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El síndrome poselectoral

¿Quién no lloró en el Mundial de 1994? Éramos adolescentes, y ciertamente nos dolió ver a nuestra selección mexicana perder contra Bulgaria, unos cuates que de entrenamiento provocaban la chimenea del chigarro y la cerveza. Un tanto descuidados en su aspecto; pero, bueno, el futbol se gana con goles, o con sobornos de cinco millones de euros, como se supo recién por la corrupción que hasta allá se observa en el organismo máximo de futbol mundial y del cual ahora los gringos –como buenos son para adueñarse de todo– la querrán controlar para dominar un negocio que derrama unos 4 mil millones de dólares sólo en las ganancias para la FIFA por Mundial.


Elecciones 2015


Pero este no es el caso. Aquí hablemos de las heridas que nos dejó que el domingo no ganara nuestro candidato, o de los vítores que se llevó “El Bronco” por andar convenciendo a la población de que saliera a votar.

El síndrome poselectoral, esa sensación de cruda moral, porque uno compra los pleitos ajenos y se enfrasca en discusiones familiares, laborales e incluso de redes sociales, por persuadir al otro de que uno tiene la razón. Para que mejor me entienda, esto mismo pasa con los deportes: en el futbol, las barras de aficionados del club Atlas de Guadalajara y las Chivas rayadas se enconan hasta invadir los campos, insultarse, inventar los mejores memes y abrazar las más inteligentes formas de insultar a sus rivales, pero al final estos entes enojados no entienden por qué más que la afición que les prodiga el defender unos colores deportivos.

Por otro lado, los integrantes de ambos equipos, es decir, los jugadores, se van y salen por el mismo túnel del estadio, con la salvedad de que algunos son compadres, amigos, cuñados (en el caso de Ronaldinho y Salcedo de las Chivas) y hasta parientes, y todo queda en eso. Su función es como un trabajo.

Los partidos políticos logran que en campaña los ciudadanos de a pie subieran –muy al final– a unas campañas desangeladas y provocaron con ello una serie de conatos que fueron también más allá de las palabras. No quiero referirme únicamente a los hechos violentos en algunos estados como Guerrero, Michoacán y el Estado de México, sino al común del ciudadano que defiende los colores de un partido político, ya sea por tradición, por  herencia familiar o porque de ahí comen sus hijos.

Y como en el ejemplo de los jugadores de futbol, los candidatos ganadores y perdedores salen por el mismo túnel y quizá hasta cenen juntos ese día. Para ellos la política es un trabajo, y cuando se acaba la campaña, todo vuelve a la normalidad, pero las barras partidistas quedan con los sentimientos a flor de piel, pero más. Durante ese periodo campañero hubo de todo: se insultaron, se agredieron, de tal forma que difícilmente salen librados de una especie de “agrura” que les dura un tiempo, hasta que hay que volver a la campaña siguiente.

Este síndrome postelectoral no se ve pero se siente, y se alarga un tanto más cuando a los tres días, como una especie de resurrección, hay que ir a abrir las boletas para recontar e incluso ahí donde hubo menos de 1% de diferencia entre los dos primeros lugares, hay que hacer un recuento y un voto por voto, frase que acuñara el personaje de las izquierdas que “no se parece a nadie”, López Obrador. Este acto posterga de una manera esta cruda que se ha venido dando desde el inicio de la campaña hasta el cierre de la misma y cansa a un ya de por sí cansado pueblo, que lo que quiere es tener parsimonia en un mundo de revolución.

¿Qué novedades nos ha dejado en esta ocasión el síndrome poselectoral?

Señalaré tres de muchas:

1. Por más errores e insultos que recibiera el Presidente de la República, su gabinete y su partido, el resultado no pudo ser mejor para ellos: el control del Congreso de la Unión en un cierre de sexenio –para los nuevos, el sexenio se cierra a partir del tercer año– y para poder tomar decisiones, malas o buenas, en favor de sus intereses. El Presidente de la República y sus tres libros, su casa blanca, su tren ligero, sus 43, la casa de su secretario de Hacienda, y otros muchos “pecados”, pudieron no sólo sobrevivir, sino salir triunfantes a pesar de una intrincada campaña de desprestigio hacia ellos. Los factores de su éxito: el voto duro de su partido, que no falla, que todo aguanta, que resiste y que además tiene un precio, y bueno, el salvador en discordia que fue el partido verde. Sin duda, el gran aprendizaje del PRI en estas elecciones, es que ya no las ganarán solos, y las alianzas tendrán que ser su combustible si quieren seguir en la palestra. Eso mismo le pasó a una refresquera cuando el público se dio cuenta del daño que le hacía. Lo que hizo esta empresa, fue comprar productos menos dañinos o al menos conocidos por no hacer tanto daño a la salud y ha sido la forma en que han sobrevivido, ya no venden únicamente ese refresco negro, y ahora anuncian esos productos como parte de la “familia coca cola”. Quizá con el tiempo lo que harán estos partidos será integrar “la familia revolucionaria”. En fin.

