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Se necesita un padre

ELOGIOSO

Algo que le admiro intensamente al Papa Francisco es la claridad, dirección y asertividad de sus mensajes. Esta característica se repitió en la audiencia del 4 de febrero pasado. Fue elogioso porque los destinatarios fuimos quienes tenemos el privilegio de que algunas vocecillas nos digan “papá” cuando llegamos a casa.


El valor de la familia


NUESTRA HEREDAD COMO PADRE

No hubo duda. La mejor herencia que podemos dejar a los hijos es el aprendizaje de la rectitud y la sensatez; por ello, la intervención de papá es predominantemente enseñar al hijo que todavía no sabe –dice Francisco– a corregir los errores que aún no ve, orientar su corazón, protegerlo en el desánimo y la dificultad. Todo eso con dulzura, sin humillar; y para lograrlo, hay que estar presente en la familia, compartir los gozos y las penas con una mujer, acompañar a los chicos a medida que van creciendo.

¡Vaya que nos la ha puesto difícil! Se trata de enseñar a corregir los errores que no ven… no a buscar que los chicos y las chicas sean perfectos. El objetivo es orientar el corazón, animarlo, entusiasmarlo ante las dificultades. Nunca a demostrarle al hijo que es un imbécil.

¿Cómo lograrlo? Con dulzura, sin humillar a los hijos ni a las hijas. ¡Cuánto tenemos, como papás, que pedir perdón por las ocasiones que sancionamos sin tacto, sin amor, sin dulzura y lastimando el alma sensible de nuestras hijas e hijos. Pedir perdón por no acompañarlos suficientemente, mientras van creciendo. Pedir perdón, porque a veces, papá sólo entiende de estas cosas hasta que los hijos se marchan de casa y eligen su propio sendero. Este es el papel positivo y decisivo de la figura del padre, como dice el Papa.

EL PERFIL DE UN PAPÁ PARA EL SIGLO XXI

De entrada, es entender que nuestra acción y presencia, son necesarios en casa. Pero, adicionalmente, se requiere de un papá que no se vanaglorie ni pretenda que su hijo sea como él. Se requiere un papá que enseñe lecciones de vida, con alegría y con una sonrisa constante para cada uno y para todos.

Sí, todos coincidimos en que papá pasa muchas horas fuera de casa, porque ama tanto, que es capaz de sacrificar su presencia, para salir y regresar al hogar con algo mejor de lo que él recibió. Pero un papá como el que necesitan los chicos tiene que entender que el primer elemento sustantivo es que esté presente. Para compartir y para liderar; para amarlos a todos y a todos Servir, así, con mayúscula, porque esa es la misión de cualquier autoridad.

Papá tiene que aprender a esperar el regreso del hijo que se equivocó. Es necesario –y no siempre fácil– que papá aprenda a esperar, a perdonar y también a corregir, pero jamás humillar. Cuando los hijos “meten la pata” –aunque no lo digan– desean, ansían, quieren con toda el alma, un papá que los espere y los proteja, que los anime y los enseñe a levantarse. Necesitan un papá que se concentre más en las fortalezas de las hijas y los hijos, por encima de sus debilidades.

Si alguno de mis entrañables lectores ha tenido la ociosidad de llegar hasta aquí, tal vez coincida con este aprendiz de escribano: ¡De cuántas cosas papá tiene que aprender a pedir perdón!... Pero, ¡ánimo!, porque siempre es tiempo de re-aprender, de asumir el compromiso de mejorar nuestra misión como papás, y comprender que somos constructores de paz, de armonía, de amor y de felicidad al lado de la mujer que amamos… y al lado de cada una y cada uno de los hijos que Dios nos prestó. En análisis final, nos tenemos que preparar, para regresarlos a Él.

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