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Intolerancia e imposición

“El problema de Darwin es que no conoció las teorías de Mendel”, afirmaba categóricamente mi profesor de Antropología en su clase. El problema de unos es que desconocemos la vida de todos, pero como humanos nos gusta juzgarlos rápidamente.


Justicia


La tolerancia es una ilusión. Desde la Filosofía, la ilusión es basar un deseo sobre una irrealidad. La tolerancia de nuestros tiempos es entonces una mentira. Nos han dicho que debemos tolerar a los diferentes para que nos respeten como diferentes, y en esa tolerancia hemos incurrido a tolerar los caprichos humanos.

No podemos negar que otra cuestión que afecta la tolerancia es que el ser humano es libre. Es libre, tanto que puede incluso elegir actuar erráticamente como forma de vida. La existencia humana se ha remitido pues a entender que para ser tolerantes en la posmodernidad, es aceptar las conductas ajenas. Es “aguantar” el comportamiento del otro en una medida de lo risible cuando esto conlleva el deterioro del tejido social.

Tomás de Aquino argumenta en su momento que “el fin de la comunidad no puede ser distinto del bien humano”, y ahí la tolerancia encuentra su primer límite. Limitar la tolerancia con la búsqueda del Bien común, nos permite distinguir entre los fines de la sociedad y sus costumbres o sus modas o sus actos. La limitante de la vida en sociedad, es decir, del respeto a este pacto social en que asumimos que hay un Estado de Derecho que salvaguarda la convivencia, queda trunco si en la tolerancia incluimos, como en una maleta, cada vez más conceptos, acciones, usanzas o “derechos” que implican un rompimiento con esta idea de la búsqueda del bien social para el bien humano.

La segunda limitante que encuentra la tolerancia es el efecto de la verdad. La contraargumentación de la tolerancia se ha basado –al menos en nuestros días– en una serie de bien estructurados discursos que retoman una serie de palabras descontextualizadas y de realidades extremas para adoptar una genealogía de ideas que parecen primero aceptables, luego socializadas y después exigidas.

Disculpe usted que hasta el sexto párrafo de esta lectura he ido yéndome de forma aparente por la tangente. Pero la tolerancia es clara: es un concepto para aceptar las acciones humanas que no son normalizadas para todos. El aborto, la homosexualidad, el que personas de diversidad sexual quieran adaptar modelos de vida social como el matrimonio, la adopción y los derechos sociales, han sido mediatizados de tal manera, que parecería que quienes no coinciden con esos modelos son intolerantes y gente del pasado.

Es necesario hablar claro. No se esperaba que la tolerancia fuera un cúmulo de acciones que cobijan una estela de ideologías, sino una forma de cultura para poder convivir mejor. Sin embargo, la tolerancia de hoy ha creado –está creando– el encono, la división y los discursos que separan y polarizan a los sujetos en grupos.

La desinformación también es un síntoma para confundir la tolerancia con la parsimonia de la pasividad. Que la gente esté desinformada crea una serie de conjeturas masivas que provocan un divisionismo capaz de armar en la familia más unida los más calurosos debates sobre temas polémicos. Y el problema es justo eso, hemos hecho que la tolerancia sea un motivo de exclusión más que de inclusión. Si en su momento era una estrategia para incluir a las minorías (partiendo de la vulnerabilidad de éstas), no se ha podido determinar el tema de la tolerancia si las minorías son mucho más que un pequeño grupo de personas.

Pienso por ejemplo en todas las personas que no saben leer en el mundo, en este momento. Unos 790 millones, según la UNESCO, padecen la ignorancia de la lectura y, como consecuencia, de la escritura.

