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La crisis en México NO viene de fuera y los jóvenes la resentirán

“El escenario era gris. El nerviosismo popular se palpaba en las calles, que por lo pronto eran barridas sigilosamente por las escasas amas de casa de edad avanzada que aun vivían en las calles del centro. Las corbatas desencajadas y las charlas en el café de la plaza, sólo afirmaban lo que estaba sucediendo en el centro de la tierra y a punto de explotar por los volcanes más antiguos y abandonados: el pueblo estaba en crisis”.


Análisis Social


Lo anterior se escribió en 1995, estaba por entrar a la preparatoria y bien a bien no sabía cómo explicarlo, pero los dólares de hacía un año subieron su precio en un 200% cuando menos. Nunca he creído en los sistemas cíclicos perfectos –ni siquiera el sistema solar lo es–; pero si los ciclos de las crisis han vuelto, se las presentamos a las nuevas generaciones.

La crisis mundial, los petroprecios, la caída del crecimiento de China, y otros muchos factores, pueden ser de manera directa o no la causa de que el peso mexicano en pocas semanas haya perdido su valor ante el infalible aprecio del dólar estadounidense.

Sendas gráficas que justifican que el tema es mundial, muestran a otros países donde la devaluación de sus monedas ha sido mayor: Colombia, con casi un 40% de depreciación de su moneda; Brasil, arriba del 20%, y la Zona Euro, con un 12%, como apelando a la fuerza del dólar estadounidense.

A la percepción del público nacionalista –el que queda vivo–, el problema es que si el dólar se aprecia frente al peso, perderemos fuerza económica. Pero la realidad es que, cuando el dólar hace esto, la fuerza ya se perdió desde antes.

Pero enfocándonos bien, el grave problema no es que se devalúe el peso –ése es un síntoma–; digo, tampoco es que estemos de acuerdo con que la devaluación es “buena” porque atrae turismo. Preguntémosle al ama de casa que hoy ya no puede comprar las mismas cosas con la misma cantidad de dinero. Parece simple, pero no.

El verdadero problema de la crisis es que, a pesar de que ya estamos en ella, el gobierno se sigue endeudando, ya que la recién formulada y aprobada Ley de Deuda Pública que cierra los caminos del endeudamiento discrecional de los estados, al parecer no lo hace con la federación.

En efecto, la deuda es un problema más que se suma a esta crisis que está comenzando.

Si se devalúa el peso, pero además el Estado se sigue endeudando (se calcula que el año que entra estaremos por arriba del 45% de deuda sobre el PIB), este indicativo sí nos tiene que poner a pensar; porque, si las clases de finanzas no fallan, el riesgo de la deuda es que se vuelva impagable, es que en las empresas lo peor que puede pasar es declararse en bancarrota, vender los bienes y liquidar al personal. Pero en un país, lo peor que puede pasar es que esa deuda –como muchas veces ha sucedido– el gobierno termine endilgándosela al pueblo, para variar.

Otra cosa que nos debe preocupar, es que, además del endeudamiento creciente del gobierno federal (este año alcanzó más del 20% de deuda con respecto al último quinquenio), los fines de la deuda no están muy claros. Es decir, nos estamos endeudando y no sabemos a bien para qué.

Este riesgo implica que no vaya a ser que la deuda no sea para –como dice la ley– obra pública productiva, y entonces sea para otros fines (nunca dije ilícitos, pero no productivos quizás). Hablaríamos de una mala compra.

Si usted se endeuda para generar ingresos, lo ideal es que lo invierta en capital de trabajo, herramientas, o lo que sea que le retornará la inversión. Si pensamos a nivel gobierno, el tema puede complicarse.

Por otro lado, la crisis que se viene, la mundial, ésa que se refiere a la desaceleración china y al calentamiento de la Zona Euro, entre otros factores, sólo viene a ser un acumulativo de lo que aquí ya tenemos.

Ya dijimos que el dólar se aprecia, e históricamente los gobiernos mexicanos se esperan a que las tasas de interés estadounidenses se muevan para tomar acciones (lo ideal sería pro activar acciones, más que reaccionar a posteriori; en fin). Pero a ello súmele entonces que la deuda pública crece, y súmele pues –pero no le achaque a ello todo el problema– que la crisis mundial se dará contundentemente. El panorama no es fácil.

Aunque ahí, no acaba todo.

Lo que sigue es hablar del tema recurrente de las charlas de café: la corrupción. Si la deuda crece y no sabemos en qué, pero si alguno se atrevió a afirmar que la corrupción era un tema “cultural”, pues entonces la deuda crece con el riesgo de que la corrupción la corroa, y con ello todas sus consecuencias económicas y sociales.

No es complicado, pues, comprender el por qué suceden estas cosas en México.

Me parece irónico que, justo cuando peor se van a poner las cosas en el país, surjan las encuestas de felicidad que afirman que estamos “jodidos”, pero somos muy felices. En efecto, el dicho popular “al mal tiempo buena cara” es el optimismo necesario para superar las vicisitudes de la vida, pero qué casualidad que siempre que va a llover le platican del paraguas.

La resiliencia para superar esta crisis no será la excepción esta vez. Seguro lo haremos, pero justo como pasa en un pleito marital, las palabras que se digan, el tono y la forma en que se digan, quedarán por siempre en el recuerdo. Cada crisis supone una cicatriz, y las nuevas generaciones conocerán, por primera vez, lo que es “amar a Dios en tierra de indios”.

Los problemas que se vienen no son menores. Quizás sea para el gobierno el momento de repensar, de reflexionar, de redireccionar o de “re-reformar” las leyes. Si las reformas que se vendieron como oro sólido no han podido mostrar más que su chapa de 10 kilates, es el momento de retomarlas y ajustarlas a la realidad social, no tanto a los acuerdos políticos.

Quizás el orgullo no le permita al gobierno recular; pero, así como pedían que Guardado fallara el penal, es el momento de replantear la estrategia, con la única justificación de la falta de resultados. Sería un acto maestro que garantizaría que al menos el gobierno tiene una intención que va más allá de “la grilla” de los partidos.

El gobierno tiene muchos problemas ante la crisis mundial, pero hay que recordar que los problemas locales tampoco se han sorteado con sabiduría. La crisis de justicia ante actos violentos, la falta de tino hacendario, los problemas institucionales, son sólo síntomas de una estrategia fallida. Nos tienen qué recordar –los gobernantes– el por qué fueron elegidos, justo en estos días que se cumple la mitad del sexenio. Es eso, o tener el amargo recuerdo de volver otra vez, a cometer los mismos errores del pasado.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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