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Entonces, ¿tú eres rey?

Realeza social de Jesucristo

Un trabajo espléndido del investigador Carmelo López-Arias, aborda uno de los temas más apasionantes para muchas de mis bellas y talentosas lectoras y eruditos lectores, sobre la Realeza Social de Jesucristo.


Cristo Rey


Es fascinante su análisis porque -como lo hemos compartido en otros momentos en este mismo espacio- así como existen personas que buscan su santificación yendo al encuentro del Cristo preso, como es el caso de los Mercedarios; otros buscan la santidad en el encuentro con el Cristo Maestro -lasallistas, jesuitas o salesianos-; algunos más acuden a la búsqueda del Cristo obrero, santificando el trabajo como lo hace el Opus Dei; y en opinión del escribano aprendiz, los laicos católicos pueden ir al encuentro del Cristo Rey a través de buscarlo en el ejercicio de la vocación cívico-política. Los ejemplos son muchos y los hay ya en nuestro país.

En esta oportunidad, dice López-Arias, hay que distinguir varias dimensiones. No se pretende que Cristo “deba ser rey”, porque ya lo es por filiación divina y por derecho de conquista. En consecuencia, la festividad de Cristo Rey, no es para elevar una petición al Padre, sino para proclamarlo; para que sea reconocido como tal por las naciones, por los gobernantes y fieles, con muestras de veneración y obediencia, en un formato que ya SS Pío XI destacaba como el Restaurare omnia in Christo, restaurarlo todo en Cristo, y que más tarde se plasma en la Encíclica Quas Primas.

A propósito de los sucesos recientes en París, Francia, el Papa Francisco sostenía que el terrorismo no puede ser considerado como religión. La festividad de Cristo Rey, por tanto, no puede ser considerado como fanatismo o fundamentalismo sectario.

Su reino “no es de este mundo”

Es frecuente que de buena fe, se reduzca el concepto del reinado de Jesucristo a un plano meramente espiritual, a los corazones de las personas, porque al responder a Pilato “mi reino no es de este mundo” (Juan 18,36) se interpreta como si nada tuviese que ver con las cosas y la cotidianeidad del mundo.

Señala el maestro Jean Ousset en su obra Para que Él reine, Su reino no es de este mundo, porque está “sobre este mundo”.

En efecto. Jesucristo reina sobre los corazones, pero también sobre las estructuras de la sociedad -no se trata de imponerle nada a nadie, Jesucristo no lo necesita- en la economía y la academia; en el Legislativo y la investigación tecnológica. Jesús Cristo reina en el aula y como fuente de amor primario en los programas de asistencia social y las políticas públicas.

¿Por qué surge tanta violencia, secuestros, asesinatos de seres indefensos, transas en la actividad política y la vida empresarial? ¿Por qué el comerciante que esquilma y engaña a los clientes? ¿Por qué algunos políticos construyen su trayectoria pública a base de pequeñas y grandes traiciones, cochupos y engañifas? ¿Por qué tanta violencia -de todo tipo- en las familias que acaban por destruirse? La respuesta no requiere de mayor análisis: Jesucristo ha sido expulsado de todos esos sitios.

Jurídicamente, Cristo Rey asume en su persona la triple potestad, la legislativa, la judicial y la ejecutiva. Cristo genera normatividad y legisla por encima de la reglamentación mosaica. Inexorablemente sanciona (En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso); y también pone orden (“Tú lo has dicho. Yo soy rey y para esto he nacido…) De aquí que, Su soberanía sea, asimismo, en lo temporal.

Jesucristo es constructor de bien común -“Dad al César…. ¿Dónde están los que te acusaban?”... Los peces y los panes son la demostración de la ocupación del Nazareno por el bien ser y el bien estar de la gente que lo seguía.

Y existe un hecho que evidencia la aplicación exhaustiva del principio de subsidiaridad: Los milagros realizados por Cristo. Si mis hermosas lectoras y amables lectores releen los diversos textos del Evangelio, podrán percatarse que Jesús de Nazareth hizo la totalidad de los milagros. Los ciegos ven, los sordos oyen de nuevo, los paralíticos caminan y resucitó a los muertos. Cierto. Cristo operó cada milagro, pero al igual, cada una de las personas que recibió y fue sujeto del milagro, tuvo que hacer su parte. El paralítico de la piscina o el centurión; la hemorroísa o aquél hombre que a todo pulmón se dirigía a Él: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.

Este párvulo escribano considera que, si la Realeza Social de Jesucristo la implantáramos en la vida comunitaria -social, política o económica- temas como la violencia, los hogares destruidos, los bebés asesinados o las relaciones de trabajo y los negocios comerciales, estarían ordenados por la honorabilidad, la hombría de bien, la verdad a toda costa, la generosidad y el espíritu fraterno que tanta falta nos hace vivir ahora; porque no es necesario que alguien grite “Pray for Paris” para recordar que Él nos hace mucha falta. Es en serio.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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