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Una labor social impulsada por el Beato Álvaro del Portillo

Tengo muy grabada en mi memoria aquella inolvidable Misa que celebró el ahora San Juan Pablo II en Chalco, Estado de México, en mayo de 1990. Había llovido abundantemente la noche anterior y la Ceremonia Eucarística se llevó a cabo en una explanada repleta de grandes charcos y lodo. Al fondo, se observaba a la multitud que coreaba el lema “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo” y, en las tomas aéreas, se veían infinidad de casitas de cartón y de block gris unidos con cemento.


Un ejemplo de santidad


Durante su homilía, el Santo Padre hizo un urgente llamado a todos los mexicanos para que nos abocáramos para ayudar, en todos los aspectos, a miles y miles de gentes que vivían en extrema pobreza. Recuerdo que esta declaración impactó mucho a los ciudadanos de nuestra Patria.

A los pocos días, Monseñor Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, pidió a los directores de la Obra en México que le propusieran una iniciativa importante, para obedecer inmediatamente y hacer eco de esta petición del Papa, con la finalidad de auxiliar a los pobladores de esta depauperada región de la zona metropolitana.

Fue así como se inició “Educar, A. C.” con un jardín de niños, una primaria, una secundaria y, después, un bachillerato con dos instituciones educativas, una para chicas y otro para varones. A los pocos años, ya había alrededor de 1,600 alumnos. Con decenas de profesores y maestras y varios cientos de padres de familia que también eran beneficiados con cursos de orientación familiar y clases de formación humana y católica.

Tuve la enorme suerte de impartir cursos por 12 años en esta institución, en el poblado de San Francisco Acuautla, municipio de Ixtapaluca. Debo confesar, con sencillez, que yo resulté más beneficiado que ellos, conociendo y tratando a tantas personas con muchas virtudes y valores del Estado de México, que me brindaron silenciosas pero elocuentes lecciones de generosidad, espíritu de agradecimiento, su infatigable colaboración en las diversas iniciativas escolares, deportivas, de convivencia amable y alegre.

Desde Roma, Mons. Álvaro del Portillo seguía -paso a paso- los avances de esta labor social y asistencial y enviaba sus indicaciones precisas para mejorarla. Al pueblo mexicano lo quería de manera especial, puesto que su madre era originaria de Cuernavaca, Morelos, y él mismo había nacido en estas tierras. Aprendió, desde niño, a tenerle una particular devoción a la Virgen de Guadalupe. Y recuerda cómo en su casa se repetía una oración mariana muy mexicana, que decía: “Dulce Madre, no te alejes, / tu vista de mí no apartes, / ven conmigo a todas partes/ y solo nunca me dejes. / Ya que me proteges tanto /como verdadera Madre, / haz que me bendiga el Padre, / el Hijo y el Espíritu Santo”.

Con la Revolución Mexicana, su familia se fue a radicar a Madrid (España). Visitó a México en 1970, acompañando a San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, y, luego, ya como Prelado y primer sucesor de San Josemaría, vino en 1983 y en 1989. En esos viajes hicieron muchas visitas al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Al ya próximo Beato le escuché orar en voz alta ante la Guadalupana, con un gran cariño y afecto, pidiéndole mucho por cada uno de los ciudadanos mexicanos, deseando que hubiera más labores sociales y asistenciales y que el Opus Dei se extendiera en muchas más ciudades y poblaciones.

Hace pocos días leía unas interesantes palabras suyas en las que nos animaba a todos los miembros de la Obra a ser almas de oración, a estudiar más y a profundizar en la doctrina de Jesucristo y concluía: “Tenéis que agrandar el corazón para comprender a todos y compartir las necesidades espirituales y materiales de quienes os rodean. Sólo así podréis orientar prudentemente las conciencias cristianas de vuestros hermanos, comprometidos en hacer más justa y solidaria la convivencia social, superando tantas situaciones de soledad, de ignorancia, de indigencia, de clamorosas desigualdades. Y, lejos de todo protagonismo personal, seréis instrumentos de unidad y de concordia con un mundo desgarrado por los egoísmos individuales, los conflictos colectivos, el terrorismo inhumano, las guerras entre las naciones” (palabras tomadas de su antología de textos, Como Sal y como Luz, No. 59).

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