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Condiciones de la misericordia

A propósito

Uno de nuestros pacientes lectores solicitó a este aprendiz de escribano realizar un ejercicio de reflexión ante la proximidad del Año de la Misericordia, sobre el que el Papa Francisco ha hablado con frecuencia.


misericordia


La pregunta es fundamental: ¿Nada más hay que pedirle a Dios? ¿Basta con rezar la Coronilla de la Divina Misericordia? ¿Sólo se trata de “esperar” a que Dios baje y venga a resolver nuestros problemas, a compadecerse y a operar el milagro que se le pide?

Ora et…

Indudablemente, la oración y la vida de piedad son elementos básicos, fundamentales. Así lo describía San Pío de Pietrelcina, y el mismo Cristo Nuestro Señor lo planteó en aquel maravilloso “Pedid y se os dará”. Lo mismo se propone en las apariciones de Fátima o en el diálogo del Tepeyac con nuestra Madre del Cielo.

Hay que reiterarlo: la oración es el camino a recorrer para alcanzar misericordia. Como dijeran los abogados, “es el impulso procesal” para lograr la misericordia divina, pero eso equivale –siguiendo la jerga jurídica– a dejarle “toda la carga de la prueba, la respuesta y la demostración” al mismo Dios.

En efecto, es necesario esperar, pero nuestra esperanza –virtud– es como dice Su Santidad Benedicto XVI en la Encíclica Spe Salvi, es además de formativa y activa, “performativa”, esto es, transforma la vida de quien asume este tipo de esperanza en la misericordia de Dios. Y aquí es en donde San Pablo, en su Carta a los Hebreos (4,14-16) nos permite bucear en los “cómos” indispensables para alcanzarla.

El proceso

El extraordinario hombre de Tarso precisa y reitera que Jesús de Nazareth, real y efectivamente “es el Hijo de Dios”, no un amuleto ni la “piedra filosofal” o las “profecías de Nostradamus”. Es el Hijo de Dios hecho hombre para asemejarse a nosotros en todo, menos en el pecado.

Por lo mismo, Pablo insiste en que el Señor es “capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos” porque Él padeció las mismas pruebas. Por ello, el Apóstol de los Gentiles remata la primera parte del proceso rumbo a la obtención de Misericordia: “…mantengamos firme la profesión de nuestra fe”.

La indicación no es fácil. Mantenernos firmes en la fe, implica: no quebrarse ante la falta de trabajo; no maldecir la vida ni echarle la culpa a Dios porque el dinero no alcanza para nada; no poner estatuitas de Malverde o la “santa muerte” al lado del Sagrado Corazón, a San Antonio de cabeza, o colocar la imagen de la Virgen de Guadalupe en medio de dos fulanas en tanga anunciando refacciones para automóvil.

Estar firmes en la fe que profesamos es estar seguros de que la misericordia de Dios es in-fi-ni-ta-men-te más grande que nuestros problemas y dificultades. Es estar seguros de que nuestro tiempo y espacio no es el mismo que el de Dios, que nuestros planes no son los de Dios, y que, por lo tanto –como dice la lección que me dio un entrañable amigo– “no hay que preocuparse, porque al final, todo saldrá bien… y si lo que vemos no está bien… es que no es el final”. Dios siempre quiere lo mejor para nosotros aunque no seamos capaces de percibirlo ahora.

En este contexto, entramos a la segunda fase del proceso para alcanzar la Misericordia de Dios: la plena confianza. Y éste, hay que subrayarlo, es un paso vital en donde muchas solicitudes a Dios se diluyen, se quiebran o se erosionan, porque si nuestra confianza en el Señor es limitada, es dudosa o frágil, así se traducen y se convierten nuestras peticiones. “Dios, hazme el milagrito… pero, si no funciona o no me oyes, pos a ver qué hago de este lado”. Perdón, pero esa es una confianza mediocre, interesada y bastante hipócrita.

El modelo de confianza que necesitamos es el mismo que nos enseñó San Felipe Neri o San José María Escrivá de Balaguer. Es total, absoluta, ciega y cegada, porque creemos en Él. Es la confianza del centurión… ”una palabra tuya” y todo estará bien. Es la confianza de Juan Diego en la curación de su tío Bernardino.

Como tercer elemento del proceso para lograr la Misericordia de Dios, Pablo –el apóstol que llegó a hablarle a los griegos del “Dios desconocido”– nos refiere: “… para recibir misericordia, (hay que) hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno”.

El terreno es desafiante. En efecto, sí hay que tener fe, es elemental confiar en Dios; pero ello significa también, encontrarnos en una actitud de buscar Su gracia, de recurrir a ella, de frecuentar los sacramentos y ofrecer todas nuestras actividades del día, para que María las haga meritorias ante Su Hijo. Y en este sentido, el Rosario es un detonante maravilloso para “asegurar” la Misericordia de Dios.

Mis hermosas lectoras y amables lectores recordarán el pasaje de la Escritura en las bodas de Caná de Galilea: “Hagan lo que mi hijo les diga”. Ése fue el requerimiento y la condicionante para hacer el primer milagro. Por supuesto, esto nos lleva a un factor sustantivo, para alcanzar la Misericordia, es preciso recordar en que María Santísima tiene una “Omnipotencia Suplicante”, por eso Cristo Nuestro Señor no puede negarle nada.

Visto así, en el año de la Misericordia, el Cielo se pondrá en barata.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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