No podemos desechar tampoco el hecho de que la tolerancia ha obligado a los gobiernos de los Estados a construir políticas públicas para las minorías, y no sólo de hecho, sino de presupuesto. Se dedica por ejemplo entonces el 80% de los presupuestos en políticas públicas para las minorías que corresponden al 20% de la población. En una marea desproporcionada, los fondos internacionales privilegian a los gobiernos que se dedican a las minorías, demeritando y debilitando el tejido social cuando dejan en segundo lugar a otras figuras, como la familia o la comunidad, sin saber, o sabiéndolo, que si atendieran éstas últimas de manera primigenia, muchos de los males de esas llamadas minorías no existirían o serían una meta a extinguir.

Pienso por ejemplo en las adicciones. Según datos de la Comisión Nacional contra las Adicciones (CONADIC) de 2011, hay un problema en las drogas ilegales del 2.6% en los hombres y del 0.4% en mujeres. En una problemática tan compleja, habría que atender las causas que se dan por ejemplo en la familia o en la comunidad, más que destinar solamente una campaña para prevenir las adicciones de manera general. Considero que en esta situación lo conveniente es un análisis universal para problemas generales, e indicado o específico para problemas específicos.

No hay tolerancia donde hay imposición, no hay paz donde hay imposición. No podemos creer que con políticas de activistas convertidos en jueces quieran que todos de pronto acepten que el matrimonio, una institución, se convierta en un simple contrato para asegurar los derechos de adopción de dos sujetos, sean o no del mismo sexo. El gran tema es la incapacidad del Estado de proveer satisfactores para las necesidades de los diferentes grupos sociales que componen la comunidad.

La tolerancia tiene una tercer limitante que es la propia insuficiencia argumentativa. Ante la demostración científica de que los condones son ineficaces en la prevención de la propagación del VIH y de que los embarazos no planeados no terminan, la estrategia no puede ser solamente el permisionismo de la juventud para que caiga en una promiscuidad provocada por estas campañas publicitarias en radio y televisión en que prácticamente incitan, promueven, a que tomes decisiones en que básicamente te aseguran que no pasará nada, como si la afectividad fuera impermeable tal cual el látex de los condones.

En materia del Estado, del gobierno, éste puede decidir algunas acciones en el sentido de la tolerancia. Puede promover, permitir o prohibir. En un ejemplo gráfico, el Estado promueve el respeto a la policía, pues con ello gana seguridad pública para todos los individuos y es bien aceptado por la gente. El gobierno permite la libertad de trabajos, es decir, la gente se puede dedicar a un oficio mientras éste sea lícito. Y el gobierno, por ahora, prohíbe el uso de drogas ilegales o de armas, con eso impide una crisis masiva de descontrol social.

Sin embargo, en esta tolerancia actual, el gobierno ha llegado al grado de promover ideologías que no son de la aceptación de toda la población –porque además hay que recordar que vivimos en una democracia– y con ello ha insertado en sus políticas públicas, acciones y condiciones para que fluya la construcción de “perspectiva de género”, sin consultar a los ciudadanos que representa.

Y esto es sólo un ejemplo. Pensemos en el activismo judicial, que se ha degenerado desde la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a quien debemos que el tema del matrimonio homosexual avance.

Y no trate de interpretar mi dicho, no es un argumento homofóbico, porque si la Suprema Corte quisiera en verdad ayudar a los homosexuales a tener derechos de seguridad social y testamentaria, lo tendría que hacer el Legislativo en primer lugar y debería ser a través de figuras jurídicas adecuadas. Recordemos que todos somos iguales ante la ley, pero nuestro comportamiento no es igual ante la ley y no puede ser tratado de la misma manera. La tolerancia le está dando falsas expectativas a los grupos “minoritarios” para una inclusión forzada que lo único que hace es dividirnos más.

La tolerancia está pasando de moda, porque además ha cambiado de tono: de ser una palabra que busca inclusión, se está convirtiendo en una palabra de imposición. Al parecer, el no estar de acuerdo con esta imposición, tarde o temprano nos llevará a quienes no opinamos igual a meternos a la cárcel por estar en contra de las posturas que los tolerantes y los ideólogos promueven. Estamos a un paso.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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