdad os hará libres”, dice Jesús.

Quien le complace la muerte y la destrucción, dice Fromm, goza con el mal y con el dolor que produce. Según la definición de Simone Weil, el mal se caracteriza por su capacidad de convertir un hombre en un cadáver, muchos hombres en muchos cadáveres. Lenin afirmaba cínicamente: “El asesinato de un hombre es ciertamente una tragedia, pero la de un millón es una estadística”.

No sólo las violencias físicas, las que hieren o matan el cuerpo, son destructivas; hay violencias psicológicas o morales que son iguales o peores que las físicas. Las palabras pueden ser portadoras de los más bellos y nobles sentimientos: de amor, de armonía, respeto, solidaridad, alegría, misericordia, gratitud; pero también de odio, rencor, venganza, desprecio, humillación y muerte.

Los recientes acontecimientos en París nos demuestran que el odio y el desprecio se manifestó en los dos bandos: el odio hacia el islam (pero también a la Iglesia Católica, por ejemplo), de parte de Charlie Hebdo, desencadenó la violencia mortífera de los terroristas. Los católicos franceses, por su parte, simplemente ignoraban a Charlie Hebdo.

En la raíz de toda violencia (física o moral) se encuentra también, según una tesis de Levinas (filósofo lituano-judío-francés), el miedo: “El miedo al mí mismo y el miedo al otro que yo”.(6)

Por ejemplo, en el origen del machismo se encuentra la cobardía y la debilidad; es el miedo del hombre a la mujer, al misterio que encierra como co-creadora y portadora de la vida. Por eso, el macho emplea contra ella su fuerza bruta y la violencia moral. De hecho el aborto, que es la muerte anticipada y violenta de un pequeñísimo ser humano, es una expresión evidente del machismo… entendido como “derecho humano personalísimo” por muchos hombres, pero también por muchas mujeres.

La tragedia del mundo actual, sometido a la “dulce tiranía del relativismo” (Benedicto XVI), se puede traducir como miedo al otro, a lo diferente, incluso como miedo y desprecio al amor y a la vida, con todas sus consecuencias.

NOTAS:

1. Fromm, Erich, El Corazón del Hombre. Ed. Fondo de Cultura Económica, col.

2. Op. Cit., p. 48.

3. Durante mucho tiempo, en la ciencia filosófica dedicada a la conducta humana en relación con el bien y el mal, se confundieron los términos de ética y moral. Recientemente, por razones de objeto y de método, se ha establecido una distinción fundamental: a la ciencia de los principios supremos, Bien, Verdad, Amor, Justicia, Solidaridad, etc., se le denomina Ética; y al estudio de las conductas que derivan de esos principios y valores, se le llama Moral (Cfr. Adela Cortina: Ética sin Moral, Ed. Taurus, Madrid).

4. En una de las muchas y deliciosas conversaciones que sostuve con mi amiga, la filósofa siria Ikram Antaki, q. e. p. d., me pedía un argumento más para terminar el capítulo dedicado a defender la vida humana contra la pena de muerte, en una de sus obras póstumas. Sólo se me ocurrió decirle “porque nosotros no matamos”… y así quedó: “El argumento ontológico indiscutible contra la pena de muerte es absolutamente moral: ¡nosotros no matamos! Pero podemos defendernos con buenos castigos” [El Manual del Ciudadano Contemporáneo, Ed. Ariel, México, 2000, p. 274].

5. Spinoza, Baruch. Ética, IV, Prop. XLI. 

6. Cahiers d’Etudes Levinassiennes, L’Universel, Cahier 8, Le mal. Paris 2008.

@yoinfluyo

comentarios@yoinfluyo.com


 

Lo más visto

Síguenos en nuestras redes sociales

Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo Yoinfluyo

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar