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Una canción que me impactó acerca de la muerte

En este mes de noviembre se acostumbra celebrar a los fieles difuntos y es un tiempo propicio para pensar en las llamadas “Postrimerías”: Cielo, Infierno, Purgatorio, Juicio Particular, Juicio Universal, y de que el tiempo pasa velozmente y la realidad de nuestra propia muerte, al mirar nuevamente las hojas otoñales.


El final de los tiempos


Cuando fallece un amigo, en forma sorpresiva, debido a un accidente automovilístico, por un derrame cerebral o por otra causa inesperada, nos detenemos a pensar y reflexionar sobre este trascendental tema. Tuve esta experiencia cercana, particularmente, con la muerte de un hermano por un infarto masivo al miocardio, sin tener antecedentes cardiacos, con escasamente 31 años. “Todo -como se dice- le sonreía y se le auguraba un brillante futuro como médico” por su inteligencia, sus acertados diagnósticos, su capacidad para entablar relaciones sociales y hacer nuevos amigos, y de pronto, ¡zaz! la muerte se lo llevó.

Este hecho me hizo recordar cuando escuché por vez primera la canción del cantautor Bob Dylan, titulada: “La respuesta está en el viento”, en la que el poeta y músico de mi generación exponía, mediante un par de escuetas y profundas frases, cantando: “¿Cuántas muertes has de presenciar, / hasta que te convenzas que todos los hombres habremos de morir”. (…) ¿Cuántas veces has de mirar hacia el firmamento / hasta que te persuadas / que realmente existe un Cielo?

Desde luego, su intención no era amedrentar a la ciudadanía, sino hacerla reflexionar sobre una realidad a la que nos enfrentamos de forma cotidiana y que lamentablemente muchas personas evitan abordar esos temas. ¡Absurdamente piensan que tendrán “de forma eterna su residencia en la tierra”!

Es curioso, pero en años anteriores, cuando un familiar fallecía, uno o varios sacerdotes celebraban la Santa Misa de cuerpo presente en la iglesia o en la capilla funeraria y se rezaban numerosos Responsos (oraciones especiales) para que esa alma descansara en el Señor. También se organizaban Rosarios, un Novenario de Misas. Cuando se cumplía un mes o un año del fallecimiento, había una Misa especial, y en todos estos eventos, se invitaba a los parientes, amigos, vecinos, compañeros de universidad, colegas del trabajo, etc.

Actualmente en ciertos sectores, sobre todo de Europa y Estados Unidos, y en algunos de México, se tiende a publicar de inmediato esquelas que sostienen: “Fulanito de Tal se nos adelantó en el camino, ya está en el Cielo y posteriormente se les invitará a una ceremonia especial”  ¿En qué consiste esa “ceremonia”? Se coloca en un auditorio con muchas sillas para los numerosos invitados un pódium y una gran pantalla. Se proyectan videos del difunto en diversas etapas de su vida. Hay un maestro conductor del evento, que lee en líneas generales su biografía. A continuación pasan algunos familiares y amigos a relatar testimonios y anécdotas para afirmar, en resumidas cuentas, que “era una persona sumamente buena, servicial, noble…”. Al final, se distribuyen elegantes copas con champagne y vino y se hace un brindis por el difunto. Y asunto concluido, ¡hasta nunca!

Pero esas extrañas “ceremonias” a lo único que conducen es a que la gente cada vez rece menos por sus fieles difuntos y quedan en un estado de confusión, en el sentido de que deducen erróneamente que al morir: ¡todos tenemos “pase automático” para entrar al Cielo! Sin duda un grave error teológico. Tiendo a imaginarme a ese “pobre difunto” que desde “la Otra Vida”, tal vez en el Purgatorio, esté casi gritando -en tono de súplica- a sus familiares y amigos: “-Por favor, menos “ceremonias y discursos” y más Misas, oraciones y Rosarios por mi persona, ¡qué tanta falta me hacen!”

