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La supuesta fuga de un supuesto Chapo por un supuesto túnel

Con el título de mi comentario, entablo una conversación lectora. Tengo que reconocer que la idea no es mía, sino que paseando por las redes me encontré comentando a alguien el tema de esa manera. Una supuesta fuga de uno que supuestamente era “El Chapo” Guzmán, capo de la droga, por un supuesto túnel de kilómetro y medio del que nadie se dio cuenta de su existencia y construcción en los últimos años.


La fuga del Chapo Guzmán


“La fuga del Chapo”, como seguramente ahora le llamarán al nuevo corrido compuesto por sus chapo-believers (recomiendo ver este video casero en YouTube, justo para cuando lo recapturaron el año pasado: https://www.youtube.com/watch?v=w4xjEnRQLcw). No es un acto trascendental, no es una consecuencia siquiera sobre la forma de ser de nuestros sistemas de impartición de justicia, no es la mala reputación del gobierno en turno (porque ese mismo gobierno se jactaba que “ellos habían recapturado al capo de la droga que los panistas en su tiempo dejaron escapar”). Es entonces no un hecho colateral, ni una consecuencia de la descomposición de las instituciones. Es algo mucho más complejo.

La fuga del Chapo nos muestra una cosa sencilla: no es que exista corrupción al interior del gobierno y de las instituciones mexicanas; es más bien que esa es su naturaleza, desafortunadamente.

Al escarnio de la historia, a la que tarde o temprano nos sometemos todos, nos debemos de exponer para profundizar en los dichos populares que afirman que la mexicanidad está relacionada –en muchos países latinoamericanos– con un sentido de flojera, de corrupción, de mediocridad, y muchos otros apelativos que se confirman con hechos como éste.

No es que echemos todo por la borda y a partir de mañana salgamos a dedicarnos al crimen. Lo que dice este hecho, es que estamos inmersos en un sistema que no sólo permite la corrupción, sino que la promueve. Ante la incapacidad de los sujetos que llegan al poder, la inercia de la corrupción los atrapa sistémicamente.

El Chapo se ha ido, pero la peor parte es que siempre hubo dudas sobre si en realidad Joaquín Guzmán era en realidad ese sujeto al que atraparon. Esta idea de las teorías mediáticas crea tal incertidumbre, que es imposible establecer un parámetro de confianza, de tal forma que creer en el gobierno se hace prácticamente imposible.

El primer problema de la incredulidad comienza con la mediatización. “Las acciones no se dicen, se hacen, porque al hacerse se dicen solas”, dice por ahí la frase, y tiene mucha razón. El gobierno desperdicia muchos recursos en medios para comunicar sus acciones, cuando debería esforzarse en hacer más acciones y en decirlas poco (se sobreentiende que para poder continuar en el gobierno, el partido que lo posee temporalmente debe hacerse presente en cada rincón para que no se le olvide a la gente lo que ha hecho por éste). Pero mil acciones buenas pierden todo sentido, cuando suceden cosas como éstas.

El segundo problema de la incredulidad es que siempre, por costumbre, ha de relacionarse un evento de esta magnitud para señalar la venida de una catástrofe peor, de manera velada, de tal forma que frases como “es una cortina de humo” o “es el nuevo chupacabras” toman tal fuerza, que el estrés social incrementa, no por la fuga del Chapo, sino por lo que pueda venir. “Es para distraernos de la privatización del Seguro Social”, afirman algunos, y la realidad es que tenemos años sabiendo que tarde o temprano ese Seguro Social va a terminar por tronar (por la corrupción o por lo que usted quiera).

La corrupción es un catalizador de la forma de hacer gobierno. No podemos afirmar que todos los que gobiernan son corruptos, pero podemos afirmar que muchas formas de ser de las estructuras de gobierno fueron diseñadas justo para ello. ¿Qué fue primero el huevo o la gallina? La respuesta es muy simple: los gobernantes, en su mayoría, se dejan llevar por una inercia de una marea que parece incontenible; la corrupción parece un tren, en el que si no te subes, te caes estrepitosamente. Comentarios como “es mejor que te digan que eres un cabrón a que eres un pendejo” en el servicio público, son ordinarias, lo que implica que corromperse es cumplir con objetivos de trabajo, pero también servirse del Estado para enriquecerse, y no sólo eso: para cumplimentar otros intereses de grupos políticos.

El tercer problema de la incredulidad es el dispendio. No esperamos del presidente que ande en un Vochito como el ex presidente de Paraguay; eso es mero populismo. Ni que andar en un bocho o cobrar la mitad del sueldo fuera a terminar con los problemas de un país. El problema del presidente es que se ha dejado rodear de una especie de “personas burbuja” que al parecer han hecho su propio mundo al verse “injustamente” rechazados por el pópulo general. El dispendio que se observa en la vida que rodea al presidente hace suponer que hay un tema de distracción: el gobernante debe entender su vocación y dedicarse a ella para no caer en el juego de la farándula política y la demagogia.

El Chapo Guzmán –si es que es quien dicen que era– no se fue solo. Esa parafernalia del “todo se puede en este país” llegó hasta quienes le ayudaron a escaparse, y esto implica una revisión no del actual gobierno –ese está inmerso en una estructura–, sino de la forma de hacer gobierno. Porque, para efectos prácticos, esta democracia mexicana está demostrando una ineficiencia que puede tener consecuencias fatales para un pueblo como el nuestro, acostumbrado sistemáticamente al asistencialismo.

El Chapo nos muestra entonces que no hay sorpresas. Sorpresa sería, sí, que las acciones de gobierno tuvieran la firme intención de acabar con la corrupción a su interior, a pesar del costo político para el partido que gobierna.

No es por decir, pero esa supuesta fuga del supuesto Chapo por un supuesto túnel, nos hace pensar que quienes gobiernan no han entendido su puesto.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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