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Juguemos a matar

Cuando era niño, había un programa de televisión llamado “Juguemos a cantar”. Ahí, noveles promesas de la canción iniciaban alguna carrera emergente por su carisma infantil y su voz novedosa. Fue para mí una atracción voluntaria. Nunca he negado que me gusta cantar, pero esa es otra historia.


Dignidad humana


“Juguemos a cantar” fue una idea novedosa para la aún incipiente aparición de la televisión como forma masiva de conjunción social. Hoy la televisión se ha convertido también en un educador no grato de conductas nocivas para la sociedad. Pero en eso me detendré más adelante.

La enseñanza lúdica (estrategia educativa para el aprendizaje acelerado a través del juego) no es tan nueva, pero sí está de moda. La cuestión lúdica implica que el conocimiento trasferible se convierta en acciones “divertidas” o atractivas para el educando, de forma tal que sea irresistible no hacerlo.

Por su parte, la filosofía de la educación nos ha enseñado que la única forma de aprender es cuando el sujeto se decide a hacerlo, haciendo válida la máxima que dice que “a fuerza, ni los zapatos entran”, lo que nos hace creer entonces que quienes aprenden en un aula, por ejemplo, es porque están abiertos al aprendizaje de por sí, y no sólo porque las técnicas didácticas del profesor son las mejores.

En el sentido del juego, son muchos los juegos a través de los que los niños y los adolescentes aprenden estereotipos  y actitudes que les permiten un sentido de adaptación social. Por ejemplo, jugar al doctor, donde uno es el doctor y otro el paciente, les ayuda a comprender actitudes de servicio a otros. Los que juegan a los policías y ladrones, comprenden que hay una regla marcada entre lo que se debe hacer y lo que no.

Por otro lado, hay que reconocer que todo en la vida enseña, y en la vida todo es una escuela. Los seres humanos aprenden a vivir, viendo a otros hacerlo; luego, cuando su raciocinio y su libertad están más maduros, pueden tomar decisiones sobre cosas que no sólo ven, sino que analizan.

Los hijos de un padre alcohólico pueden, al verlo, seguir sus pasos o cambiar el rumbo; eso depende mucho de la formación de la personalidad y la autoestima de cada persona, por eso la importancia de la educación en casa en el desarrollo de una personalidad adaptable.

El proceso de educación también se da en la música, en la televisión, en los modelos propuestos por la vida social y por supuesto en las modas. En las costumbres y en las vivencias de ciertos tipos de vida regional se aprenden elementos como las formas de vestir, las costumbres alimenticias e incluso funciones culturales que se transmiten de generación en generación.

Todo lo anterior es para ahondar en el tema que encabeza este comentario: “Juguemos a matar”.

En Chihuahua el niño Raymundo Márquez Mora, de seis años, estaba jugando con otros niños y adolescentes, jugando al secuestro, a los policías y ladrones, a esos que traen camionetas flamantes y joyas ridículas, que se dedican a la delincuencia. A esos en que en estas épocas, ni en los juegos infantiles ni en la vida real, ganan los policías. Raymundo fue secuestrado de a “mentiritas” y ya no regresó a su casa.

Hay muchas aristas en el homicidio de este niño. La violencia, la descomposición social, hablan del resquebrajamiento de las formas de vida comunitarias. Ante ello, no hay programa de gobierno que permita vivir en paz. Esta muerte, la de Raymundo, es un síntoma, no sólo una consecuencia. Es el síntoma de lo que los mexicanos vemos en la calle, en la televisión. De lo que escuchamos, de los narcocorridos, de los videojuegos que ponen como protagonistas a mafiosos que van matando y robando por las calles de grandes ciudades.

Una consecuencia es, sin duda, el no aceptar que estas influencias nos han afectado al grado de matar a un niño, porque justo estaban jugando a secuestrarlo, y como no pagaron el rescate, pues lo mataron.

La incredulidad de la sociedad ante este hecho, puede hacer que de manera equivocada culpemos a la zona territorial, a las costumbres de las clases bajas, a la falta de valores en “esas familias” arrinconadas en la pobreza, y a las disfunciones familiares que se dan en ciertos sectores sociales de la vida mexicana.

Olvidamos que éstos también son síntomas, de muchas cuestiones, pero principalmente de la indiferencia social ante la tragedia ajena, es un síntoma de esa egolatría fruncida que nos ha vendido la idea de proteger a los nuestros, aunque los otros se mueran todos.

Es un síntoma de esa confrontación entre el progreso, la pobreza que permanece y las conductas antisociales. Pero lo que en realidad estamos buscando es pretextos para justificar que esto es un tema aislado. Pero no es así.

Hoy una familia llora porque los juegos de la calle, aquellos que salíamos a jugar (escondidas, encantados, bote pateado, canicas, trompo y yoyo), hoy le han arrebatado a un niño, que cuando menos tenía todas las posibilidades de vivir su vida.

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