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Francisco, bienvenido a casa

 

Querido Papa:

La expresión es más que la simple entrada protocolaria de las cartas. “Querido”, sí, porque efectivamente, te has dado a querer de forma entrañable en muy poco tiempo. Eres de esos personajes con los que millones de personas hacemos “click” de inmediato.


Papa Francisco


 

Algunos, ya sea por razones de “rating”, de publicidad salvadora de clientes-anunciantes, y otros más porque de verdad  eres nota; y la mayoría, porque te respetamos, te admiramos y tenemos fe en todo lo que representas, tanto como Jefe del Estado Vaticano, como Vicario de Jesucristo en la tierra.

Llegas a casa, porque así (con ese carácter te adoptamos en mi Patria) en momentos complicados, llenos de todo tipo de dificultades. Pero, igualmente, en los días en que todo nuestro pueblo requiere aprender la pedagogía de la misericordia, de la armonía, de la ayuda a quienes más nos necesitan, y de una oración que fortalezca el alma para afrontar lo que sea.

No falta quienes, por ignorancia o maledicencia, han propalado que vienes a “resolver todos los problemas de México”. Nada más equívoco, como también lo es la postura de aquellos que quieren “colgarse” de tu imagen para mandar un mensaje electoral de que, después de todo, “no son tan malos”, como se dice por ahí.

No es la primera ocasión que te enfrentas a situaciones de este tipo; las viviste en tu Argentina querida cuando fuiste nombrado Primado. Tú sabes bien a qué me refiero.

Este aprendiz de escribano pertenece al grupo de millones de mexicanos –en todo el mundo– que estamos y estaremos al pendiente de tus viajes, de tus mensajes, de los lugares que visites; porque todo ello enviará señales importantes para la Iglesia que Dios te encomendó dirigir, y para el mundo convulsionado que también compartes con nosotros.

No te extrañe encontrarte –así le pasó a Jesús de Nazareth– con las multitudes que gritan a todo pulmón, que vienes en nombre del Señor, cuando el vociferar de unos cuantos escandalosos sigue lanzando anatemas y desgarrándose las vestiduras, diciendo que “cobras honorarios” por las visitas que realizas. No te preocupes. La estupidez no tiene fronteras y a veces es infinita. Claro está que, de pronto se escuchará la vocinglería de los que siguen afirmando que tú eres el responsable de vender “todo el oro y las riquezas” de la Iglesia para solucionar la pobreza en el mundo. Bueno, son opiniones terriblemente miopes. Ni modo.

Y tampoco faltarán quienes a tu paso enarbolen alguna leyenda de “Nosotros no somos católicos” o “Yo no quiero que venga el Papa”. Los primeros no han entendido qué es el verdadero ecumenismo que promueves y siguen anclados un par de siglos atrás. Los otros… ésos, bueno, es su opinión, su escándalo y su gritería. ¡Ni cómo ayudarlos!

Por lo demás, somos muchos a quienes nos agrada tu visita, tu estancia y tu palabra, y por ello –en términos de tu invitación– haremos lío… y en grande. De aquí que, quienes quieren hacer una especie de concurso de popularidades entre San Juan Pablo II y tú, se les ha olvidado que el Espíritu Santo elige al Sucesor de Pedro que más conviene a los planes de Dios en un momento determinado. ¿Recuerdas que en ninguno de los momios aparecía tu nombre?

Algo que creo te gustará: como la mía, muchas familias están organizándose para estar contigo, aunque sea unos momentos. Algunas familias están almacenando comida y bebidas para seguirte a donde vayas, no importa si para ello se requiere viajar varios kilómetros, adelantar las vacaciones en el trabajo, pedir permisos en la escuela, o seguir desde casa cada tramo de tu recorrido. No es por pereza. Es simplemente, la alegría de saber que estás en casa.

¡Gracias por estar entre nosotros!

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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