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La Familia, educadora por excelencia

“La educación de la sexualidad, desafío de nuestro tiempo”

Como padres de familia y educadores nos encontramos hoy con la dificultad de ofrecer a los hijos una adecuada enseñanza y preparación para la vida, en particular, con respecto a la educación sobre el verdadero significado de la sexualidad.


Vida y familia


Propongo este tema sólo por poner de relieve una de las muchas dimensiones en las que la familia actualmente ha quedado al margen y hasta fuera de su alcance por factores intrínsecos y extrínsecos que tienen mucho que ver con la concepción de educación que se tiene y que se maneja al interior de la misma.

Las razones de esta dificultad, además de ser diversas, no son del todo nuevas. Por una parte, cierto desprecio actual por la cultura y las buenas tradiciones familiares ha traído como consecuencia en las nuevas generaciones la falta de referentes sólidos, positivos y claros en materia de sexualidad, mientras que los educadores vamos cayendo en la cuenta de la necesidad de estar mejor preparados para ofrecer respuestas verdaderas y adecuadas.

Como integrantes de una sociedad nos hemos acostumbrado a vivir con una cantidad de información despersonalizada, vertiginosa, con frecuencia pesimista, mediocre y sin respeto para las diversas etapas de desarrollo que comprenden al ser humano, principalmente en la situación de los adolescentes y jóvenes, quienes bajo el influjo de un desviado concepto individualista y relativista de la libertad y un contexto desprovisto de los valores fundamentales sobre la vida y la familia, sobre el amor y sobre la contribución personal que demanda la construcción del bien común, terminan por desorientarnos e incluso por hacernos perder el sentido de la existencia.

Ahora bien, si lo que los educadores anhelamos es un futuro mejor para nuestros niños y jóvenes, en donde su persona cuente con las herramientas materiales, científicas, técnicas y humanas para lograr su perfeccionamiento y desarrollar de la mejor manera su riqueza personal -pues así llegará con mayor facilidad a su realización y felicidad personales-, pareciera que el ambiente al que nos enfrentamos para tal empresa es totalmente desolador y negativo; el desorden sexual masificado y generalizado parece ganar la batalla.

De ahí la urgencia de que como padres de familia, y ciudadanos, nos lancemos con determinación y resolución a desarrollar investigaciones consistentes con carácter científico trabajando todos los días en una educación que contemple conocimientos, tradiciones, costumbres y valores que ubiquen como centro y como sujeto susceptible de ser educado a la persona humana.

Teniendo en cuenta las aportaciones de la ciencia, de nuestra cultura, de las condiciones socio-culturales y políticas de nuestro país, podemos adelantar que parte de la solución más eficaz que habrá que ejercitar permanentemente como educadores y padres de familia es el camino del ejemplo y del testimonio coherente sobre el ejercicio de las virtudes humanas fundamentales.

Reconocemos que el reto en este sentido no es fácil, muchas son las limitantes en cuanto a materiales, formación humana, calidad de los contenidos -sobre todo en el sector educativo público-, y autoridad moral; sin embargo, la vivencia de hábitos operativos buenos (las virtudes humanas fundamentales), nos ayudarán a estar fuertes (Virtud = vir, virtus = fuerza, virilidad), en este arduo y bello camino, sobre todo si vivimos en la práctica constante de la virtud de la humildad, esto es, en la constante actitud de conocer y reconocer con verdad quiénes somos, y con valentía partir de allí, para poder convocar a los demás a construir juntos.

En este sentido, cuando como seres humanos somos capaces de conocer la verdad sobre nosotros mismos, llámese educador o educando, el proceso de mejora personal se facilita. Cuando somos capaces de reconocer quienes somos, con nuestras limitaciones, fallas, errores y aspectos negativos, pero sobre todo cuando somos capaces de visualizar que estamos diseñados para algo grande, para la felicidad, cuando aceptamos que somos sujetos de perfeccionamiento, que tenemos aciertos, aspectos positivos, habilidades, cualidades, y virtudes. Por ende, toda aquella persona que se ostente como educadora nunca debe renunciar en fomentar ese espíritu socrático que, por una parte, llama al ejercicio permanente de la humildad “yo sólo sé que no sé nada”, y, por otra, la máxima: “Conócete a ti mismo”; ambos, principios, creo yo, clave de la educación integral.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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