Lo que debemos de hacer es tomarnos a Dios en serio, viviendo muy bien la religión, la moral, realizando muchas obras buenas, así como acudiendo con frecuencia a los Sacramentos, particularmente, al de la Confesión o Reconciliación y a recibir la Sagrada Eucaristía en la Santa Misa. “¡Que rabia le da al demonio cuando las almas se arrepienten de sus pecados y acuden a la Confesión!”, afirmaba por propia experiencia con sus feligreses el Santo Cura de Ars.

La pregunta es, ¿quién puede asegurar que un alma, en efecto, ya se encuentra en el Cielo? Eso sólo ocurre  cuando la Iglesia católica declara beato o santo a una persona, después de muchos años de investigación sobre su vida; de recoger testimonios escritos y verbales ante un tribunal. Después, se averigua si ha hecho milagros o favores extraordinarios y siempre sujetos a la opinión mayoritaria de una comisión de teólogos y médicos, quienes dan su punto de vista científico y su veredicto, aunque la última decisión le corresponde al Romano Pontífice.

Es lo que el Papa Benedicto XVI, repetía con frecuencia durante su Pontificado, le llamaba el “cristianismo ‘light’”, es decir, una caricatura del verdadero catolicismo, sin mayores compromisos. Como cuando se va a un restaurante y se piden los platillos a la carta. Parece como si dijeran: “Me gusta esto de amar a Dios, lo mismo que a mis padres, ¡suena muy bonito!. Pero eso de serle fiel a mi mujer por toda la vida, ¡a ese viejo cocodrilo! No me convence mucho… Tampoco lo de no decir mentiras ni ser “transa”, porque como dice el dicho: ‘El que no transa no avanza’“. O aquel joven que dice creer en Dios, pero no acepta el cristianismo en toda su integridad y como excusa acude al viejo mito hedonista que sostenían algunos filósofos griegos de la Antigüedad sintetizado en “quiero tener –ahora y de inmediato– todos los placeres que ofrece este mundo”, y concluyen cómodamente: “¡quiero gozar en esta vida del sexo, del alcohol y de las drogas al máximo; donde quiera, con quien sea y cuantas veces lo quiera!”

Desde luego, estos planteamientos se oponen abiertamente a la doctrina de Jesucristo. Debemos luchar por ser “cristianos a tiempo completo”, al “cien por cien”. ¿Por qué? Porque Dios nos mira de continuo y conoce perfectamente todo lo que hacemos y pensamos de día y de noche. Y, por lo tanto, de Dios nadie se puede burlar ni menos pretender engañarlo.

Pero quiero enfatizar en la idea positiva: si cumplimos con esos Mandamientos del Señor por amor, espera que nosotros también le amemos intensamente. ¿Qué nos dice ese Primer Mandamiento de la Ley de Dios? “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Siempre me han impresionado estas palabras, porque considero que, al hacer un examen personal y con toda sinceridad, no cabe duda que en muchos aspectos tenemos que ir mejorando para corresponderle a su Infinito Amor.

Y termino con estas preguntas: ¿Qué tan grande es tu amor a Dios? ¿Estarías dispuesto a dar tu vida por Él antes que traicionar tu Fe? ¿Antes de dejarte llevar, por la influencia del ambiente y malas amistades, por una vida de desórdenes morales y de ofensas al Señor? Porque, como decía nuestro Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz: “Yo no creo en la reencarnación [de los budistas]. Más bien, creo que en esta vida “nos la ‘jugamos’ el todo por el todo”.

“¡Rodrigo, recuerda que es el Cielo para siempre, para siempre, para siempre…!”. Le repetía de niña la futura Santa Teresa de Jesús a su pequeño hermano, ya que éste le decía que estaba muy cansado de continuar caminando, en aquel célebre suceso, cuando decidieron –sin permiso de sus padres– irse a entregar a los enemigos para rescatar cristianos cautivos.

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