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Comunicación del gobierno, a la deriva

Abonar al desencanto

Muchas veces, nuestras hermosísimas lectoras y pacientes lectores, nos han preguntado sobre las razones por las que la ciudadanía se desencanta y se aleja de la participación política y acaba por asegurar que “todos son iguales”.



El punto es delicado porque muchos ciudadanos, cada vez que escuchan hablar sobre asuntos políticos, acaban por convertirse en gente refractaria al tema, evidenciando un notable desinterés por todo lo que tenga relación con la Res Pública, lo que significa tomarse un “valemarol” por sistema.

Este desencanto no se limita a la política, también afecta la actividad empresarial, la labor eclesiástica, la presencia ciudadana en actividades comunitarias, y una queja permanente de la corrupción, hasta que a alguien “le hace justicia la revolución”, es decir, se vuelve parte del sistema y sus corruptelas.

La raíz

Aparte de los errores propios de una comunicación deficiente, en donde están ausentes las más elementales estrategias, la falta de preparación del mensaje, la carencia de empatía y consideraciones del target, y, como señala Harold Lasswell, la intencionalidad con la que se dice el propio mensaje, tanto de parte del emisor como del receptor, los mensajes no cuajan.

Casos de la vida real

De esta forma, el ciudadano desconfía y la autoridad pierde liderazgo moral y credibilidad. Recuérdese el “ya me cansé”; los reiterados compromisos de “no habrá más gasolinazos”; “bajarán la luz y el gas”; los editoriales culpando a Luis Videgaray de articular la visita de Trump; o las preguntas de una audiencia light y las respuestas poco convincentes.

Como bien lo señala Luis Antonio Espino (www.letraslibres.com/mexico/politica - 31 de Agosto 2016), el problema central radica en que la estrategia de comunicación y la estructura misma del mensaje propician el efecto contrario, favoreciendo una crisis a la que tampoco se le considera como “comunicación en crisis”.

En diversas oportunidades, da la impresión de que los discursos, tanto del titular de Hacienda como las del mismo mandatario, parten de dos premisas: los ciudadanos son quienes no entienden las bondades de las reformas; y por otro lado, no aplauden ni expresan la gratitud que debería acompañar tales esfuerzos.

Los bajísimos niveles de popularidad y aprobación de la actual administración federal y los formatos de comunicación adoptados, lo que acaban por evidenciar es un distanciamiento fuerte con la ciudadanía.

Ya sabemos que los mexicanos nos burlamos hasta de la muerte; pero qué significado tienen los cientos de “memes” –desde los ingeniosos, hasta los francamente groseros– que circulan en la red y a los que secundan miles de “likes”.

No puede circunscribirse y culpar de todo ello a “Fuente Ovejuna”. Algo fuerte se transmite y espera respuestas que convenzan al gran auditorio. Los mexicanos tenemos claro que los spots son “mensajes mandados a hacer, bonitos, con buena coreografía”, pero que sólo sirven para hacer crecer el culto a la personalidad. No comunican nada con intensidad, porque los personajes que aparecen en ellos pierden credibilidad en cuanto empiezan a echar incienso al funcionario.

Como dice Espino, cuando se habla de crítica al gobierno se le envuelve en eufemismos para “no ser derrotistas” y “no exagerar” lo que está pasando en México. Es decir, el desaliento y el pesimismo nuevamente se cargan a la cuenta de los ciudadanos que no acabamos de entender las bondades de los resultados. En consecuencia, los mexicanos son injustos al juzgar de incapaces, de justipreciar lo que los funcionarios ven y nosotros no. Por ello la invitación a hablar, nada más, de lo positivo.

Desvinculación con el lenguaje no verbal

Desde el primer semestre de comunicación se insiste en que, si el lenguaje verbal no se asocia y es congruente con el no verbal, el mensaje no llega o se presta a interpretaciones diferentes a las que el emisor deseaba en el inicio.

Son muchas y variadas las circunstancias en las que al presidente Peña le falla esta parte. Algún columnista se refería a ello hablando de su rostro joven, pero cada vez más demacrado; pero a la vez, han sido distintas las ocasiones en que se presenta esta disociación entre lo verbal y la expresión no verbal.

Lo último, el encuentro con los jóvenes. Todo mundo sabía –por lo menos intuía– que la audiencia fue seleccionada “a modo”, sumamente light, para no poner en aprietos al inquilino de Los Pinos. Entonces, ¿por qué acartonarlo con traje y corbata? Hubiese sido mejor un mandatario con jeans y camisa arremangada a lo Fox. Situaciones similares en el encuentro con los mandatarios de Canadá y Estados Unidos, donde el mandatario no encontraba su sitio.

Afortunadamente, cada vez más prescinde del teleprompter. Sin embargo, no hay un reconocimiento explícito de la crisis del país, de las emociones que provoca en un padre de familia que se queda sin empleo, o de una madre de familia que tiene que hacer maromas con el presupuesto familiar, porque en el IMSS o el ISSSTE no surten ya la medicina para el hijo.

No hay empatía en la comunicación. No hay target. El esfuerzo por consumar un adecuado town hall meeting –reunión para hacerle preguntas al nivel más alto de mando– queda inconclusa, provocando mayor desconfianza y desinterés.

El riesgo es grave, sobre todo, si la estrategia sigue sin rumbo y dirección, es decir, a la deriva.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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