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Leyes que educan: historias de un país al revés

Una vez más, la mano invisible –es sarcasmo– ha provocado el enojo de un sector importante de la sociedad mexicana.


Los derechos de la infancia


Como en los viejos tiempos, al político común se le ha olvidado –en realidad no sé si alguna vez lo ha sabido– que quien lo llevó a ese lugar donde gobierna, legisla o trabaja, es la sociedad. No sólo el ciudadano como ente monolítico (puesto que hay aún quienes creen que el ser humano se contextualiza por las cosas que hace como ciudadano: votar, como participación máxima de un Estado; pagar impuestos, como una forma de contribuir al gasto público; respetar la ley, como una forma de convivir), y le retira toda la capacidad reflexiva que éste pudiera tener en sí mismo. De hecho, el ciudadano como sujeto, es sólo un reflejo de lo que la esencia humana significa: un ser humano dotado de capacidades superiores.

En fin, no creo que a quienes hacen las leyes les importe. Y esta teoría surge porque se concreta nuevamente una propuesta de ley que hace pensar que el Estado piensa de sus gobernados que no se pueden valer por sí mismos y que sus decisiones no son buenas; entonces decide quitarles a los ciudadanos (que además de ser ciudadanos pagadores de impuestos y de votantes temporales cada que hay elecciones, son padres de familia), el derecho de educar a sus hijos, restándoles así la patria potestad.

No imagino al Estado enseñándole a los ciudadanitos, es decir a los hijos de las familias, a ir al baño o a lavarse los dientes, a entender lo bueno y distinguirlo de lo malo; y decide, sin embargo, que la educación doméstica se aparte de sus progenitores para dársela de manera autocrática a la educación pública y a las instituciones relacionadas a la salud, como si los resultados de éstas fueran suficientes méritos para ello.

Las leyes educan. Quien piense que no, o es ingenuo o es idiota. Esta ley sobre los derechos de las niñas, los niños y adolescentes (de hecho, ahí les faltó –según este lenguaje confundidor– “las adolescentas”) pretende ahorrarse los gastos sociales de las adolescentes embarazadas, de los abortos clandestinos, de las enfermedades venéreas y de las confusiones de la sexualidad, y por lo tanto propone una serie de cuestiones que en la letra se oyen “ahorradoras del gasto social”, pero en la práctica tendrán consecuencias garrafales.

De entrada, otorgarle anticonceptivos, condones e información a niños y niñas a partir de los diez años “para prevenir”, es justo como heredarles un automóvil para ya no tener que llevarlos a la escuela (quitándole la responsabilidad a los padres para educarlos y al Estado para promover contextos educativos serios a través de políticas públicas adecuadas).

Es increíble que no le podamos otorgar una licencia de manejo a un niño o a un menor de 16 años en algunos estados, y sí tengamos la idea de entregarle condones, cuando su afectividad está completamente inmadura. No por nada se llaman adolescentes, adolecen, adolecen de muchas cosas: madurez física y emocional, práctica para la toma de decisiones, un proyecto de vida definido, pues prácticamente están aprendiendo apenas a valerse por sí mismos.

Entregar condones e información sexual, decirles que pueden decidir su sexo y su actividad sexual desde la niñez, es prácticamente un lento y estúpido suicidio (no estoy enojado, sólo describo gráficamente lo que significa).

Los “derechos sexuales y reproductivos” no están en ningún tratado internacional. Lo hemos dicho muchas veces, pero algunas personas insisten, como el que repitió mil veces una mentira, hasta que la hizo común, pero no cierta. Esta iniciativa no puede convertirse en una ley, porque las leyes educan, y si educan, estamos describiéndoles a los niños no estrategias para su protección, sino instrucciones para que malentiendan su sexualidad, el concepto de ser humano y el concepto de las relaciones sociales. No por nada hoy uno de los problemas más graves en la sociedad es que las personas carecen de socialización secundaria, es decir aquella necesaria para comunicarse con otros de manera efectiva.

En la óptica de quien esto escribe, los artículos de esa iniciativa, el 39, 57 y 116 hablan de cuestiones que los niños y niñas no están preparados para manejar por ellos mismos, información que deben recibir en casa por sus padres, que los padres puedan asesorarse para ayudarlos. No negamos la problemática, pero no creemos que ese camino sea el adecuado para resolverla.

Otro artículo que es grave es el 50, donde se especifica que el Estado y los Municipios deberán asegurar que los niños y niñas reciban información y métodos anticonceptivos, con lo que se transgrede la educación en valores que cada familia le quiera inculcar a sus hijos, porque la moral no sólo queda en un asunto externo de convivencia social, es un asunto precisamente interno que define la personalidad y la forma de vida que cada individuo asume y adquiere de manera mimetizada con sus marcos de referencia como lo son los padres de familia.

La educación familiar no sólo es para encajar en los círculos posteriores a la vida en casa, ésa sirve para el logro de los objetivos y proyectos individuales también, y con este bodrio de ley, le estamos diciendo a los hijos que los padres sólo sirven para proveer materias primas, son proveedores, robándoles el sentido de la equidad intergeneracional, y con ello, robándoles la mitad de su madurez personal.

La ley de protección de los derechos de las niñas, los niños y adolescentes es una raya más a un tigre que tiene muchos cuentos qué decir: despenalizar el aborto, rentar un vientre, manipular embriones, estandarizar el matrimonio a un concepto igualitario, promover la sexualidad irresponsable, entre muchas otras leyes pretendidas por los legisladores, sólo se suman degradar la existencia humana a un asunto de sobrevivencia y no de promoción del desarrollo social y humano. Al tiempo.

Por lo pronto, esperamos que estas leyes sean analizadas, no para ser desechadas, sino para que tomen en cuenta que esta sociedad mexicana tiene una forma de ser distinta a sus pretensiones y que la humanidad no debe responder a miramientos ideológicos, sino de desarrollo humano.

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