2. La gran locura de las campañas y de la reforma electoral de 2014, fue sin duda el tema de los candidatos independientes. Tendremos algunos: Pedro Kumamoto será integrante de la legislatura de Jalisco, Manuel Clouthier junior gana como independiente en Sinaloa, y el más conocido por los medios, Jaime Rodríguez “El Bronco”, gana la gubernatura en Nuevo León. ¿Qué Implicaciones tiene esta nueva tendencia? Ninguna que no se haya tenido prevista. La independencia de los candidatos solamente será de partido, puesto que a la vista de las realidades, las campañas se siguen ganando con dinero y con carisma, o con lo primero para comprar lo segundo (el caso de Kumamoto, es una especie rara que hay que estudiar con detenimiento), y que alejan a los ciudadanos ordinarios de una participación sincera. El otro análisis es que los partidos tendrán que hacer una estrategia de recompra para enviar candidatos a las independientes y cerrarle también la entrada a nuevos personajes a una industria que entiende bien cuál es su negocio: si vamos a repartir el poder, que sea entre nosotros nada más. Los candidatos independientes sí abren una fisura en la esperanza del cambio, pero esta no será en el corto plazo, sobre todo, porque los grandes partidos se dan cuenta del poder que habría en esos espacios, de no tomarlos ellos. El mercado no puede aceptar a más competidores quizás se dirán unos a otros.

3. El gran ganador de los perdedores. Para descontento de muchos, el partido de López Obrador resultó ser el gran ganador de los perdedores. Con un casi 9% de las totales, Morena se ubica en un partido que llegó para enterrar al PRD, si es que éstos no logran abrir el ostracismo con que el tabasqueño se ha mostrado al respecto de las izquierdas. El problema no es complejo de descifrar: se salió del amarillo llevándose a la mitad de los simpatizantes. Morena controlará no sólo en algunos estados del país, pero básicamente en el lugar donde se toman decisiones importantes, al menos para la percepción nacional: el Distrito Federal. En fin, el PRD tiene mucho que pensar, y los abstencionistas entenderán que su juicio de mentarle la madre al PRI no votando o anulando, también sirvió para darle a otro partido como Morena un lugar más en el gasto partidista del presupuesto.

4. El voto nulo. Para efectos prácticos el voto nulo volvió a cumplir con su cometido: otorgarle un momento de gloria e ira a quienes lo anularon, pensando que con este “castigo” bajaría el rating de los malos políticos, y mostrar las estrategias de los partidos con voto duro. El voto nulo no será nunca una opción, sino un pretexto, porque si lo que usted quiere es bajarle “clientes” a su partido, se equivoca, el partido los tendrá mientras que los tenga enganchados con algo que les interese: un trabajo, una despensa, dinero, una promesa, etcétera. Lo que sí lograron los votos nulos es reflejar que nuestro país dista mucho de ser uno que reflexione en la democracia como un agente delimitador del poder de los partidos; y nuestra población, como una fiel seguidora de quienes dicen ser rebeldes sin causa, pero viven en las Lomas o en Polanco y tienen chofer y dinero en el banco. Esos líderes de opinión y estas líderes (porque también está Denise Dresser en la lista) provocaron que la gente creyera que el voto nulo serviría para un fin positivo en materia democrática. Ya vimos que no.

Finalmente, el síndrome poselectoral nos muestra que la mejor estrategia para los partidos es la confusión. La educación no será, por lo pronto, una herramienta necesaria para un pueblo que básicamente se pelea lo mismo por su partido, que por si la selección llegará en el siguiente Mundial al quinto partido. La educación fue el gran ausente en estas elecciones. Por eso, quien no se educa para la democracia, siempre cae en los mismos errores, como cantarán en alguna cantina con letras de José Alfredo.

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* Las opiniones expresadas en esta columna, son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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