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Educar para una nueva sociedad – Primera Parte

Apuntes. Este fin de semana fui invitado por un amigo a un Encuentro Nacional. Sugiero en sus intenciones que o tenía mucho dinero o no tenía a quién invitar. No vine solo, vine con todas las dudas y las frustraciones con las que llega uno después de creer “haberlo visto todo” en materia de educación y deseducación.


Cuidar la emergencia educativa


Aquí les hago unas primeras reflexiones.

Hay una emergencia educativa

Lo primero que me hacen notar los organizadores, es que hay una emergencia. En efecto, hay una emergencia – me digo yo– justo por eso vine. La emergencia radica en que la educación ha prescrito como prescriben los delitos que se cometen en el pasado y a los que no se les pudo administrar la justicia pronta y expedita que presume la autoridad. La emergencia es, pues, que la educación no está cumpliendo con un efecto transformador –al menos para fines concretos– y está dejando a la “libre” a personas que de todos modos (con todo y sus títulos escolares) están como en una isla.

La respuesta a la emergencia educativa a la que se ha referido tiene una complejidad difícil de explicar, pero que aquí se ha desagregado justo para regresar a casa sin dudas.

Lo primero es que las emergencias se entienden por lo general como una solicitud impronta a la resolución inmediata de un problema. Así que, cuando hay una emergencia médica, lo que urge es salvar la vida. Sin embargo, el primer choque recibido a mi angosta conciencia es que la emergencia consabida también responde al emerger de algo que está más abajo, por ejemplo la educación. Si en un momento determinado las emergencias entendidas en esas dos vías son reunidas, hablamos pues no sólo de una emergencia por la urgencia de resolver algo que nos está afectando a todos en materia de educación, sino de que emerge al mismo tiempo una educación que surge, pues, por una necesidad sí de urgencia, pero también por el cambio lógico de la época que estamos viviendo.

Se llama cambio de época, no época de cambios

 Hay una razón –según los invitados a departir los temas de este evento– para que esa emergencia educativa se esté dando: se llama cambio de época. Aquí me viene a la mente la vida universitaria, cuando los profesores de antropología afirmaban que vivíamos en la época posmoderna, aquella que se desliga de su pasado para deconstruir una nueva forma de vida. La sugerencia es entender, pues, que no es una época de cambios (podría confundirse el tema, porque en muchos sentidos y contextos, para bien o para mal, muchas cosas están cambiando), sino el cambio de la época. Y siempre en los cambios de la época se dan estruendos de crisis que obligan a reinventarse, tal como sucede en los procesos económicos y su estudio, para renovarse antes que morir. Este cambio pues –obligado– por las razones de la nueva época, obliga entonces a repensar la educación que se le da a los seres humanos de todos los niveles.

Vivimos en una aldea cada vez más pequeña

Un tercer elemento relevante es justo que el mayor síntoma de esa nueva época, es la globalización. El mundo se ha empequeñecido y, con él, se estrechan los acercamientos a nuevos conocimientos, tanto en su contenido como en el tiempo en que antes se tomaba el conocer muchas cosas de manera simultánea (para ser más claro, hoy con algunas ventanas abiertas en una computadora, se tiene al alcance mucha información que antes costaba años reunir). Esta globalización nos obliga a reflexionar lo siguiente: estamos en una aldea que educa. Todo lo que hay alrededor de una persona le educa de alguna forma. Como en la sociología, el ser humano en cierta medida es producto del contacto con su ambiente, sean personas o cosas. En ese sentido, la propuesta de este encuentro es tomar la medida de nuestros actos –que educan– y que necesariamente requieren que tomemos conciencia del testimonio.

Por otro lado, esa aldea a la que me refiero –se refirieron en ese encuentro– es justo que tiene una vida orgánica que educa. Tal como lo muestra la sociología, la educación impartida a partir de los objetos y sujetos sociales como las instituciones educativas y la familia, tienen un testimonio que grita en silencio. Asimismo, los padres de familia, los policías y los maestros, más que dedicarse a dar discursos, educan con su ejemplo. Aunque son frase muy trilladas, como “el ejemplo arrastra”, siguen vigentes, aunque ya de una forma desprestigiada por el mediatismo electrónico y visual al que se enfrentan los seres humanos (recordemos que en las redes sociales las personas muestran una cosa que por lo general no son). La enseñanza es clara: la aldea educa o maleduca a las personas, y ése es un riesgo muy alto, incluso para la educación formal más completa y llena de valores.

Dejar de verse como una autorreferencia

Justo partiendo de que con lo que el sujeto convive, le educa, es esta mala costumbre de tener como una única referencia de la existencia, el propio yo. El ser humano no puede autoreferenciarse para aprender, es exigido que necesita aprender de otros, lo que le implica una interacción –y por lo tanto una interdependencia de supervivencia– que le obliga a abrirse a los demás. Esta visión puntiforme sobre el egocentrismo acendrado ha provocado que la única preocupación del individuo sea el propio individuo. En la educación, la intención no es el yo como fin en sí mismo, sino el sujeto como fin de la perfección propia pero también de la comunidad.

Educación Laica o anticlerical

Algo que deja muy claro este evento es que el justo problema de la educación es que se le ha deslegitimado al ser humano de la dignidad humana. La educación pronunciada como laica ha carecido de otros valores distintos de las creencias religiosas, para arrancarle una identidad valoral al actuar humano, dejándole al albedrío de las sensaciones –afectividad– pero no dándole herramientas para manejarla a través de la voluntad.

La educación debe volver por necesidad a retomar los valores y las creencias religiosas, como una forma de centrar el actuar del ser humano para la adecuada toma de decisiones y para alimentar una parte del cerebro que se alimenta más que por sangre, por un conocimiento que le permita retomar el concepto básico de la ética aplicada.

La semana entrante veremos la segunda parte de nuestro “encuentro por una nueva sociedad”.

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