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Víctimas de la descomposición social

Ayer iba manejando y entonces comenzaron los gritos. Cerradas las calles, coros y ruidos con timbre de mujer: eran las normalistas caminando por la entrada de Zacatecas a la ciudad. El caos fue mínimo y, bueno, si nos esperamos cuando hay maratón el domingo, pues por qué no cuando hay manifestantes. Digo.


México debe vivir en paz


El asunto es que estas estudiantes estuvieron manifestándose por los normalistas de Iguala y los que andan buscando vivos de Ayotzinapa. Un acto de solidaridad y desafortunadamente –según el punto de vista de quien esto apunta–, una forma de manifestación a la que nos tendremos que acostumbrar.

Con el asunto de los normalistas al gobierno federal se le viene una tormenta que parecía una llovizna. En todo el país hay manifestaciones de desacuerdo en la forma en que se ha atendido el tema y, sin duda, aunque las explicaciones son confusas, y quizás el tema podría focalizarse a un gobierno local –municipal– que ya le costó un puesto de gobernador al PRD y con ello la peor crisis en ese partido, lo que es cierto es que la culpa hasta el momento, no es de nadie pero tampoco es de todos.

La influencia de las redes ha servido para acordar las manifestaciones y denostaciones sistemáticas al gobierno. Ese discurso ya me lo sé, echarle la culpa al gobierno, sea cual fuere el color o el momento. Si para el partido de la izquierda amarilla ha sido su peor crisis, los capoteos de los secretarios del Presidente le han servido –hasta ahora– para contener la que podría también ser la peor crisis de su mandato.

La problemática de la violencia es un análisis que va más allá del actuar de la autoridad. No cabe duda que los partidos hacen su trabajo: por un lado el PAN restregando en la cara de los medios y de las redes la guerra contra el crimen organizado que tuvo Calderón en su momento y, por otro lado, el PRI mostrando las evidencias del mover a un México que se muestra entre paros y derivas, entre buenas y no tan buenas noticias, pero que se convierte en una lucha de percepciones más que de realidades, dirigida –teledirigida– por los partidos y los grupos de poder.

Fíjese: la violencia genera una crisis social que se parece a la pobreza, con la diferencia que una hace unos picos en la gráfica que nos alarman (la gente en las calle) y la pobreza (violencia estructural), es una constante, como el cuento de la rana en el agua calentándose, a la que nos hemos acostumbrado sin hacer marchas. En fin.

Los jóvenes que se han manifestado (incluyendo a los politécnicos por su reglamento y a los autónomos por sus treinta y siete pesos), muestran un foco amarillo que nos tiene que hacer reflexionar. La reflexión puede ir en tres sentidos.

En primera instancia, culpar al gobierno como un método, ha perdido su sentido de asombro. Eso es confundido hoy, más con un tinte político partidista que con un sentido de encontrar la verdad, lo que provoca que en la realidad ya no se sabe cuándo el gobierno en verdad tiene la culpa por acción u omisión de su actuar y provoca desligarlo de las alternativas a las que está obligado a dar.

Por otro lado, que la visión política no asuma un compromiso integral (partidos y grupos de poder por igual), para poderle dar salida a los problemas, lo único que hace es que la política sea, pues, un utilitarismo estándar para cambiar de partido cada periodo. Ese “quítate tú para ponerme yo”, se convierte en una herramienta de dejar que el otro se equivoque (en lugar de buscar soluciones), para que en la siguiente elección pierda.

Por último, me refiero a las manifestaciones realizadas por las pérdidas humanas de normalistas y jóvenes en recientes días. Como siempre, el abanderar estas cuestiones –válidas– provoca justo el efecto contrario: quitarle el lado humano, para hacer de esas desgracias una bandera política.

Si bien es cierto que todos buscamos la verdad, no va a ser con manifestaciones como la encontremos. Pero algo que nos debe preocupar aún más, es que los jóvenes se siguen manifestando igual que hace décadas. Si entonces no encontraron soluciones, ¿qué nos hace pensar que hoy lo harán? Quizá sea tiempo de cambiar la estrategia, porque con ello no han cambiado las cosas.

Vivimos en una sociedad en la que nos han hecho creer que somos víctimas de la descomposición social, pero nunca responsables de solucionar los contextos. Ahí es donde el pueblo de este país encuentra su peor mal, en esa autocompasión que justifica al aletargamiento y el conformismo.

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