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Apostar por la familia

Las razones

¿Por qué existen tantas dificultades?, ¿por qué tanto desasosiego?, ¿por qué se privilegia una cultura de muerte y el predominio de antivalores? La respuesta pareciera reduccionista y un tanto simplista, pero no lo es. Es en la familia donde se aprenden las mejores lecciones de humanidad.


En familia


En alguna conversación con el Maquío Clouthier, al abordar el tema, acostumbraba decir: “en la familia es en donde se aprende a amar a Dios, a la Patria y a los semejantes”. Y, en efecto, la pedagogía de la solidaridad y el aprendizaje subsidiario, para apoyar y estar al lado de quien menos tiene, menos puede o menos sabe.

Ahí, en el seno familiar se aprende y ejercita el liderazgo con su real y eficaz misión de servir a los que nos han sido confiados.

Ahí también se aprende y aplica la efectividad de una tarea generosa, en los mismos términos propuestos por Teresa de Calcuta: Generosidad, hasta que duela.

Con la familia se aprende a retar las tempestades, a valorar y a agradecer los tiempos buenos y la buena cosecha, así como los tiempos de sequedad, de incomprensiones y dificultades, para asumirlas y hacernos fuertes con todo lo que ello implica.

Es, dice el Papa Francisco, tener la audacia de decir “perdón” y la valentía para reiterar los “te amo”.

Apostar por la familia es apostar por la esperanza en un mejor mañana y comprender que para crear un porvenir mejor, el primer paso es creer que se puede y crear una escuela de Fe en la casa, porque la familia es común unidad de vida, de amor generoso y de espíritu que trasciende; por eso mismo, se vuelve “fermento de bien en la sociedad”.

En ella, los momentos de reflexión y de oración conjunta, de comprensión recíproca, de aprendizajes de respeto, de darle contenido existencial al sacrificio, al trabajo, y sentido a la tarea realizada, por pequeña que sea, adquieren una dimensión superior.

Así, las familias dan testimonio de esperanza para vivir la vida; por lo mismo, contagian fortaleza, entusiasmo, pasión por lo que se hace cada día.

Visto así, los hijos son una verdadera bendición del Cielo; los preparamos y los formamos para donarle al mundo sus sonrisas y sus sueños, porque como reitera Jorge Mario Bergoglio, la armonía de la familia hace posible “saborear la belleza de estar juntos”, y juntos, hacer camino al andar como refiere el poeta.

Lo contrario apaga la alegría y marchita “el nosotros” en aras de un individualismo ególatra.

Qué afortunados somos al contar con una familia que llamamos “nuestra”, no porque nos pertenezca, sino porque nosotros pertenecemos a ella.

@yoinfluyo

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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